Primer Día

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A ella le encantaba el frío de la Cordillera Andina. Incluso le favorecía, al principio el cambio de temperatura fue un poco drástico, pero al pasar un par de días ella se sentía aclimatada completamente.

Decidimos quedarnos en unas acogedoras cabañas en el páramo. Aquellas las alquilaban a los turistas por algunas semanas. Esa primera noche, ella no se había acostumbrado al frío del viento helado que había en el exterior. Por suerte todas las cabañas tenían el sistema de calefacción funcionando a la perfección, a mí no me gustaba eso, prefería sentir el frío al natural; aunque creo que en realidad yo tenía más frío que ella. Lo encendimos para mantener la temperatura dentro de la cabaña. Eran casitas perfectamente habitables e independientes, tenían su cocina, sala-comedor, las habitaciones, y el baño; con todos los servicios, incluso hasta un cuarto de lavandería.

Esa primera noche pedimos el servicio de comida: un pollo a la broaster. Me encantaba, no importaba donde estuviera, era mi plato predilecto a cualquier parte que fuera. Como sólo éramos nosotros dos, quedamos más que satisfechos; ella estaba preparando un chocolate caliente para después quedarnos recostados juntos, uno con el otro para mantener el calor bajo las gruesas cobijas.

―Aurora ―le dije ¿No se te olvida algo?

―Mm, ¿Por qué? ―pensó por un momento. ―¡Ah sí, verdad! ¡Dejé el chocolate encendido!

Fue en carrera a apagarlo, ya se había secado y pegado en el fondo. Cuando volvió a la habitación le pregunté que si se había quemado.

―Sólo un poquito... ―respondió ella con ironía.

Yo sabía que si se había quemado, el olor lo delataba.

―No importa deja eso así ―proseguí ―¡Ven! Acuéstate que está haciendo frío.

Cuando se metió en la cama tenía las manos frías; a pesar de que estaba la calefacción encendida, igual hacía frío

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Cuando se metió en la cama tenía las manos frías; a pesar de que estaba la calefacción encendida, igual hacía frío.

Introduje completamente la cabeza en las cobijas y la abracé para tratar de darme calidez con sus brazos. Me encantaba colocar mi cabeza sobre su pecho, me siento seguro cuando escucho su respiración; y sus latidos del corazón, especialmente porque puedo sentir su calor. Ambos dormimos acoplados para mantener nuestra temperatura.

El frío era imponente. Lo más icónico del sitio era su increíble silencio, que estaba presente en las montañas; ya que nos encontramos alejados de la vibrante ciudad. Era un silencio abrumador, sólo se escuchaban nuestras respiraciones. Cuando me percaté ella estaba recostada sobre mi pecho abrazándome como una niña, con los brazos alrededor de mi abdomen. Me encanta verla dormida, me da una tranquilidad y plenitud saber lo mucho que me quiere. Y yo sintiendo todo su amor, le acariciaba su cabello tan suavemente para que no se despertara, pero lo suficiente como para que sintiera mi mano sobre ella.

―Te quiero... ―le susurré. Sabía que estaba dormida.

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