𝐏𝐫𝐨𝐥𝐨𝐠𝐨

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La historia del lustro¹ oscuro nunca cambiaba, sin importar a quien se le pregunte, todos contaban las aventuras de una reina más tirana que existió.
La esclavitud vivida aquellos años, misma que sólo pudo romperse tras la intervención y pérdida de muchas vidas.
Sin embargo, esta historia se remonta a muchas décadas antes de, al origen del fin de la reina Victoria Lunaris.

❝ ( ♟ ) ❞

El frío de aquel invierno helaba hasta los huesos. En el castillo, los jadeos de una mujer dando a luz a su décima hija se mezclaban con el ambiente.
Un llanto le hizo soltar un largo suspiro.

- Está aquí. - Susurró.

Bajo la promesa de que la recién nacida se convertiría en una grandiosa hechicera, le sostuvo en brazos y acarició su pequeño y arrugado rostro. Era fea; estaba morada, con los ojos hinchados y una nariz regordeta. Entre llantos estiraba sus pies y manos en busca de las paredes del vientre de su madre, sin embargo, la pequeña aún desconocía que tenía un gran futuro por delante, y que aquellas acogedoras paredes no volverían a protegerla nunca más.

- Ella está destinada a lograr grandes cosas, Victoria. - Habló una mujer de cabellos cenizos, quien estaba cubierta por una capucha oscura. Al aproximarse a la tenue luz que las iluminaba, su rostro se reveló para la reina. - Pero también ha sido condenada a vivir en la tristeza desde el momento en el que la tomaste en tus brazos.

La monarca le miró, conflictuada. -¿A que te refieres, bruja? - Cuestionó. El silencio de la anciana le hizo arrugar el entrecejo. - Cómo tú reina te exijo que me des una respuesta ¡Ahora, Freya!

Era bien sabido que cada miembro de la familia Lunaris llevaria un nombre dictado por la magia de la vidente ciega, Freya, quien vinculaba al mismo con la personalidad y las virtudes que los astros dictaban a los recién nacidos. Ofrecidos al fuego, el viento, el agua y la tierra, gozarán de belleza y múltiples encantos.

- Si le revelo el futuro, majestad, me temo que usted ya no querrá estar cerca de la niña.- Comentó ella, con las manos entrelazadas sobre su vientre.

Extendió sus manos en dirección a la niña; Victoria se la coloco en manos.
La anciana suspiro, y esbozó una sonrisa muy ligera.

Suaves susurros que sólo ella podía escuchar le indicaron cual sería el nombre de la recién llegada.

- Morgana.

Victoria arqueo una ceja. No era un nombre que fuera de su agrado, sin embargo, no se atrevería a contradecir a los entes mágicos que le habían dado aquel nombre.

- Y su destino, mi reina, la causa de su desgracia...

Con un ademán, la partera fue expulsada de la habitación.
La revelación del destino de la princesa fue algo que sólo la reina y la vidente recordarán, pues Morgana a duras penas podía reconocer el calor de los brazos de su madre.

» Díez años habían pasado desde el nacimiento de Morgana. La última princesa del gran linaje Lunaris había aprendido a volar antes que a caminar, pues en un castillo rodeado de magia, sería imposible no hacerlo.

No era muy expresiva, sin embargo, aquella mañana sus pequeños ojos rebozaban en lágrimas.

-¡Mami! - Exclamó al irrumpir a la sala del trono con un pequeño cuervo en brazos, mismos que ahora tenían múltiples arañazos.

Pero antes de que pudiera si quiera darle un vistazo por donde corría, chocó con un cuerpo ajeno. Arrugó su nariz, adolorida, y luego retrocedió un par de pasos.
Se quedó helada al limpiar sus lágrimas y mirar hacia arriba, encontrándose con un cuerpo humano y un par de cuernos.
Sorbio sus mocos. Ese sujeto era enorme.

Con la boca entreabierta, se quedó tieza con el cuervo aferrado a su pecho.

- ¿Estas bien? - Preguntó el desconocido.

La niña se quedó tan quieta como una tabla, desviando su mirada y asintiendo un poco.

- ¿Que es lo que tienes ahí?

Los labios de Morgana se movieron como una lombriz; estaba a punto de llorar, más aún cuando el pelinegro se puso de rodillas a su lado. Incluso estando incado el era muy grande.

- Es un cuervo... - Balbuceo con un hilo de voz. - Se atoro en un rosal con espinas.

-¿Puedo? - Estiró sus manos en dirección al ave que la menor parecía querer proteger con uñas y dientes.

Ella, temblorosa, le dejó al cuervo en las manos.

- ¿Lo sacaste de ahí tu sola? - Morgana asintió a la pregunta del sujeto. - Qué valiente...

Mientras el pelinegro se dedicaba a acariciar las plumas del alado, la niña esbozó una sonrisa muy ligera y temblorosa. Si tan solo el hombre supiera que estaba a punto de orinarse del miedo que le causaba estar sola con un desconocido en una habitación tan grande seguramente retiraría lo dicho.

Sin más, el más alto envolvió al cuervo en magia de un color brillante. Segundos después, el ave ya se encontraba mejor.

Morgana le miró con ojos brillantes. -¡El está bien! - Exclamó, llevándose las manos a la boca con pura sorpresa en el rostro. Cuando el alado le regalo un graznido a la niña, esta dio pequeños brinquitos y se aferro a las ropas del desconocido.

Tan sólo quince minutos después, el ya sostenía a la menor con un brazo y, mientras el cuervo reposaba en uno de sus cuernos, en la palma de la mano que el tenía libre mantenía un pequeño espectáculo de chispas de colores que explotaban y se desvanecían al caer.

-¡Morgana!

Su madre la llamaba desde un extremo de la sala. Ella respingo ante él regaño tan sutil que acababa de recibir.

-¿Puedes bajarme? - Le susurro la niña al más alto. El asintió, dejando a Morgana en el suelo.

La reina se acercó a su trono. - Lamento la grosería de mi hija, señor Draconia. - Se disculpó, mientras su hija llegaba a su lado y jugueteaba nerviosa con sus manos.
Malleus negó, bajando al cuervo de su cuerno y haciéndole reposar sobre su antebrazo.

- No hay por qué preocuparse, magestad, su hija es una niña bastante agradable. Aceptaré gustoso el tratado del que me habló. - Respondió.

Una sonrisa se asomó por las comisuras de los labios de la mujer.

- Estaremos en contacto, entonces.

- Le enviaré una carta notificándole cuando visitaré el reino de nuevo para la firma del documento oficial. Con su permiso.

Malleus se inclino un poco ante ambas con la mano puesta sobre su pecho justo antes de desaparecer. Dejó un rastro de brillitos que flotaron en el aire para despues caer y desaparecer.

Cada año, Draconia visitaba a la niña que poco a poco tomaba rasgos más maduros.
Víctima de los años, cuando su cuerpo se torno bastante curvilineo y sus cabellos iban poco más abajo de su cintura, Malleus dejó de visitarla.

Ambos tenían obligaciones, por lo que su comunicación se limitó a extensas cartas que, semana con semana, se escribían a espaldas de la madre de Morgana.

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¹(lustro) : Periodo de cinco años.

lacrimosa [leona kingscholar x oc] Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora