Entonces tenía nombre.
Rebeca había acabado la preparatoria y no pensaba seguir adelante. Quería acabar con sus días de malas rachas y amores extraños. Entre ellos, tal vez estaba yo. Ese día llevaba el cabello de color rojo, como desde el cinco de agosto que había sido su cumpleaños.
Faltaba poco para que septiembre comenzara a hacer estragos entre nosotras dos. Yo me iría de la ciudad el día tres, y ella no me lo perdonaría. Habíamos quedado reunirnos en la cafetería de Don Pedro, que a cambio de cinco pesos y una sonrisa, nos regalaba algo que faltaba en cada rincón de aquel pueblo. Privacidad.
Ya todo el mundo lo sabía, aunque para entonces seguíamos creyendo que un par de chiquillas ingenuas habrían engañado a la ciudad. Rebeca nunca había tenido novio. Casualmente, hasta el día en que me conoció, ni siquiera había salido a una cita.
Lo usual, sabiendo que Carmela, su madre, no la había dejado estudiar afuera del convento hasta que cumplió los quince, y de no ser por su hermano, Fernando, jamás habría llegado a la preparatoria. Tampoco se había casado, y entonces, a sus veintiocho años, también se sospechaba de él. Tal vez por eso a Rebeca la dejaban dormir en mi casa, cuando hacíamos de todo menos dormir.
―¿Y que vas a hacer cuando te vayas? ―preguntó, con la taza de café negro empañándole los lentes.
―Estudiar, mi niña. Lo mismo que he hecho todos los días.
―¿Vas a encontrarte a alguien más?
Recuerdo sentir a mi mano alzarse con voluntad propia, sin que nada fuera capaz de detenerla, directa a su mejilla, rozando por poco las lágrimas que se le escapaban.
―Todo depende.
Sonrió con desgana, mientras sus mejillas se coloraban.
―¿De qué? ―respondió en un suspiro.
―De si quieres que lo haga.
―No me hagas perder el tiempo, Camila. Vine a que me dieras una respuesta y me pones a pensar.
Era cierto. Rebeca nunca había sido buena para aquellas artes de pensar. Le estaba pidiendo demasiado a una chica que se quedaría en el pueblo, que me olvidaría en menos de un año, que pronto se encontraría un esposo y tendría cuando menos tres hijos. Le estaba pidiendo a una mujer para la que yo no significaba la vida que me esperara. Y no sé si entonces era cruel, o ingenua, pero a veces simplemente lo creía. Creía que todo sería tan sencillo.
―Te puedo pedir que me esperes ―hice una pausa, llevando la servilleta a mis labios, para cubrir como temblaban. Lamentablemente, el temblor de mis manos no desaparecía así―. Te puedo pedir que vayas conmigo, o que me olvides. Hay muchas cosas por pensar.
―Camila ―bajó la taza, se enderezó en su silla―. ¿Me amas?
Me quedé en silencio. Sabía que daría mi vida por ella, que cuando estaba entre sus piernas sentía que el cielo y el infierno se juntaban ahí, justo a la mitad de su abdomen. Que cuando besaba sus labios jamás probaría algo tan dulce. Sabía que sus ojos me sonreían entre el sudor que escurría por su frente mientras su espalda se arqueaba gritando mi nombre.
A veces me decía Mila. Desde el cinco de agosto no me decía así.
Pero no sabía si la amaba. Si solo deseaba aquellos momentos que a mi me parecían eternos en los que bailábamos juntas en mi cuarto, oyendo la radio. A regañadientes de mis padres que sabían lo que haríamos en cuanto la música se acabara, pero sabían que tenían que vivir con eso, que habían aceptado a una hija como yo en su hogar cristiano y, aunque lo quisieran, el señor cura de la iglesia les había dicho que no podían correrme de la casa, y así encontraron otra manera de alejarme de ella.
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Rebeca
Mystery / ThrillerDespués de quince años, un misterioso amor regresa de la muerte para contar la historia de más de una vida. El infierno se esconde detrás de los ojos de una mujer que ha vivido lo imposible, a través de cada persona que ha construído su destino. En...
