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Los sonidos metálicos que emitían los movimientos de su acompañante lo ponían de los nervios. Aunque estuvieran ellos dos casi solos, temía que esos chillidos atraigan animales salvajes o personas que rondaban por ahí.

—¿Podrías dejar de hacer tanto ruido? Me pone nervioso pensar que te escuchan. —le susurró en un intento de orden, que sonó más bien a súplica.

Ahora un silencio limpio se hizo presente, provocando que mirara al cielo y agradeciera en voz baja. Aunque con o sin chillidos, los ojos curiosos al ver pasar a un chico arrastrando como podía un carro—algo grande— tapando lo que sea que transportaba con una tela deprimente, iban a ir de todas formas dirigidas a él.

Aunque ya lo había logrado desde un principio. Tanto así que la gente a su alrededor no se tardó en irse acercando disimuladamente o intentar encontrar un lugar que no tapara del todo esa frazada, pues se notaba el gran bulto que protegía. Él también iba bien protegido, la capa sucia, una bufanda sucia al igual que su rostro sucio trataban de mantenerlo en incógnito lo más que podían.

Pronto llegaría a su destino, agotado, pero satisfecho. Era la segunda vez que salía de paseo con su amigo, con el fin de alejarse de la gente de su sector para poder ajustar lo que quisiera e hiciera falta. Le tenía miedo a las señoras chismosas que, seguramente le hablarían a los de los contenedores, haciendo que le quitaran lo único que lo mantiene entretenido y acompañado.

Una extraña cueva metálica con forma amorfa lo hizo suspirar de alivio, pues ya estaba en casa. Apartó con sus pies una lata que supone hacía el papel de puerta, para después correr una cortina llena de parches e intentos de privacidad. Tuvo que romper un poco de su hogar para que el carro pudiera entrar mejor.

Una vez asegurada su tienda/cueva, tapando hasta el más inocente espacio que permitía entrar los rayos de luz de la tarde, pudo quitarse su capa. No le importaba mucho el hecho de estar sucio o desaliñado, pues en todos los sectores era algo normal, además de que solo los que vivían detrás de los contenedores podían hacerse de lujos, cómo lo eran una buena ducha o buenos alimentos.

—Ya puedes salir, Mangel. Tapé todo.

Nuevamente los chillidos se escuchaban retumbar suavemente por el pequeño lugar. Ahora no tenía nervios, pues para esas ocasiones de que llegaran algunos de sus vecinos preguntando por el ruido, diría que estaba arreglando alguna lata del interior. El sonido de esa gran tela caer abruptamente al suelo lo hace sonreír, observando satisfecho a Mangel que transportó desde la lejanía del sector y contenedor con mucho esfuerzo.

Un extraño rostro de metal lo miraba expectante, esperando algún movimiento de su parte. No tenía facciones tan detalladas, nada más allá que unos ojos y una figura varonil, con una bandana gris en lo que sería su frente. A fin de cuentas el chico que lo fabricó sabía que le sonreía de vuelta.

—¿Qué tal el paseo, eh? —le hablaba al gran chico de lata cómo si le llegara a responder, sonriendo y caminando por el poco espacio que tenía de hogar—. Aunque haya sido algo corto, creo que moló bastante. ¡Por lo menos encontramos piezas para ti! —dió un par de brinquitos victoriosos y bailó, haciendo que su amigo metálico le siguiera con la cabeza y provocando que su cuello rechinara por ello.

Estar encerrado en su casa era en el único lugar que se dejaba hacer el ridículo. Claro que en su guarida también sería lo mismo.

El gran ser de metal lo miraba curioso, siguiendolo cómo si lo estuviera examinando. Lo empezó a imitar lentamente desde su lugar, moviendo de forma simpática y torpe sus brazos de metal desmantelado. Aquello provocó una carcajada por parte del chico.

—¡Ya hasta bailas, tío! ¡Eres la hostia!

El llamado a su puerta de lata los hacen parar, ambos quedando en una posición graciosa y el muchacho mirando la susodicha con exaltación. No tenía idea que debía hacer. Tenía las excusas haciéndole un nudo en la garganta y los nervios haciéndolo sudar frío derrepente. ¿Lo habrán seguido sólo para saber que es lo que llevaba? solo con esa idea se le ponían los pelos de punta.

—Mangel, escondete otra vez. —le decía atropeyando sus palabras, tapando a la mitad a su querido amigo de metal, viendo cómo él también entendía y ayudaba a taparse con sus típicos chillidos en sus codos.

Corrió a la entrada una vez teniendo a Mangel bien tapado y cubierto, abriendo con sus manos sudorosas la lata.

Inmediatamente se encontró con una chica rubia que consideraba "cercana". La chica estaba igual de desarreglada y sucia que él, mirándolo con nerviosismo y apresuro. Eso no detonaba nada bueno.

—¿Akira? —inquirió para romper el silencio, esperando que la muchacha le dijera el porqué de su repentina presencia. Si bien nadie se hacía lujos en los sectores, todos sabían que "el chico que vivía en la cueva de lata" era un buen antisocial que seguía su estatus al pié de la letra.

—Rubén. Hay problemas. —le respondió ésta, mirando para todas partes cómo si en cualquier momento le saltaran encima.

—¿Qué... qué sucede?

—¿Me estás de coña, verdad?

—Es que no te...

—Hoy vienen los de los contenedores a la revisión mensual.

—No... vienen la semana que viene...

—¡Ésta es la semana que viene, Rubén! ¡Es que eres tontísimo, tío!

Aparentemente el calendario no era lo suyo. Rubén sintió cómo su alma se le iba al enterarse que entrarían a su hogar y revisarian cada rincón para encontrar cualquier indicio de utilidad, de la cuál después se lo llevarían sin permiso. En éste caso, a Mangel.

—¡Tienes que ayudarme a esconderlo! ¡Por favor!

—¿E-Esconder qué cosa, Rubén? ¿De qué hablas?

Tragó grueso al verse a sí mismo tomando los hombros ajenos con sus manos asustadas, rogandole ayuda a la chica que de pura suerte le hablaba cuando se encontraban en el ambiente algo apocalíptico que les tocó de sector.

—No. Nada. Tengo que irme. Gracias por avisarme, adiós. —le cerró en la cara su intento de puerta, agitado y desesperado. Ahora tenía que correr a la guarida que le había hecho a Mangel para esconderlo ahí antes de que pasaran los guardias.

Cuándo estuvo por ir nuevamente al encuentro con la manilla del carro para tirar de el y llevarlo lejos, nuevamente llamaron a la puerta. Ahora, sabía que no iba a ser Akira.

—Mierda.









Este cap va dedicado a paPaSyCoKa por haber esperado tanto <3 garsias y perdón la demora. Mañana subiré un buen puñado de caps de éste fic, asik atentos raza que llueve jaksj

Espero que les guste tanto cómo a mí me está gustando escribirla [corazón gei]

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