Hora de merendar

20 1 0
                                        

2:45 a.m.

Sin falta me haría un sándwich, uno simple para seguir mi jornada nocturna. Solo estaban encendidas las luces de la cocina, el televisor de la sala y la pantalla de suspensión de la PC.

Mi cocina era pequeña, donde apenas entraban dos personas para cocinar. Por lo mismo me gustaba la madrugada cuando todos dormían.

Encendí la hornilla y saqué los panes. Fui por los demás ingredientes que estaban en la nevera. No había apuro, era parte de mi monotonía, pero esta vez noté un cambio repentino de temperatura que no provenía de la refrigeración.

Sin importancia, debía ser por la hora. Las ventanas estaban abiertas y era invierno.

Cuando me di la vuelta, entendí la desgracia de mi equivocación.

Me golpee la espalda tratando de retroceder. Una sombra inmensa corría hacia mí.

Cerré mis ojos y dejé caer mi cuerpo, afincando mis codos al paredón y conteniendo la respiración.

Esperaba una embestida.

Mi perra, Kira, llegó ladrando a la cocina. Abrí los ojos al mismo tiempo que mi corazón saltaba de mi pecho. Todo estaba un poco borroso por la fuerza con la que los cerré, pero ya no había nada.

Culpé a la fatiga, no había dormido bien en días, eso debía ser.

Me levanté con cautela mirando hacia el pasillo, estaba obscuro. No podía pensar en eso, no podía atraerlo, no de nuevo.

Respiré profundo, me acerqué temblorosa hasta las hornillas y saqué una a una las lonjas de queso, tratando de vigilar por el rabillo de mi ojo cualquier movimiento procedente del pasillo.

Pasaron unos minutos, solo faltaba limpiar. Mi mente daba vueltas sobre como iría a la sala si era seguro que él seguía aquí.

No, no podía estar aquí, creí que ya no regresaría.

Devuelta a la nevera, guardé lo que faltaba, pero el frío en mi espalda me alarmó. Estaba allí, detrás de mí.

Mis ojos se llenaron de lágrimas, no quería verlo, tenía miedo.
Kira se levantó lentamente encrespando su lomo y comenzó a gruñir. Ella lo presentía, aquello no era algo bueno.

Ese miedo se incrementaba, el frío en mi columna me atormentaba y en la garganta se me ahogaban los gritos. Mi corazón iba y venía en golpes fuertes, golpes rápidos, golpes que dolían y que me estaban dejando sin aliento.

Una mano pesada se posó sobre mi hombro y me sobresalté, giré y un grito ahogado se entrelazó con los ladridos de Kira. Todo era gélido, todo era gris, y él se encontraba frente a mí.

Estaba torcido, su cadera se salía hacia un lado y sus largos brazos ondeaban por encima de su cabeza, como tratando de sujetarla. Su rostro, como pintura negra regada, se fundía convirtiéndose en una terrible imagen indescriptible, como si se estuviera derritiendo una vela en su cara.

Dio un paso pesado hacia mí.

Dos pasos.

Tres pasos

Cuatro pasos y sus brazos cayeron muertos sobre mí.

Me desplomé al suelo.

Otro grito ahogado fue auxiliado por mi madre, quien entró a la cocina casi tropezando con Kira.

Al verme en el suelo envuelta en lágrimas y temblando, frunció su ceño y negó con la cabeza.

—Lo viste, ¿cierto? —Sus manos pasaron por su rostro dormido mientras volteaba a la cocina para verificar que todo estaba en su lugar, que no había nadie, que yo estaba sola.

Mi cabeza vibraba, estaba mareada, no quería levantarme y mucho menos abrir mis ojos. Estaba asustada.

—Bien, creo que no debería repetirlo, pero ya sabes las reglas de esta casa. —Dijo con tono severo —Si no quieres que vuelva, deja de merendar tan tarde. Una noche no estaré yo para ti, una noche él ganará. —Salió de la cocina, encendió todas las luces de la casa y regresó a su habitación.

3:00 a.m.

Me levanté, aún mareada, tomé el plato y caminé hasta la sala tambaleándome y ayudándome con las paredes. Me senté en el mueble y le subí volumen al televisor para ignorar el zumbido en mi cabeza y los ladridos de Kira.

—Basta, por favor, ve a dormir. —Susurré, pero ella seguía ladrándome. —Ya se fue, Kira, tranquila. —Me acerqué para acariciarla, pero ella se retiró bruscamente, gruñendo. —¿Kira?

Un sonido agudo aturdió mi oído izquierdo y de pronto, toda la casa quedó sin luz.

La temperatura volvió a bajar, el asiento a mi lado se hundió, y aquello se acercó haciendo rechinar el sofá.

Sostuve la respiración una vez más hasta que una leve corriente de aire chocó contra mi cuello.

Me estaba soplando.

Mi plato cae y se riegan piezas de porcelana y comida por el suelo, mi cuerpo pierde fuerza y me lleva a caer de rodillas al piso, mi rostro se contrae en lágrimas...

Y lo escucho...

Lo escucho reír a mi lado, lo escucho acercarse y reír más fuerte.

Estoy sollozando, no quiero morir.

La luz que entraba por la ventana se distorsiona, y solo puedo ver parcialmente esa mano larga cubierta de trozos de carne negra .

Todo da vueltas, y solo siento mi cuello siendo amarrado por sus dedos huesudos y ásperos.

Todo se oscurece, y solo puedo escucharlo decir una y otra vez lo mismo.

Hora de merendar.

Hora de merendar.

Hora de merendar.

Hora de merendar.

Hora de merendar.

Hora de merendarHikayelerin yaşadığı yer. Şimdi keşfedin