En un recóndito escondite de un tenebroso bosque, vivía un pequeño Elfen, a lo largo del territorio era conocido como Solrac y era querido y respetado por las otras criaturas del arbolado.
Las criaturas se dividían en dos facciones, los hijos de los Arcontes y los hijos de los Súcubos y los Íncubos. Los primeros eran los de procedencia angelical, mientras que los otros eran de esencia demoníaca, a pesar de haber sido de origen angelical y es por eso que los hijos de la luz permanecían resguardados por una protección que impedía a los hijos de la oscuridad adentrarse sin ser anteriormente invitados, protegiéndose así de un gran número de ataques.
Solrac pertenecía a dos especies distintas, su padre provenía de la casa de los Ent, mientras que su madre era de la casa Élfica, dotando a su hijo de ambas capacidades. Era veloz y sigiloso, cosa que le permitía perseguir a sus presas o enemigos sin ser detectado, además de ser inteligente y un gran estratega. Por otro lado, sus ojos azules y su tez morena y resistente, propia de los Ent, le otorgaba la capacidad de ver mejor en la oscuridad y poder camuflarse entre los árboles, características que ayudaban a la hora de defender a la comunidad de ataques enemigos.
Solrac tenía un gran conocimiento del bosque y de los animales que en él vivían, era querido y adorado por todos, además no había rival que le venciera, más había algo que él anhelaba con todo su ser y no lograba alcanzar, su querida.
Ammeg pertenecía a otra dinastía, era una Ninfa, y eso era un problema. Y es que a pesar de ser también hijos de la luz, esas criaturas eran conocidas por su enorme atractivo y encanto, además de su gran inteligencia e ingenio. El problema residía en que jamás se relacionaban con las otras especies, más allá de con los sátiros. Ya que se consideraban peligrosas y poco fiables, debido a su capacidad de manipulación y al ser reacias a la violencia, cosa que hacía que no se pudiera contar con ellas en momentos de guerra.
Más ellos esperaban ansiosos a la luna llena para reunirse bajo el claro, escondidos de terceros en los lugares más hermosos y protegidos por las ninfas.
Pasaban las semanas, y con ellas aumentaba el amor que sentían, más iba creciendo también su desesperación al no ser aceptada su relación ante los líderes.
Dichoso el destino que quiso que meses más tarde, en uno de sus encuentros clandestinos, una batalla se librara en el cielo entre Arcontes, Súcubos e Íncubos.
Temblores y deslumbrantes explosiones retumbaron en la tierra y en el cielo. Bolas de fuego caían sobre lagos y árboles, alertando así a la comunidad de los hijos de la luz, más nadie sabía qué ocurría. Nadie salvo los dos enamorados, que desconcertados se acercaron al claro dónde se escuchaban gritos desgarradores y sonidos de armas entrechocar. Más al llegar se quedaron boquiabiertos, pues aquella contienda no era como las que Solrac estaba acostumbrado a participar. En esta, seres con un aura luminosa y alas blancas se enfrentaban con criaturas bellísimas con brillantes ojos de serpiente, cola y colmillos. Pese a la terrorífica escena que tenían frente sus ojos, sentían cierta belleza en la batalla, cosa que les mantenía como espectadores inmóviles. Y así fue hasta que uno de los Arcontes los percibió y los despertó del ensueño que con la seducción de sus ágiles movimientos causaban los Súcubos. El Arconte les alertó del peligro y les alentó a protegerse en lo profundo de la arboleda, mas Solrac no había huido jamás de un enfrentamiento y no iba a empezar ese día, así que armándose de valor y de las armas que siempre le acompañaban se adentró al furor de la batalla. No sin antes despedirse y esconder a Ammeg, que por naturaleza, tendía a rehusar las armas y la violencia. Empero la fealdad del momento y al ver a su amado en peligro se adentró al combate, y haciendo uso de sus dones de Ninfa luchó por liberar del dolor a aquellos a los que ella tenía el deber de proteger.
Por otro lado, el resto de las criaturas de la facción de la luz se reunieron para descubrir qué es lo que estaba sucediendo y tomar una decisión al respecto. Así que tras una unánime decisión, todas las dinastías salieron a proteger a los Arcontes, mas poco se esperaban que entre ellos se encontraran dos de sus miembros.
Y pese a que las ninfas habían vuelto a negarse a participar, toda la comunidad recorrió el territorio hasta llegar al lugar de la lucha. Pero tras llegar a la cima de la colina y ver desde allí el claro donde la confrontación tenía lugar, vislumbraron a los dos enamorados, que durante el esplendor del combate, habían estado espalda con espalda protegiéndose de los ataques, mas poco podía hacer la jóven Ammeg cuando dos Íncubos atacaron a Solrac por ambos flancos, así que abriendo una puerta dimensional, se situó delante de una lanza dirigida a su amado, introduciendose en su estómago. En ese momento, y tras la atenta y sorprendida mirada de la facción de los hijos de la luz, un grito resonó en todo el bosque, parando por unos instantes la confrontación.
Las ninfas habían sentido el dolor de su hermana y llenas de dolor y venganza se alzaron, y saliendo de los árboles, lagos y ríos cayeron sobre las cabezas de sus enemigos cual lluvia de fuego, acabando poco a poco con ellos. A ellas se le unieron los guerreros que dolidos y envalentonados por la presencia de las ninfas, atacaron a los demonios, logrando acabar así por fin con el enemigo de sus creadores.
Sin embargo, pese a la victoria, un halo de tristeza caía sobre Solrac y las ninfas, ya que la vida de Ammeg estaba apagándose y no había nada que ellos pudieran hacer, salvo intentar aliviar el dolor que sentía en esos momentos. En ese instante, el Arconte que anteriormente les había alentado a esconderse apareció ante los dos enamorados, y tras ameritarlos por no huir y agradecerles el valor que les impulsó a protegerlos a ellos y a su pueblo, colocó su mano en la herida de ella, y después de sonreirles desprendió una luz cálida que empezó a sanar el corte mortal que yacía en el estómago de Ammeg.
Al desaparecer los Arcontes de nuevo, la arboleda entera se sumió en la más grande fiesta que jamás se había celebrado en la historia de su pueblo. Pues no solo habían logrado acabar con la guerra más terrorífica en la que habían participado, sino que habían unido fuerzas todas las dinastías para proteger a la comunidad, suceso que no se veía desde sus antecesores. Y eso suponía un cambio en la relación de Solrac y Ammeg, ya que después de años de prohibición y ocultismo, tras años de peleas y guerras, habían logrado juntar a su pueblo.
Fue en ese momento, en la cima de las colinas, concretamente en el castillo de los Ent, donde por fin todos comprendieron que juntos podían contra todo lo que se les pusiera delante y que el amor vencería sobre cualquier dificultad que se interpusiera en su camino.
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Solrac Y Ammeg
Short StoryDos mundos. Una guerra. Dos especies. Un amor. ¿Quien vencerá? ¿El odio? ¿El amor?
