"Si todo va a mal y no hay solución posible sólo hay un último recurso: sacar el lado positivo y continuar con los bienes que nos da la catástrofe"
--Karl, después de haber comido, forzosamente, un plato de carbohidratos.
La boda había avanzado según lo previsto. O, más o menos, según lo que había entendido. La chica que se casaba se llamaba Charlotte. Era una chica rubia, de pelo rizado y con un vestido blanco que, entre nosotros, me pareció demasiado cargado. Tenía tantos relieves y demás que parecía que iba a caerse de tanto peso.
El novio, un tal Rodrick, era un chico con patillas que siempre intentaba parecer el más hombre. Utilizaba los tópicos de hombre (con mucho vello, nada de colores rosa ni lila, ningún comentario que no fuese fuera de deporte..) para ser mejor, superior que los demás. Sinceramente, no tuve mucho contacto con él, sólo escuché una conversación mientras pasaba por al lado.
Pero no sólo era "muy macho", sino que encima era muy machista. Hacía comentarios que dejaba al sexo opuesto a la altura del betún, y más de una vez me vinieron ganas de decirle que no debería hablar así, de que las mujeres no son inferiores. Una de ellas, cuando ya me decidí, Charlotte se puso en medio justo en el momento decisivo y no solté nada.
-¿Tú eres Adam, verdad?-me preguntó.
-Efectivamente-respondí, queriendo sonar amable.
-Me encantan esos pastelitos redondos con forma de sándwich. ¿Cómo has dicho que se llamaban?
-Swamp Cakes.
El resto de la conversación siguió igual y no pasó nada relevante. Sólo hay una cosa por mencionar: que Charlotte era una adicta al azúcar.
Cogí una bandeja vacía y, a pesar de que no me habían contratado como camarero, fui con ella hasta la cocina.
Me llamo mucho la atención el lugar donde se estaba celebrando la boda. Era una atracción turística que había encime de un cañón, llamada Pradera Espejismo. Se llamaba así por la cantidad de árboles que había rodeando la pradera, la de columnas de madera que había esparcidas por la llanura y, sobretodo, porque alguien había colocado espejos por múltiples lugares de la casa y de los alrededores, es decir, el bosque.
Cuando dejé la bandeja, lo hice con mucho cuidado, ya que era de acero y tenía miedo de que el ruido pudiese llamar la atención. Después de comprobar que estaba bien colocada sobre la pica y que no iba a caerse.
Y, en aquel entonces, empecé a sentir una clase de sonidos, concretamente, de gemidos, que provenían de la despensa, una sala que estaba al lado del recibidor. Me dirigí allí, pensando que sería alguien... Bueno, sinceramente no sabía ni qué podía ser, porque sólo escuchaba gemir a una persona. Pero era evidente que estaban fornicando.
Es una sensación inexplicable aquello que te empuja a comprobar, aun sabiendo ya lo que es, qué están haciendo dos personas que gimen. No es morbo, ni mucho menos, no tratándose de mí. Yo le llamaría curiosidad.
Entorné la puerta y vi a Charlotte con otro chico. El chico tenía los pantalones por los tobillos. Charlotte llevaba el vestido arremangado. Apenas se veía nada. Pero estaba claro qué hacían.
Me alejé de allí y salí al patio. Y, como no tenía nada que hacer y tampoco tenía hambre, me apoyé en uno de los postes de madera y abrí conversación a Karl.
-¿Cómo vamos?-me prgeuntó.
-Mal, acabo de ver a la novia fornicando con un tío que no era el novio-le respondí.
-¿Y qué harás? :')
-Pues callarme. ¿Qué quieres que haga?
-Contárselo. Así hay más show. Una boda no es interesante si no hay cuernos de por medio.
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MK's bakery (II)
Teen FictionAdam, el tierno pastelero vuelve de vacaciones con las pilas cargadas... y con más ganas de encontrar al amor. ¿Rondará la cosa entre Karl y Diana? ¿O acaso hay alguien más?
