Capitulo 1

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—¡Bienvenida otra vez, Alex! —exclamó, extendiendo los brazos con entusiasmo—. ¡No sabes cuánto te extrañé, mi niña! ¡Tantos días sin verte se me hicieron eternos!

Alexandra dejó que Rosa la envolviera en un abrazo cálido, casi incapaz de contener la emoción.
—Hola, Rosa… —susurró entre abrazos—. Yo también te extrañé muchísimo. Al llegar… parecía que nada había cambiado. Todo sigue igual, como cuando me fui.

Rosa se separó un poco, pero no dejó de mirarla con ternura y un toque de melancolía.
—Así es, todo sigue igual aquí en la hacienda —dijo suavemente—. Pero… la verdad es que te extrañamos todos. La hacienda estaba demasiado silenciosa sin ti, Alex.

Alexandra bajó la mirada un momento, dejando que un leve escalofrío recorriera su espalda, recordando los años de ausencia.
—Yo también los extrañé… demasiado. Pero, bueno, menos charla y más acción: ¡quiero ver la hacienda de nuevo, Rosa!

Rosa soltó una pequeña risa, tomando su mano con delicadeza y guiándola hacia la sala.
—Entonces vamos a que veas cómo están las cosas por aquí —dijo, con suavidad—. Primero, descansa un poco, Alex.

Alexandra soltó un suspiro de alivio mientras caminaban.
—Por lo menos dijiste algo sensato, Rosa —rió suavemente—. Sí que vengo cansada de tanto viaje.

Al entrar a la sala, colocaron las maletas cuidadosamente en la entrada. Alexandra caminó unos pasos, hasta detenerse frente a un cuadro antiguo, casi escondido entre los rayos del sol que entraban por la ventana. Sus dedos rozaron el marco con delicadeza, como temiendo que se rompiera el hechizo del pasado.

—Es increíble… —murmuró, con un hilo de voz—. Pensé que mi tía lo iba a quitar… que ya nadie lo recordaría.

Geraldine apareció detrás de ellas, con una sonrisa cálida que parecía abrazar toda la estancia.
—¿Cómo pensaste eso, hija? —preguntó, con voz firme pero cargada de cariño—. ¡Si se trata de mi hermana y de mi madre! Ese cuadro siempre estará aquí para ti.

Alexandra giró, con los ojos brillantes de emoción, y abrió los brazos para abrazar a su tía.
—Tía… ¿cómo estás? —susurró, con la voz temblorosa—. Me alegra tanto volver a verte.

Geraldine la envolvió en un abrazo lleno de fuerza y nostalgia.
—No sabes cuánto te quería tener otra vez conmigo, hija —dijo, con un nudo en la garganta—. La hacienda… no fue la misma sin ti. Nada volvió a ser igual.

Alexandra apoyó la cabeza en el hombro de su tía, dejando escapar un suspiro que contenía años de emociones contenidas.
—Yo también… —murmuró con un hilo de voz—. Ya moría por volver a mi pueblo, a mi gente, a mi hacienda… lo necesitaba más de lo que imaginaba.

De repente, la puerta se abrió y Miguel, el capataz, apareció con una sonrisa cordial y un gesto respetuoso.

—¡Bienvenida de nuevo, señorita Alexandra! —dijo, inclinando ligeramente la cabeza—. Me alegra muchísimo verla aquí otra vez.

Alexandra sonrió, complacida y tranquila al ver una cara conocida después de tanto tiempo.
—Gracias, Miguel —respondió, extendiendo la mano—. Es bueno ver caras conocidas después de tanto tiempo.

Miguel estrechó su mano con firmeza, con esa seguridad y confianza que siempre lo habían caracterizado.
—La hacienda estaba demasiado silenciosa sin ti —dijo—. Todo sigue igual, pero sin su presencia no era lo mismo.

Alexandra rió suavemente, recordando todas las tardes que pasó recorriendo los campos junto a él, aprendiendo sobre los animales y las plantas.
—¡Ay, Miguel! Yo también los extrañé mucho. Pero quiero ver que todo sigue funcionando como lo dejé. Nada de descuidos, ¿eh?

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