El hedor a sangre y hierro oxidado era ya parte del pasillo. Las paredes de piedra en constante humedad, y el eco de los pasos parecía arrastrar consigo un silencio hostil.
James avanzaba cargando un cuerpo sin vida, envuelto en una manta blanca, como si no fuera más que parte del mobiliario o un saco de arena. El muchacho había muerto durante el interrogatorio; no fue el primero y no sería el último.
—No aguantó ni un poco —escupió Terrence al suelo—. Qué asco de gente.
James no respondió. Su silencio era su única defensa. No estaba a favor ni en contra de lo que hacían allí, pero tampoco podía permitirse cuestionarlo. Su puesto era bueno y la paga mejor; en una época como esa, no había espacio para lujos como la compasión.
James era alto, de hombros anchos y espalda recta, con un cabello oscuro que solía caerle sobre la frente cuando se quitaba la gorra. Sus ojos, negros como pozos sin fondo, rara vez mostraban algo más que una calma estudiada. Quien lo veía pensaba que nada podía afectarlo, pero por dentro había aprendido a tragar el asco y el miedo como quien aprende a respirar.
Arrojaron el cuerpo a la fosa común, sobre un montón de cadáveres sin nombre. El golpe hueco de la carne contra la carne se perdió entre los ruidos lejanos de la prisión. Sin mirar atrás, regresaron al sector dos: el pasillo destinado a encerrar a quienes se acusaba de sodomía —la palabra que entonces usaban para nombrar a los homosexuales—.
Otro prisionero —apenas un joven de dieciocho años— los observó desde el suelo de su celda, con una mezcla de miedo y desafío. Tenía el labio partido y los ojos hinchados; los signos de las torturas se notaban a simple vista.
—¿Aún piensas seguir ocultando la identidad del otro perro sodomita? —preguntó Terrence.
—No voy a decirles nada. —Escupió sangre, con una sonrisa rota—. Malditos basta…
El golpe de Terrence le cruzó el rostro antes de que terminara la frase. James no se inmutó; sólo se acercó para amarrar sus manos con una cuerda áspera. La piel del chico se sentía caliente y temblorosa bajo sus dedos.
Lo arrastraron a la sala de tortura: dos postes de madera, separados por menos de un metro, una mesa cubierta de instrumentos y un aire pesado que olía a sudor, temor y sangre. James desató las manos del chico sólo para volver a atarlas, esta vez a los postes, obligándolo a estirar los brazos hasta casi despegar los pies del suelo.
—Última oportunidad —dijo Terrence, balanceando el látigo con satisfacción—. Si nos dices quién es el otro, lo mataremos rápido, sin tanto sufrimiento.
—Jamás. —Gritó.
El primer latigazo partió el silencio como un disparo. Luego vino otro. Y otro. Las heridas nuevas se abrían sobre cicatrices frescas. La sangre corría, caliente, hasta el suelo de piedra. Los aullidos de dolor no cesaban. James, recostado contra la pared, bajaba la vista al suelo. Nunca le había gustado esta parte, pero no podía admitirlo. No, si quería seguir vivo.
Después de más de veinte golpes, Terrence cambió de instrumento: una tela sucia empapada en agua sucia. La colocaba sobre el rostro del prisionero, bloqueándole la respiración. El chico se retorcía, tosía y jadeaba. Terrence repetía la acción con la paciencia de cuál verdugo que disfruta de su labor.
James dejó que su mente se apartara de la escena. Era lo que hacía siempre: pensar en cosas prácticas, en el peso de las botas, en el roce de la soga, en cualquier cosa que no fuera el escenario violento que se encontraba frente a él.
Finalmente, lo devolvieron a su celda. Para James, era sólo otro día más.
En el comedor, el aire olía a pan duro y vino barato. James y Terrence se sentaron junto a Dave y Stephan, la otra pareja de soldados con la que solían compartir trabajos más complejos. Con ellos también compartían las borracheras en la taberna y las noches de camaradería. Desde que se conocieron los cuatro en el entrenamiento, habían compartido tanto hasta ahora, que formaron algo así como una amistad.
—Mi cumpleaños es en unas semanas —dijo Stephan—. Deberíamos ir a beber hasta no saber quiénes somos.
Todos rieron y aceptaron.
El tiempo de descanso terminó pronto y se separaron. James no se dio cuenta de que había tomado por error la gorra de Dave.
Se cruzaron en la salida. Estuvieron a un paso de chocar.
—Creo que tengo tu gorra. —James alzó la suya.
—Y yo la tuya. —Dave sonrió, extendiendo la mano.
El intercambio fue rápido, pero cuando James intentó irse, Dave le tocó el hombro.
—La llevas mal puesta. —Su voz sonó más grave de lo que quería.
Sin pensar, la acomodó él mismo. Sus rostros quedaron demasiado cerca; los ojos verdes de Dave brillaban bajo la luz tenue. Fue sólo un segundo, pero James sintió cómo se desmoronaban semanas enteras de autocontrol.
Dave carraspeó y se apartó con una palmada en la espalda.
—Hasta luego.
Esa noche, ya en su aposento, James dejó caer el uniforme al suelo, junto con su orgullo. El peso del día lo golpeó de lleno. El asco que sentía por su trabajo era sólo comparable al que sentía por sí mismo… al descubrir que, en medio de tanta sangre y muerte, lo único que no podía quitarse de la mente eran esos malditos ojos verdes.
Se dejó caer en el catre, mirando el techo como si allí estuviera la respuesta a un problema que nunca podría decir en voz alta. Afuera, la noche estaba tan oscura como el lugar donde trabajaba. Adentro, el silencio era peor: en él no había gritos, sólo la voz de su conciencia recordándole que, de todas las cosas prohibidas que había visto, lo más peligroso era lo que sentía por Dave.
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DAMES
Teen Fiction¿Qué es el amor? ¿Y qué ocurre cuando llega en el peor momento... o en la peor época? Año 1720. Dos soldados al servicio de la Iglesia, encargados de cazar y castigar a los culpables de herejía y sodomía, comienzan a experimentar una atracción que...
