Nosotros somos hijos del destino, de la tierra, del viento...
Nos pueden odiar u amar por nuestras creencias.
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En Bucarest se instala un extraño campamento gitano en las afueras, dada su mala fama y las supersticiones...
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Bagdad, Irak, año 1865.
La luna comenzaba a brillar en lo alto, y, mientras más alto llegaba, más fuerte era el fuego.
La oscuridad parecía querer tragarse cada estructura de la ciudad rodeada de arena, extendiéndose por cada rendija, por cada tejado, bañando las calles empedradas con su manto negro, y, entre sus callejones desiertos, dos figuras se escabullían ayudadas por las sombras, sigilosas, silenciosas, acompañadas por los ojos de las estrellas.
Al anochecer ya nadie podía entrar o salir de las murallas, la puerta de entrada era custodiada por guardias, pero las ratas siempre saben cómo escabullirse por los rincones más minúsculos. En el lado noreste de la muralla, detrás de los establos, había una pequeña ranura, una ruptura en los bloques de la muralla que con el paso del tiempo y las tormentas había acabado por ser un hueco a veinte centímetros del suelo que constaba de cuarenta centímetros de ancho, lo suficiente como para que las ratas de la ciudad se escabulleran libremente.
Un suspiro aliviado se dispersa en la brisa cálida y arenosa que rodeaba la soledad del desierto. Rápidamente atravesaron los montículos de arena, debían llegar a la quinta montaña, bajar despacio por su pendiente y en la sexta montaña, oculta tras la ilusión de la arena estarían las matas que indicaban la entrada a la cueva.
Un par de ojos enormes y brillantes se alzan hacia el cielo, parpadeando emocionada con los ojos enfocados en la luna, segundos antes de entrar en la cueva.
La oscuridad pronto engulle sus cuerpos con deseo. Casi de manera instintiva, sus manos sujetan con fuerza la correa del bolso de tela que colgaba atravesando su pecho, frotando con sus pulgares el lino.
Al final del pasillo de la improvisada cueva se alzaba un pequeño halo de luz que se abría paso en la profunda oscuridad, sentía que cada pisada que daba su corazón se agitaba aún más y su estomago se revolvía ansioso.
Siete siluetas cubiertas de seda blanca esperaban al final del pasillo, rodeando el círculo de velas negras y rojas en el suelo de grava, representando la vida y la muerte, la dualidad inherente en la magia. Dentro del circulo aguarda un cuenco de barro lleno de aceite, un circulo más diminuto hecho de sal negra rodea las velas y el athame ceremonial.
Las sombras danzaban en las paredes con figuras suaves y etéreas que crecían hasta tocar el techo de la cueva.
Finalmente, ambas se detienen frente al resto. La séptima mujer se gira lentamente hacia ellas, quitando el velo sobre su rostro y esbozando una dulce sonrisa.
El resto imitó su acción, moviéndose un poco, permitiéndoles entrar en el círculo que ellas protegían.
—Azur, Minoo, la diosa esté con ustedes—dijo, dando un paso hacia adelante en medio de la ronda.