Tan solo eran las ocho y media de la tarde, cuando Raquel comprobó que se había cometido el asesinato. Lo comprobó porque encontró el botón de la camisa de la víctima debajo del fregadero, de su fregadero, poco antes de hacerse la sopa y escuchar como goteaba el desagüe del fregadero.
Una sopa, siempre solía ser su cena de medianoche, cuando después de un día agitado se sentaba en el sofá de casa para acabar de revisar los informes de los casos abiertos. Ahora entre sus manos estaba ese montón de folios con pruebas y testimonios que no la dejarían indiferente, antes de irse a dormir.
Había escogido esta profesión, por la necesidad de ser útil y de ayudar a construir un mundo libre de personajes tóxicos y malvados, un mundo que vivía con miedo y que en su juventud había querido combatir con el baile y la libertad de movimientos como una llamada de atención hacia sus posibilidades.
En aquel tiempo su afán por competir, por ser la mejor era el único recurso que encontraba para hacerse visible, para sentir que podía ser ella y dejar atrás el sentimiento de incapacidad que el entorno se había encargado de grabar en su alma y los profesores y profesoras en su corazón.
Poco a poco fue comprendiendo que no hacía falta competir para poder ser ella misma, que tan solo era necesario estar en calma, sentirse amada, acompañada y que alguien confiara en ella dándole la oportunidad de crear su mundo y comprometerse con ella misa y su proceso de madurez.
Fue un tiempo complejo, crecer era complejo, abandonar la niñez le provocaba miedo y nostalgia, pero ella era un volcán interno de creatividad y sueños, desde esta lava empezó a sentir que podía ser lo que ella quisiera, escogió ser detective, hasta llegar a detective de policía en la comisaria del centro.
Ahora disfrutaba de esa profesión y en sus ratos libres, seguía bailando coreografía actual que le permitían a cada giro, a cada movimiento pensar en los detalles de los casos, en esas pequeñas e imperceptibles pistas que saco la mayoría de los y las detectives solían tener mucha prisa para todo, y sobre todo para resolver los casos.
Ella había aprendido a ir despacio, contrastar, informarse bien y desde la humildad más profunda seguía aprendiendo de cada gesto y de cada palabra, de cada adjetivo y de cada concepto que intentaba ampliar desde su imaginación.
En estos instantes, recogía el botón de nácar de su propia casa. Allí estaba pequeño y redondo detrás de una botella de lejía mientras en la mesita de centro, se apilaban los folios y la sopa ya humeaba.
No era casualidad que apareciera el botón, justo en su fregadero. No era casualidad que todas las pistas la llevaran a poner la mirada en su círculo más cercano, quizás en sus amigos, quizá en sus parientes más lejanos que habían pasado unos días en su casa, justo cuando se cometió el crimen.
Ella había aprendido que nada era por casualidad, que todo tenía una causa, una razón y por lo tanto un desencadenante, ye el desencadenante era que su amigo con derecho a roce Sergio, había muerto.
Conoció, a Sergio un invierno en un viaje a Nueva york. Un invierno gélido donde en central park se apilaba la nieve y los arboles construían una estampa navideña de cuento de hadas. Lo conoció cuando fue a unas conferencias sobre criminología acompañada de su compañero de trabajo, el cual sería más tarde su jefe Ángel.
Con Ángel había forjado una buena amistad de profesión, de cercanía. A él le gustaba aparentar que era un tipo duro, pero en realidad era pura agua que se deshacía queriendo ocultarse tras su pose de poli, por eso en Central Park pudieron jugar como niños lanzándose bolas de nieve y luego entrar en la sala de conferencias con un aire de profesionalidad a pesar de los restos de nieve en sus zapatos.
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Una historia delante de sus ojos
Misterio / SuspensoRaquel se enfrentara a uno de los casos mas complicados de su vida.
