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Las paredes se pintaron de blanco pensando que la sangre no llegaría hasta ellas

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Las paredes se pintaron de blanco pensando que la sangre no llegaría hasta ellas. Y giré sobre mis talones mirando alto, con los brazos extendidos a los lados de mi cuerpo, me sentía ligera, ya nada me oprimía. Fui libre. Fui libre dentro de la gran casa silenciosa y oscura, con las baldosas rojas, con las respiración calmada, por un instante tan pero tan pequeño sentí que todo había terminado.

 Fui libre dentro de la gran casa silenciosa y oscura, con las baldosas rojas, con las respiración calmada, por un instante tan pero tan pequeño sentí que todo había terminado

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Desde que el sol me sonreía a la distancia por mi pequeña ventana comencé a pensar que algo me faltaba. Cada mañana me lo demostraba, allí estaba pero no era capaz de entenderlo. Las líneas de cada rincón me revolvían el estómago, me provocaban náuseas que con el pasar de los años logré controlar. Todo era lineal, derecho, correcto, en un intento frustrado de ser perfecto. Nadie se había atrevido jamás a cuestionar, ¿Por qué debo seguir la línea que separa las baldosas bajo mis pies hacia la cocina?, ¿por qué calcular cada paso?, ¿por qué no puedo sembrar una rosa en nuestro lúgubre jardín?, ¿por qué cada minuto de mi sueño debe ser contado?, ¿por qué me miras con ese orgullo, con esas ganas de que sea como tú, igual que tú?, ¿por qué soy la única persona que parece ver la vida más allá de estas cuatro paredes?

Una familia grande hubiese sido una tortura. Una familia pequeña hubiese sido el blanco perfecto. Cada uno de nosotros sonreía a menudo, teníamos miedo de llamar su atención mostrando algún sentimiento como la tristeza o la frustración, debíamos lucir felices, estables, impecables, a pesar de no ser así.

Una noche de fuerte brisa, miré a ambos lados del pasillo con cautela, si me veía un minuto más pasada la hora de dormir fuera de mi habitación era capaz de todo. Tenía un temor incontrolable, pero las ganas de salir corriendo eran muchísimo más fuertes. Así que con los pies descalzos para no hacer ruido me dirigía al balcón, el frío entrando por una pequeña rendija en la ventana me saludaba estremeciendo mi cuerpo. Salí al balcón con los nervios de punta, el esqueleto entero me temblaba de miedo y tuve que sujetar el barandal con ambas manos. Inhalé profundo el olor a tierra mojada para deleitarme, había llovido ese día como todos los demás, miré al cielo y la luna se veía más grande de lo normal, brillando siempre, lejana a todo y a todos... Libre. ¿Por qué mis pupilas se embelesaban con ese color tan radiante? Era como magia para mi corazón, como una chispa de energía para mi alma. Lo que necesitaba para seguir cada día con el mentón en alto, una amplia sonrisa y aquel sentimiento desconocido que me carcomía con el tiempo, ¿Era eso? Me hubiese gustado descubrirlo. Después de unos minutos regreso sobre mis pasos y entre todo el ambiente lúgubre de la casa el silencio se intensificó por alguna extraña razón, sentí escalofríos, como si alguien me observara caminar. El horror se hizo presente, me paralicé al estar a escasos centímetros de mi puerta, ¿Por qué tenía que temer de estar en mi casa?, ¿Por qué no la sentía como una casa sino como una cárcel? A pesar de que mis manos temblaban, mi mente buscaba alguna escusa que decir para no ser golpeada hasta no poder levantarme en días, ya conocía el dolor de los castigos. El crujir de una puerta abriéndose me obligó a mirar sobre mi hombro, el corazón me latía con fuerza haciendo un sonido escandaloso dentro de mi pecho que llegaba hasta mis oídos. Un par de ojos verdes me observaban desde el otro lado del pasillo, parecían irreales entre la oscuridad pero me devolvieron la paz que necesitaba, incluso creo que le brindé una diminuta sonrisa, suspiré para tranquilizarme y sin pronunciar una palabra entré en mi habitación. No era un secreto que no era la única que estaba allí, no era yo la única con miedo de encontrarse en los pasillos con esa persona, esa persona con aspecto siniestro que nos aterrorizaba hasta el punto de inmovilizarnos con una mirada. Le teníamos tanto miedo que pudimos haber reunido entre todos el valor suficiente para detener el sufrimiento. Pero nadie se atrevía a levantar la mano para preguntar o la perderíamos, solo obedecíamos órdenes, nuestra vida estaba calculada, planeada, organizada por alguien más y yo solo me preguntaba en la soledad en la que me sentía: ¿Acaso tu vida es perfecta?, ¿acaso mi vida es tuya?, ¿tus decisiones son tomadas por alguien más como lo estás haciendo conmigo? Pero nadie lograba responder.

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