“¿Haz sentido que vives pero no lo haces?”
“¿Haz sentido que toda la vida se te concentra en un solo momento?”
Esas fueron dos frases que me encontré a lo largo del lúgubre camino bajo una tenue luz de luna y algunos charcos de agua por las malditas calles que nadie arregla; tal vez la vida me estaba diciendo algo, con una me daba cuenta que era un muerto viviente, un desgraciado que no tiene razón de vivir y la otra frase me recalcaba que lo había perdido todo, lo tenía en mis manos y lo dejé escapar, o tal vez se escapó solo, no lo se, solo se que tenerlo todo es muy peligroso.
Caminando hacia mi destino me imaginaba llegar a mi casa, decirle a mi esposa que ya había llegado; los niños recibiéndome agitadamente y gritando “papá, papá estás de vuelta”, luego de verlos, ir a ducharme para después tener una deliciosa cena en familia, reír como siempre lo hacíamos y finalmente, tal vez el momento mas esperado, ir a acostarme con mi esposa. Ella estaba acostada hacia afuera de la cama, acerqué lentamente mi cara hacia su cuello y mi mano sigilosamente bajaba por su costado, giró la cabeza para mirarme y nos besamos, estuvimos en ese acto un tiempo considerable hasta que ya me indicaba que tenía que hacer algo mas, empecé a besar su cuello y delicadamente se ponía boca arriba, llegué con mi boca al pecho y bajando por el abdomen, agarré sus piernas fuertemente y empezó a gritar, gritos de satisfacción que yo estaba provocando, apretaba mas sus piernas y no las podía soltar, era delicioso, por momentos veía sangre, pero no me importaba, cerraba los ojos y seguía con mi trabajo; con una dulce voz, luego de un rato me decía que me detuviera por un momento: me volví rápidamente para estar cara a cara, ella me miraba con los ojos entrecerrados y la notaba cansada, le dije que se durmiera y lo hizo muy rápidamente, me levanté al baño y al verme en el espejo vi la sangre por todo alrededor de mi boca, bajando como si fuese agua para chocar con el piso. No me inmuté, había hecho lo correcto, estuvo bien. Ahora solo faltaba el niño y la niña. Los dos en una misma pieza iba a ser mas fácil, así que me dirigí a su dormitorio y encendí la luz: los dos estaban despiertos. “¿Conocen este truco de magia?” dije, y saqué una moneda, la traspasé rápidamente por entre mis dedos e igual por la otra mano, les pregunté donde creían que podía estar la moneda e indicaron las manos, no estaban, les saqué a cada uno una moneda detrás de su oreja, asombrados abrieron los ojos y les enterré con fuerza las monedas a cada uno en un ojo, chillaban como ratas aplastadas, sus globos oculares se estrellaron con el primer hueso que encontraban y explotaron, les introduje las monedas por el orificio abierto y los agarré del cuello y los levanté, sus caras moradas me fastidiaban mas que con un color normal así que los tiré fuertemente al piso, en este momento no sabía si seguían respirando, sin embargo igual aplasté mis zapatos duros contra sus caras hasta escuchar el ¡Crack! De uno, y luego el ¡Crack! Del otro. Luego solo quedaba salir de la casa, con los pies sangrientos de dos seres y la boca con sangre de otro mas.
Ya estaba llegando al destino cuando empiezo a pensar mas en claro, no estaba imaginando, acababa de hacerlo y no me dirigía a su casa, iba a la estación policial, no podía llegar ahí, así que me dirigí a la botillería mas cercana, me reconocieron y me invitaron a pasar, les contaba lo que acababa de hacer, sin embargo ninguno se inmutaba, me daban cerveza y mas cerveza hasta que los vi con trajes de doctores y yo en una camilla… tenía un dolor en la entrepierna.
