Comenzar.

5.7K 307 70
                                        

Y allí estaban otra vez, infiltrándose en otra mafia con el peligro de tener que estar una vez más codeándose con criminales,  un mínimo fallo haría falta para acabar con una bala en la cabeza. 

El peligro les encantaba, eso estaba claro, o por lo menos a Gustabo. 

Ese joven de cabellos color rubio y una mirada azul penetrante, tenía los rasgos faciales dignos de un Ángel, pero era todo lo contrarío a eso. 

Manipulador, Cínico y mentiroso, se lo podría definir así, siempre buscando quedar bien parado, siempre buscando el poder. 

En cambio Horacio, a pesar de ser su hermano, era muy diferente a el. 

Horacio tenía una fe ciega en Conway, daría su vida por el si se lo pidiera, la lealtad era algo que Gustabo no podía entender. 

Cuándo Conway les pidió que se infiltrasen nunca pensó que lograrían su objetivo. Era difícil de entender como dos parguelas convencieron a los integrantes de una mafia a integrarlos, aunque todo fue merito de Gustabo y de  su capacidad para mantenerse frío y autoritario. 

En cambio, Horacio no tuvo la misma suerte. El no era para nada frío, era sensible y dulce con las personas. -Malicón- fue la definición del Chino la primera vez que lo vio. 

La gota que rebalso el vaso fue cuando "Secuestraron" a un falso Conway para poner a prueba a los hermanos. 

Un hombre de rodillas frente a un rascacielos es lo primero que vieron al bajarse del helicóptero, este tendría una bolsa de papel en la cabeza y se mantendría en silencio, estaba vestido completamente igual que Conway. 

La mirada de Gustabo se enfrió y por un momento sintió miedo, el cual se esfumo cuando hablo Nadando. 

-¿Saben quién es? Pregunto el del gorro de pescador. 

"Pues... Hombre, va vestido de una forma muy particular" Contesto el rubio. 

-¿Y saben por qué está aquí?- Volvió a preguntar, Nadando tenía su típica capucha, y estaba sonriendo bajo esta. 

-"La verdad es que no". Contesto Gustabo. 

No iba a admitirlo nunca, pero la imagen de tener a el hombre más poderoso de la ciudad arrodillado frente a el tan vulnerable, le daba una sensación de poder que no había imaginado ni en sus mejores sueños. 

-"No le haremos nada al Super". Dijo Horacio con una voz casi rota, interrumpiendo los pensamientos de Gustabo. 

"¿Y pol qué no?" -Pregunto el Chino mirando fijamente a Horacio. -"¿No quieles lastimal a tú supel?" Volvió a decir levantando un poco más la voz y acortando la distancia que había entre el y Horacio. -"Adivina, es el o tú", dijo el chino desenfundando la pistola que tenía en la pistolera de la pierna. 

"Bueeeeno" Interrumpió Gustabo pasando por medio del Chino y Horacio, "Tampoco hay que ponerse así". 

Volvió a mirar al hombre que estaba arrodillado en el suelo. Otra vez una oleada de pensamientos inundaron su mente, ¿Cuál sería mi futuro en esta mafia si mato al Superintendente? se pregunto. ¿Cuál sería mi futuro en la ciudad?.

Estaba hasta la polla de atender denuncias de mierda, de código 3 a código 5 sin parar, esa vida no era para el,odiaba la monotonía.Se canso de ser el perrito faldero de Conway.

"Yo soy un Alma libre, un macho Alfa", se dijo a si mismo. 

"Pues disparas tú, macho Alfa"- Dijo nadando entregándole la pistola. 

Solo en ese momento Gustabo se dio cuenta que estaba hablando en voz alta, y no en sus pensamientos como creía. Agarro el arma mirando fijamente a Nadando. 

"Gustabo, No... Por favor"- Dijo el de la cresta con los ojos llorosos. 

"Ay Gustabo! Por favor". Grito Emilio imitando la voz de Horacio. "Déjese de mariconadas cabrón" volvió a gritar.

"No hay opción Horacio, la vida es así". Dijo Gustabo con una voz que no reflejaba ningún sentimiento. 

Por un momento por la cabeza de Gustabo pasaron varios recuerdos, recordó la primera vez que vio a Conway, cuando lo salvaron de los secuestradores, su primer abrazo, recordó cuando los integro a la policía, recordó sus promesas... 

 "Hasta que el sol deje de brillar". Esa frase retumbo en su cabeza, tanto que llego a marearlo, sintió como el aire no llegaba a sus pulmones, no podía respirar, era una sensación horrible, pero muy conocida para el. 

No sabía como tener control sobre su cuerpo, no sabía como manejar sus propias emociones. Se odiaba a si mismo por no poder tener autocontrol. 

Solo se sentó en el suelo, bajo la mirada de todos sus compañeros, intento no pensar en nada, poco a poco iba calmando su respiración, se limpió las lagrimas que le cayeron por sus mejillas, eran lagrimas de desesperación. 

Poco a poco se fue levantando, sentía dolor en su pecho pero no le importó, volvió a apuntar a el sujeto que estaba arrodillado y bajo los gritos de Horacio finalmente disparó. 

The Union.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora