Ni la noche más oscura, ni la helada más fría se comparaban a la brisa que emanaba aquella misteriosa figura que caminaba en la oscuridad. Entre prados que alguna vez fueron verdes, pero a su paso quedaron inertes, aquella figura iba con paso lento pero tenaz.
Esa noche la luz de la luna llena brillaba tan fuerte sobre el continente de Acroargentus e iluminando el camino al paso espectral de aquel ser.
No miraba a los lados, a pesar de que el bosque que comenzaba a rodearlo podía contener grandes amenazas. No. Porque era consciente de su existencia, y al serlo sabía de antemano que ninguna amenaza terrenal se comparaba a ella.
Ella quien vio el ocaso de los dioses. Que vio aquella era extinguirse dando paso a la era de la humanidad.
Ningún ser en la faz de la tierra podía compararsele. Y es que cuando aquella capucha desgastada por el tiempo cayó hacía atrás revelando su rostro, un rostro tan hermoso que podía llevar a la locura a cualquier hombre, dos ojos de un precioso color del rubí asomaron penetrando su mirada hacía la cima de la montaña a la que se dirigía.
Muchas criaturas, desde la presa hasta el cazador, veían como aquel ser deambulaba, y le temían. Ellos no eran conscientes, y probablemente ni siquiera la humanidad lo sería si aquel bello ser pasase a su lado, pero podían sentirlo. Aquel ser emanaba algo que no era de este mundo, algo a lo que había que tener miedo sí o sí.
Mientras caminaba aquella mujer decidió ver un poco a sus alrededores. Quería ver el mundo que la había olvidado.
Sus ojos rojos y su piel blanquecina le daban un aspecto tan tierno que en apariencia era difícil profesar aquel sentimiento de terror que su aura emanaba. Por donde caminaba el pasto moría sin remedio. A donde miraba los animales huían despavoridos. Cuando el viento golpeaba su rostro se tornaba helado.
Pero si sus dedos tocaban algo el destino era peor de lo imaginado.
Aquellas pobres criaturas que fuesen tocadas por sus frías manos llevaban una pena tan grande, tan poderosa, que exigían a la muerte su presencia misericordiosa.
-Ya casi es hora. -Murmulló con su dulce voz. En sus manos llevaba un pequeño orbe de un color azul celeste bastante apagado.
Caminó y caminó. Hasta que finalmente a la montaña entró. Y entonces el orbe comenzó a brillar. Poco a poco una luz interior inundaba aquella esfera hasta que finalmente brillaba tanto que parecía que era una pequeña parte del cielo a medio día.
Pronto cumpliría su deber, o su destino como el orbe le dijo muchas veces con anterioridad.
-Hemos llegado. -Dijo ella con un tono serio casi triste. -Es el final del camino mi pequeño amigo.
Habían llegado a un punto en la montaña al que ningún humano podía penetrar. Y era claro el por que. Se trataba de un pequeño lago artificial que no contenía agua como tal. Más bien parecía un líquido lechoso y plateado que a pesar del viento parecía no moverse.
Aquel lago se encontraba escondido dentro de la misma montaña en una pequeña cueva, y para acceder se debía tener un control del mana bastante inusual. Porque no solo se trataba de mover rocas, como lo haría alguien que dominase el elemento tierra. Había que tener un toque divino.
Y ella por supuesto lo tenía.
En la cima de aquella cueva se encontraba una fisura desde la cual entraba la luz de la luna. Y esa luz golpeaba aquel extraño líquido haciéndolo brillar.
Aquella escena era hilarante para la mujer de pié al borde del lago. Su orbe brillaba tanto como aquella parte del lago. Y estos parecían comunicarse o atraerse.
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El cuento perdido
FantasyEl destino de cinco jóvenes se cruzará en Terma, cuando la ciudadela y su gente se encuentren en un grave peligro en un mundo donde la magia, la ciencia y el azar juegan papeles primordiales para aquellos que se aventuran más allá de sus propios lím...
