Mis hermanos

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Hermanos, son aquellas personitas que te arruinan y alegra el día. Aún no los conocía, creo que eran un par de años menores que yo o tal vez más, no lo sabía. Ese día conocí a mi madre, si eso se le podia llamar; después de tantos años, sólo escuché: «"Eres el peor error de mi vida"».

Entró por aquella puerta y vino directamente a mis brazos, robando un abrazo que no estaba lleno de amor.

—Hijo. —Dijo en tono dulce.

—¿Que haces aqui? —Pregunté.

—Quiero que conozcas a tus hermanos.

—¿Hermanos? —Dije mientras la miraba fijamente.

—Si, hijo mío. Ellos te necesitan. —Respondió en tono dulce.

Posé mi vista en sus ojos  oscuros, su cabello (de un tono acaramelo) ondeaba al viento, su piel era blanca; su boca  era pequeña con unos labios finos como el hilo de coser, ese día fue con una falda blanca que dejaba ver sus delgadas piernas y Una camisa roja que resaltaba sus ojos.

—¿Que haré? —pregunté en mi cabeza —.

No era tiempo de preguntas así que decidí ir tomado de la mano con mi madre y conocer a mis hermanos.

¡Oh! De nuevo olvidé presentarla, su nombre era Violeta, como aquella flor.

Fuimos al terminal de buses y nos dirigimos a otro estado, Miranda, Los Teques, Venezuela.

Pensé que mi madre vivía mal (pero no era asi), llegamos después de un par de horas.

—Este es tu hogar. —Dijo en tono sarcástico.

—¡Gracias! —exclamé.

Era un pequeño apartamento, las paredes eran blancas, estaba decorado con estampados de flores, hermosos cuadros, retratos en los cuales obviamente no estaba

y los muebles se veían muy cómodos, ahí sentados estaban mis tres hermanos, me acerqué a ellos.

—Te quiero, hermano. —Robandole un abrazo.

Mi pequeña hermana me había agradado al instante, sus ojos eran brillantes (más que las estrellas), su sonrisa era resplandeciente casi parecido al brillo del sol, su piel era canela mientras que sus manos eran pequeñas y suaves. Su nombre era Yarelis. —Si algún día  llego a tener una hija, será como ella. —pensé en mi cabeza—.

Mi hermano, tenía una expresión extraña, su cara era de alguien muy malhumorado, a pesar de su corta edad me hacía sentir fuera de lugar, pero, no importaba; era el hombre de la casa y debía protegerlos. Por otra parte, él era de tez oscura y ojos llenos de maldad, su nombre era Frank.

Mi última hermana, pero, no menos importante. Era un poco distraída, su cabello era corto, liso y rubio como el oro y sus ojos eran azules como el cielo, su nombre era Margarita; como aquella flor llena de pétalos amarillos, así era ella.

Pasé un buen rato con mis hermanos y mi madre comenzó a decirme cosas extrañas.

—Ángel, te traje para que te quedaras.

—Tu me abandonaste. ¿Porqué quieres estar conmigo? —pregunté.

—No tengo quien cuide a tus hermanos, tengo demasiadas deudas. —Dijo en tono preocupado.

—Está bien, te ayudaré.

—¡Gracias, hijo! —Exclamó llena de felicidad.

—¿De qué trabajas?

En ese momento, su voz se entrecortó y me ignoró completamente, ya era muy tarde y salió de casa con un vestido rojo, tacones altos, cabello recogido en forma circular y hermosos labios rojos y un delicado delineado. En su mano, sostenía un cartera, vi como introdujo muchos preservativos.

—¿Eres prostituta? —pregunté curioso.

—¿Qué? —preguntó mientras se acercaba Pausadamente, con la mano alzada.

—¡No! —Exclamé.

No deje que se atreviera a ponerme  una mano encima ¡Rayos! ¿Qué creía? Me abandonó y pretendía golpearme.

«El amor de madre, no existe» —Pensé.

Quería huir de aquella casa, pero, ya me había encariñado con mis hermanos. Además, ¿Quién les daría de comer? Mi madre sólo quería ser follada, una y otra vez. Al parecer, era masoquista, amaba que la golpearan y la dejarán embarazada; a mi parecer ¡JAMÁS! Aprendió la lección. Aquella noche, llevé a mis hermanos a dormir, no quería que sufrieran por las cosas sucias que hacía "Nuestra madre".

Extrañaba a mis abuelos, la droga, las bedidas, pero, era hora de regresar a casa con mis hermanos.

—¿Debo quedarme en casa? —Pensé en mi cabeza.

La vida de un ÁngelWhere stories live. Discover now