Capitulo 1.

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FUERZA G.

CAPITULO I

Atravesando la avenida de San Felipe, dio vuelta en u  mientras por rara ocasión sentía en la cara el sol de las seis de la tarde; pensó que sin duda la devoción a alguien o algo le había funcionado... por esta vez.
Estaciono el elegante audi negro y decidió hacer una pausa para despejar su cansancio dejando perder la negra e intensa mirada en un punto fijo inexistente en la calle.
Sintió miedo.

Atravesando la calle se encontraban los edificios de apartamentos y se veían jugar los niños como si fueran parte de una acuarela grotesca y burlona.
Raramente llegaba a aquel lugar temprano.
Unos intensos ojos amielados le buscaban la mirada interrogantes, quizá atrevidos. Los ojos tomaron de la mano a otra mano pequeña y entonces comenzó a soplar un viento benigno que desvistió los enormes arboles que adornaban la avenida.
Sintió la cabeza pesada.
Piel de azúcar sonaba en el radio y decidió esperar a que terminara para salir del auto.
"Te recuerdo todavía
con la cara desvelada
La ternura en tu sonrisa
y el verano a tus espaldas
era casi de mañana
me dijiste hasta luego
te marchaste lentamente convirtiéndote en recuerdo.
Mis manos no pueden olvidarte
mis ojos extrañan tu mirada
y tu piel de azúcar en mis labios
se vuelve salada
Es inevitable la nostalgia
me duelen los días a tu lado
y no me resigno a perderte
de brazos cruzados.
Todo el tiempo transcurrido
me lastima íntimamente
y pensar en tu regreso
me resulta insuficiente
para mi no hay nada eterno
y pienso en estar contigo
nada más que por salvarme
y creer que sigo vivo
Mis manos no pueden olvidarte
mis ojos extrañan tu mirada
y tu piel de azúcar en mis manos
se vuelve salada
es inevitable la nostalgia
me duelen los días a tu lado
y no me resigno a perderte
de brazos cruzados..."
Mario Moreno apagó el radio y salió del coche.
Comenzaba a anochecer.
Enfundado en su severo traje negro habitual, miró por reflejo hasta el piso 15 del lado derecho y las estrellas que comenzaban a aparecer se reflejaron en sus chispeantes ojos negros.
Por un instante recordó que existia el universo.
Para el solo contaba el aquí y el ahora, la practicidad de la inmediata vida que requiere según los tiempos que se dé lo mejor de uno para subsistir.
Los edificios estaban pintados de gris.
Vuelto a la vida Mario Moreno dudó por un instante si entrar o no.
Miró el móvil, había evolucionado.
Se encamino a la entrada de los edificios Torres Lupercio.

2.
En cuanto el elevador indico que habia llegado al piso 15, Mario salio del mismo y se encamino hacia la izquierda, y llego a la puerta que decia "B".
Buscó en su saco la tarjeta y la introdujo en la cerradura.
Al abrirse la puerta un olor a clavo y madera le llenó la nariz.
Dejó el saco en el perchero de caoba y se recostó en el sofá del recibidor.
La cortina estaba corrida, abierta, y Mario observó el cielo azul grisaceo de imecas de la tarde casi noche de aquel 23 de junio.
Estaba obscureciendo.
Y el se quedó ahí sentado, con el pantalón negro y la camisa blanca, sin corbata ya y mirando hacia el horizonte en aquella tarde inusual de viernes.
Pronto las estrellas aparecieron, entonces fue cuando caminó hacia la ventana y en sus ojos negros se reflejo, otra vez, el universo.
Sintio hambre y camino hacia la cocina del departamento y encontró unas sobras de comida preparada. Las calentó en el microondas y descuidadamente las comió para no sentir hambre.
Regresó al sillón y se sintió protegido por aquéllas cuatro paredes que lograban abrigarlo de las condiciones, de la selva, del peligro, se refugió en un instante de agorafobia con pobre insight, amó ese momento de soledad artificial y el inclemente cansancio logró vencerlo y hacerlo ver, si alguien lo hubiera visto, como un mendigo más victima de las circunstancias en una calle cualquiera.
Pero allí, en los cómodos departamentos Torres Lupercio.
En su destino estaba escrito que cuatro horas más tarde tendría que despertar.

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