Supongo que así empiezan todos los cuentos, pensaba mientras apretaba las teclas de mi vieja y pesada máquina de escribir:
"Érase una vez, en un país lejano, un Rey de Chocolate que gobernaba un peculiar reino escondido entre bosques y montañas. Tan escondido era aquel lugar que el tirano gozaba con explotar a sus anchas a la gente. Desde ahogarlos en impuestos, toques de queda, trabajos inhumanos, leyes injustas y opresivas, todo a su estado de ánimo ... después de todo, ¿quién se quejaría? Él era el rey, y si alguien osaba quejarse, bien le cortaba una pierna, bien las dos manos o bien la cabeza. ¿Tenías una esposa linda? ¡Mala idea llevarla al palacio! al marido le esperaba la horca y a la mujer una noche en el aposento real.
-Pero no más de una noche demonio, ¡que me contaminas! – Decía el rey de chocolate, mientras derretía sus pegajosas manos en su inocente víct " ...
Pare de escribir y me puse a leer el incipiente fragmento ...
– ¿Pero que carajo es esto? – dije entre dientes, arranque la hoja y la arroje al suelo donde yacían ya varios intentos por escribir lo que esperaba fuera un cuento infantil, mire el reloj y eran ya las dos de la madrugada del primer día de invierno, además de mi tercer día sin dormir. Mi nombre era Gabriel y me encontraba a prueba para conseguir un trabajo en una revista educativa, era escritor y me encargaría de la sección infantil, en específico mi especialidad era escribir cuentos cortos (Cosa que ahora no lograba) . Había estudiado Filosofía y Letras en una prestigiosa universidad de la capital, sin embargo al egresar gozaba de la misma suerte que cualquier escritor de tercer mundo, joven y sin experiencia, ¿a dónde iría? solo podía verme desempleado y en la calle.
Y esa sería mi suerte, salvo por dos cosas: mi amorosa y condescendiente madre que me ayudaba con el pago del alquiler, y una amiga de mi infancia llamada Diana, que era quien me había conseguido empleo en la revista donde ella trabajaba como diseñadora, el cuento que tenía que redactar sería mi primer encargo y sería decisivo para que el Director de la revista me contratara o no, por lo que supe el anterior escritor había muerto de un ataque de apoplejía*, tenía solo 42 años, pero era alcohólico, hipertenso y abusaba de otras drogas más fuertes, antidepresivos en su mayoría.
-Si no fuera por ti Diana ... – pensaba – seguro estaría camino a casa, derrotado ... pero no lo haré, no soportaría las burlas, sus miradas, esos malditos ojos ... sería como fracasar, pero Dios me dio tanto con este trabajo ... – sufría mientras daba unos pequeños sorbos a mi taza de café y volvía a colocaba una hoja nueva en mi máquina de escribir.
Recordaba los ojos grises de mi padre Iván, hombre de un carácter muy duro y perfeccionista, era militar, Teniente Coronel para ser precisos, por su trabajo viajaba mucho y siempre llevaba puestas sus botas negras excelentemente boleadas, cuando caminaba siempre tenía un paso duro, como si marchara, no importaba si estaba en el cuartel o en la cocina de su casa, el paso era el mismo y su figura, siempre imponente y autoritaria. Desde que era pequeño jamás había podido sostener la mirada a mi padre, esos ojos grises le daban un aspecto tan frío, podía ver mi alma y eso me despertaba miedo y humillación.
Así fue como a mi mente vinieron los recuerdos de como era mi familia...
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Apoplejía: Síndrome neurológico de aparición brusca que comporta la suspensión de la actividad cerebral y un cierto grado de parálisis muscular; es debido a un trastorno vascular del cerebro, como una embolia, una hemorragia o una trombosis
