El Niño Perdido

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La criatura observa su entorno con ojos curiosos y expresión preocupada. Podría empezar a llorar de un momento a otro.

No. Ahora es un niño grande. Sabe que llorar no serviría de nada.

Tiene ocho años: casi la edad de un hombre. Siempre le han dicho que parece mayor y —al menos la maestra Cynthia— que es muy maduro para su edad.

Sí, no hay razón para llorar.

Solo está un poco perdido. Se desvió del camino a casa persiguiendo una extraña mariposa y cuando cayó en cuenta de que no tenia idea de como volver el sol empezaba a ponerse.

Claro que ha estado en el bosque antes, sería increíble no hacerlo cuando la mayor parte del estado es tierra virgen. Los niños juegan en el bosque cerca del colegio, o en el bosque cerca de sus vecindarios. Él mismo a jugado mucho cerca de su casa con Manuel, el niño que se mudo hace poco. Incluso ha entrado tan lejos como para ver la casa del árbol abandonada. Esa misma que según los chicos mayores esta embrujada.

Sin embargo, por más que busca ahora, no logra encontrar nada conocido.

Ahora esta totalmente oscuro: no hay manera de regresar.

El niño se sienta en un tronco caído e intenta tragarse las lágrimas. No lo logra del todo. No importa, no tiene nada de malo llorar; mamá llora cuando papá la regaña y papá...bueno, papá es un caso distinto. Los adultos de las películas también lloran. Sí, incluso los soldados lloran en la guerra. No tiene nada de malo.

Los arboles crujen y los animales hacen su vida nocturna. Las aves hacen ruidos que asemejan risas siniestras. Son sonidos naturales del bosque, el niño lo sabe...aun así no logra evitar estremecerse un poco cuando las hojas crujen, y los animales hablan, y las aves parecen reírse de su soledad.

Tararea una melodía pegajosa para disipar su nerviosismo. Funciona un poco.

La voz de la señorita Cynthia viaja a través del tiempo y el espacio y resuena en su memoria.

"Lo mejor que podemos hacer si nos extraviamos —le había dicho algún día a la clase de cuarto grado mientras el niño esperaba alguna cosa en la puerta— es sentarnos en algún sitio y esperar a que nos encuentren".

Parecía un buen consejo.

Una brisa se escurre entre los arboles y le acaricia las piernas desnudas. Hasta este momento no se había dado cuenta, pero hace un frío atroz.

El uniforme del colegio Diaz-Burk será todo lo que quieras, pero no es una buena opción para pasar la noche en el bosque.

Le gruñe el estómago, a esta hora están cenando en casa.

Pero que disparate: a esta hora sus padres deben estar vueltos locos buscándolo por todos lados. Y este pensamiento lo hace sentir un tanto mejor.

***

En algún punto de la noche, el cansancio supera al miedo y el niño cae en un sopor extraño y misterioso.

En su sueño, un tanque emerge de entre los arboles. Su padre con ropa de soldado baja del vehículo y lo toma en brazos.

—¿Tuviste miedo, campeón? —pregunta con naturalidad.

—No, señor —responde la criatura sonriendo.

—Me alegro. Recuerda que el miedo le abre el apetito.

El niño no entiende del todo, pero abraza a su padre.

—¡Oh no! —dice el hombre de repente—. Sí tuviste. ¡Oh dios, sí lo tuviste! ¡Ay, hijo mio!

*Crunch, crunch* *Crunch...

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