El viaje de Carmelo

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Es raro que lo primero que notas en las personas son los accesorios que llevan. Si buscas su mirada lo primero que veras será ese par de ventanas que resguardan esos ojos chinos de alegría; si buscas su cuello, encontrarás una chalina de un color bastante opaco pero cálido. Y, si eres curioso, te toparás con su cabello lacio, corto y castaño. Sin poder evitarlo, notarás un par de aretes relucientes y notables gracias a su cabello recogido.

Yo realmente no buscaba distraerle de su lectura, pero fue inevitable no hacerlo. Por lo general no me hubiera permitido cruzar miradas con alguien desconocido, pero como ya habían pasado unos tres segundos y medio tenía que hacer algo rápido. Lo que surgió de mi mente tonta, y en ocasiones infantil, fue, -¿Quieres una galleta?-. Ella sonrió de forma mecánica, casi de una manera formal y educada. Luego de sonreírme volvió a su lectura, y yo, con la mía.

[No soy alguien que esté loco por dar chocolates o globos (estos últimos son una contaminación grave y estúpida hacia la tierra), por ello no me considero alguien detallista. Sin embargo, a la hora de interpretar esta pequeña historia, me aseguraré de ser lo más explícito posible].

Maruchan. Estoy casi convencido que fue por ello que nos conocimos, por esa sopa cancerígena e instantánea. Claro, ambos sabíamos que era dañino, pero nos encantaba sentir el sabor del cáncer por las mañana antes de las clases de Lingüística. Había algo que nunca le comenté a ella siendo compañeros de clases: siempre que hacíamos grupos en el salón de clases, quería hacer grupo con ella, pero siempre alguien me ganaba, y a mí me tocaba con la más "inadaptada" de la clase. Coincidíamos, ya que ambos éramos los mejores en esa clase, tal vez de la facultad. La diferencia yacía en que yo era solo bueno en esa clase: ella era estupenda en todo lo que hacía.

"Cervera, Nicole", fue la primera vez que escuché su nombre, por parte de la profesora al momento de tomar la lista de asistencia. El nombre se me quedó grabado. Mi mayor problema es que pude entablar conversación con ella, pero nunca le pregunté su nombre; soy muy tonto para hacer las preguntas correctas en el momento indicado. Parecerá chiste pero es anécdota, una anécdota tristemente cierta. La razón por la cual memoricé su nombre fue para contactarla y conocerla más, sin parecer un acosador. Pero yo estoy seguro que ella sintió lo mismo que yo. Creo que fue la primera vez que me presenté formalmente con ella y en donde contraje mucha más confianza al hablar, descubrimos que teníamos un amigo en común: todo era muy divertido. Sentía que conocía a mis futuros colegas.

Todo genial, hasta saber que su corazón frágil y fuerte a la vez ya le pertenecía a alguien más. Me sentí mal pero bien a la vez, ella era feliz y estaba satisfecha con eso, tenían problemas normales. Jamás le confesé el loco y estúpido amor que sentía por ella. Llegue a la conclusión, y se volvió mi ley: la confianza que había forjado con ella era mucho más especial que desperdiciarla en perderla de por vida por un rechazo que era totalmente seguro. Hubo ocasiones en las que tanto ella como yo teníamos la oportunidad de besarnos, de decirnos cosas que tal vez al día siguiente nos arrepentiríamos de decir. Pero ella no es así, ella es muy honesta, linda y rara, sabía expresar lo que le molestaba y le gustaba de la manera perfecta.

Por eso siempre dejaba que me abrazara, era mejor que ella lo hiciera a que yo intentara hacerlo y fallara en el intento.

Casi terminando el ciclo universitario, teníamos una confianza increíble. Era una amistad que sabía que no iba a encontrar en otra parte: ella sabía lo que me disgustaba y yo estaba al tanto de lo que ella amaba. Solange, su segundo nombre y por el cual prefiere ser nombrada, vivía relativamente cerca de la universidad. Así que un día ya tarde, luego de una conferencia de Investigación para técnicas de la enseñanza de inglés, me pidió acompañarle a su casa para que no le pasara nada, pero yo sabía en su voz que ella solo quería estar acompañada. Tomamos el bus respectivo, y con una suerte increíble encontramos un par de asientos en la carrocería que nos conduciría a su hogar con una luna brillante que indicaba que ya era hora de cenar o abrazar a tus seres queridos, ya que el día llegaba a su fin. Dentro del ambiente aglomerado del bus, ella se recostó sobre mí mientras tomaba mi brazo como almohada. Al mismo tiempo que yo admiraba la escena de afecto amical, intentaba no ponerme nervioso.

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⏰ Last updated: Oct 26, 2020 ⏰

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