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Capítulo 1

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Amber.

Londres, Inglaterra, 1920.


Miro a mi madre reflejada en el espejo del vestidor mientras Julia aprieta el corsé que rodea desde mi debajo de mi ombligo hasta el bajo de mi pecho. Suelto una maldición cuando tira de uno de los hilos de la cadera con demasiada fuerza, provocándome verdadero dolor.

- No te quejes – murmura mi madre tras de mi – Sabes que el corsé debe marcar unas buenas curvas, o en tu caso, crearlas.

Julia le da la razón a mi madre. Mi madre... ¿por dónde empiezo?

Su nombre es Casandra Elisabeth Davis, princesa de Gales. Hija del rey de Inglaterra, Henry Davis, que falleció hace ya cuatro años. Desde que tengo uso de razón mi madre ha sido una figura imponente y a la vez autoritaria para mi. Ella me crio, ya que mi padre falleció cuando yo sólo tenía dos años.

Ella siempre pretendió que fuese una dama con clase, estudios y elegancia, cuando en la realidad, lo cierto era que mi abuelo me sacaba a hurtadillas de casa para jugar al fútbol, ver Londres de incógnito, montar a su yegua, ayudar al servicio en tareas de la cocina, pasear por los alrededores del palacio... y todo eso sin llevar un vestido con más capas que una cebolla, el pelo más tieso que un estropajo ni maquillaje tan sólo siendo una niña.

Mientras que mi madre atendía sus labores de princesa, yo, en su vigilancia, era entrenada para ser una dama de primera, con lecciones sobre moral, educación, educación a la mesa, apariencia en público y trato con desconocidos, entre muchas otras cosas.

Cuando mi madre se marchaba de la Abadía donde toda nuestra familia había residido durante años, cortesía de mi abuelo, él acaparaba todo mi tiempo libre, ya que yo misma lo buscaba.

Gracias a él, sé defenderme sola, ya que juntos practicamos Krav Magá, un estilo de pelea, que según él me dijo, conoció en uno de sus viajes a Israel cuando era joven y que le cautivó y le hizo crecer a nivel espiritual. Gracias a él disfruto paseando por las ya conocidas calles de mi ciudad, bebiendo en las más recónditas cervecerías y huyendo cuando todo lo relacionado con mis tareas y deberes me abruma.

Volviendo al tema... Casandra nunca se otorgó a si misma el papel de madre cariñosa y afectiva, ese lugar de mi corazoncito lo ocupaba mi abuelo, y muy a pesar, ya no lo tenía conmigo, y aunque había aprendido, tras muchas lágrimas y noches y tardes de soledad, a vivir con ello, yo misma sabía que aún podía confortarme con todos los planes que solíamos hacer juntos, y que ahora, yo había aprendido a hacer por mi cuenta.

- Querida, no me puedo creer que tengas casi la mayoría de edad, tu cuerpo es como el de una niña de catorce años – dice Julia, antes de ponerse a, según ella, peinarme en condiciones.

Cuando acaba, miro con asco el reflejo que me da el espejo. Me gusta vestir con pantalones, camisas y botas, prendas que guardo en un baúl escondido en el armario de la habitación de la Abadía de mi abuelo, no esto. Odio verme en vestidos pomposos, con el pelo enrulado y lleno de laca y maquillada peor que una de esas mujeres que suelo ver de madrugada en las cervecerías buscando la atención de algunos hombres.

- Vamos, Amber, el duque de Normandía nos está esperando – dice mi madre, posicionándose a mi lado, dándome un pequeño empujón para que salga de la habitación y me camine a la recepción.

- No me interesa – mascullo molesta, quiero irme de aquí.

- Me da igual lo que te interese – replica mi madre molesta – ya te dije que tenemos que encontrarte un marido, llevamos posponiéndolo años, debemos hacer esto antes de que cumplas dieciocho.

"Ya lo veremos" pienso, pero me mantengo en silencio el resto del trayecto. Tengo pensado llevar a cabo mi plan en unas semanas, pero creo que lo adelantaré a esta noche, ya que estoy deseando cambiar mi vida.

Nos adentramos en la recepción, donde un hombre que seguro que me lleva más de veinte años nos observa y cuando sus ojos se posan en mi, los veo brillar. Despego mi mirada de él y a la derecha veo a Luke, uno de los encargados de mi seguridad y un gran amigo, probablemente al que mas extrañaré cuando salga de aquí.

- Buenos días, princesa Davis – saluda el hombre, que viene con varios sirvientes que traen rosas y otros regalos envueltos – Mi Lady – se refiere a mí. Me asquea mentalmente, pero guardo las formas en el exterior.

"Pero si puede ser mi padre" coincido plenamente con mi conciencia.

- Me presento, soy el duque Andrés de Normandía – mi madre me pellizca el brazo sutilmente y extiendo mi mano. Él la besa con delicadeza – vengo a presentarme e intentar cortejarla para hacerla mi esposa.

Quiero contestar. Quiero contestar. Me siento asqueada. Me siento usada y eso que aún soy virgen.

- ¿Qué cualidades de usted cree, que, en un caso hipotético o un mundo paralelo, pueden llegar a interesarme? – se me escapa y mi madre y él me miran con asombro.

- ¡Amber! – replica mi madre y se que se está aguantando las ganas de darme una bofetada por insolente.

- No se moleste – habla Andrés con su marcado acento francés y después me mira – Sé que soy mucho mayor que usted y que ni en lo más remoto crees que puedo llegar a agradarle, pero podemos ver como surgen las cosas, conocernos, y ver como se da todo.

Ni en tus mejores sueños, estúpido. Cásate con una mujer de tu edad, no una a la que se la doblas, asqueroso.

- Sí, claro – Miro a mi madre y esta sonríe satisfecha con mi respuesta.

- Bien, si usted quiere, mañana mismo podemos concertar una cita para ambos – él chasquea sus dedos y uno de sus siervos se acerca anotándolo todo con una pluma sobre unos folios oscuros.

- Háblelo con mi madre – digo, dándole la espalda – yo me voy a mis aposentos, necesito descansar.

La tarde pasó tediosa, agobiante, y con muchos nervios. Llevaba planeando mi huida durante dos largos años. Sabía como burlar a toda la seguridad de la Abadía, sabía con cuanto tiempo justo contaba para alcanzar las afueras de la ciudad y a partir de ahí, ser libre.

"Hoy es mi último día de encierro. Tengo dos horas" me repito mentalmente mientras me cambio de ropa, poniéndome unos pantalones marrones, una camisa blanca con mangas sueltas y dos cordones cayendo desde el cuello. Me recojo el pelo largo y ondulado y lo oculto bajo uno de los clásicos gorros de mi abuelo, me calzo unas botas camperas con suela plana que me permitan correr si fuera necesario, y antes de salir, me doy un chequeo rápido en el espejo, apagando las luces de mi dormitorio antes de darle un último vistazo. 

Tenía claro que no quería ver esta habitación más en toda mi vida, costase lo que costase.

Por fin seré libre.



-

¡Nueva historia! 

Estoy que ni me lo creo, tengo muchas ganas de ver crecer esta historia ya que estoy inspirada. Llevo años sin escribir y por fin, ¡me ha llegado la inspiración!

Esta historia no tiene nada que ver con la anterior... y sobre todo hay que tener en cuenta que cuando escribí "Prohibido" tenía 17/18 años y ahora tengo 22... 

Espero que les guste tanto como a mí me gusta escribirla, imaginar escenas, crear tramas, etc.


¡Gracias y disfrútenla! 

Princesa perdidaCerita yang bikin terobses. Temukan sekarang