1. Sin sentido.

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Eran las 2:00 de la mañana, con los ojos arenosos, estaba muy cansada pero había dejado a última hora un ensayo. En cada párrafo me quedaba analizando si realmente pensaba eso, reorganizaba las ideas, me esforzaba y lo hacía como si ese ensayo se fuera a publicar en New York Times cuando solo era para la clase de Literatura y Redacción Avanzada II. Nos dejaron el tema libre, así que elegí un tema en el que me sintiera cómoda y estaba hablando del arte contemporáneo. Terminé mi último párrafo y me tiré a la cama.

              La alarma al día siguiente me despertó, lo cual hizo que estuviera de mal humor toda la mañana y maldiciendo desde ponerme las pantuflas hasta antes de salir de casa, esperé un minuto a mi taxi y no hablamos, en el camino escribía en las notas de mi celular algunas cosas que tenía que comprar y en primer lugar era el acrílico de color blanco. Le agradecí al señor conductor y salí tranquilamente, me sentía más relajada, llegaba a buena hora a la escuela y aunque estuviera un poco cansada no me podía permitir estar improductiva. Caminé hasta mi salón y cómo en muchos salones de bachillerato había mucha plática, me senté a lado de mi amiga Olivia, no habla mucho ni con muchos, pero siempre nos sentamos juntas en todas las clases y hablamos por mensajes. «¿Terminaste el ensayo anoche?,  no respondiste mis mensajes», me dijo Olivia mientras sacábamos nuestras libretas, le contesté con un claro, platicamos un poco antes de que el maestro llegara.

              Aunque el maestro es un tanto estricto es mi maestro favorito porque en cada clase muestra lo mucho que le apasiona la literatura y la redacción. Nos platicó sobre el existencialismo y las obras que podíamos encontrar del tema, nos mencionó autores cómo Sartre, Camus, Heidegger y mi favorita Simone de Beauvoir, después de la clase nos pidió los ensayos y aunque el maestro no pasara de las relaciones entre alumno-maestro, yo sabía que tenía un trato especial conmigo, aunque muy discreto. Cuando yo pasé a entregarle mi ensayo me dio un pequeño libro el cual tomé con una sonrisa y le agradecí, tomé asiento y vi el título: El extranjero. Nunca había tenido la oportunidad de leerlo, pero había escuchado que era un buen libro, Albert Camus es un escritor reconocido por mezclar la novela con el existencialismo. Metí con cuidado el bonito libro de Camus a mi mochila y esperé al siguiente maestro viendo mi celular. Las clases pasaron y pasaron como las demás.

              La clase de artes era mi favorita, porque aparte de mi taller, era un momento donde podía hacer una de las cosas que más me gustan: pintar. Antes de comenzar cerré los ojos, respiré hondo para pensar en los primeros trazos o una idea para pintar, pero una voz me interrumpía «Sí, por eso amo los inicios de año» dijo la primera voz. «Pero entramos hace dos meses» contestó la segunda voz, «Estúpida, me refiero a que fue cuando vi al guapo de nuevo ingreso». Sé que no es correcto escuchar las conversaciones ajenas, pero ellas interrumpían mi proceso creativo, al final se les unió otra chica y describieron a aquel galán que había conocido una de las voces, lo tomé a mi favor y utilicé aquellas descripciones en mi cuadro, hice a una chica queriendo huir del protagonista de aquella plática. Creo que me reflejé un poco porque yo no quería nada de romances ni relaciones. Tenía desde segundo de secundaria soltera y no le tenía interés a interrumpir esos años. Escuchar los problemas de las demás chicas con sus relaciones y recordar mi estúpida relación me abrumaba, a veces sí pensaba en compartir mi tiempo, andar de la mano y esas cosas tontas, pero igual no tenía tiempo, si realmente quería entrar a la universidad de Bellas Artes y lograr lo que quería no tenía que enfocarme en una persona.

              Dejé mi avance en el estante y salí casi corriendo del salón para ir a taller, tenía como trabajo un lienzo de setenta centímetros de ancho y un metro y medio de alto, a la maestra le estaba gustando lo que hacía y yo lo disfrutaba mucho, así que no podía esperar. Pasé las mejores dos horas de jueves. Cada que salgo de taller me siento como menos pesada, como si en cada pincelada hiciera que mis pensamientos que me atormentan se hicieran más claros, aun cuando sé que vendrán más, en ese momento no importa nada, solo soy yo y el lienzo, mis problemas y el lienzo, mis pensamientos y el lienzo, hasta que desaparezco y vuelvo para ver cómo está quedando. Es extraño explicar cómo dejo de ser yo por un momento, o cómo siento que dejo de existir por un momento, pero se siente tan bien. Ojalá todos tuvieran el privilegio que tengo para saber que en este arte puedo ser lo que quiera por un momento.

              Al volver a mi casa después de mi rutina hice mi tarea mientras cenaba, al terminar tomé el libro que el maestro me dio, lo vi por fuera, con una pasta dura muy linda y al abrirla vi con tinta azul un escrito, "Ryan". Asumí que el maestro escribió su nombre cuando lo compró, me dispuse a leerlo y sin darme cuenta ya era una hora considerable para acostarme. Me quedé en mi cama viendo el techo, aquellas primeras páginas me dejaron pensando en lo monótona que soy a veces, de eso nacieron más y más hasta el punto en el que me abrumé demasiado, tomé mi libreta de bocetos que siempre está en el mueble de noche, hice unos dibujos pequeños, empecé con trazos fuertes, bruscos y con un poco de molestia y en mis últimos eran relajados, suaves y con determinación, los mire por unos minutos y después me quité los lentes para dormir.

              Me desperté un poco aturdida por mi sueño, donde aparecía el chico que dibuje ayer y para terminar era un sueño ridículamente tonto, parecía un capítulo de alguna telenovela. Mi cabeza le puso de nombre Albert, yo creo que por el libro, me tomaba de las manos y me recitaba un poema de amor, creo que uno que alguna vez leí en un libro de Virginia Woolf, me sentía hasta apenada por mi sueño. —Solo un sueño, un tonto sueño—. Aún era temprano, faltaba media hora para mi alarma, pero me levante de una vez. Seguí pensando en el sueño; era muy atractivo el dibujo que había hecho ayer, pero ese no existe, solo es alguien que hice con los ambiguos comentarios de alguien y mi imaginación.

              Sin darme cuenta estuve todo el día buscando al chico de mi sueño, era más estúpido y vergonzoso que mi sueño lo que hacía y no me di cuenta que lo hacía hasta que Olivia me preguntó si buscaba a alguien, obvio le dije que no, que solo me sentía un poco extraña. Mi día pasó en una búsqueda tonta, una sola hora de taller, hacer un poco de ejercicio, leer antes de acostar, nadar en mis pensamientos y volver a dormir sin dejar de pensar en el rostro hermoso que había dibujado. —Amélie, mañana haces un nuevo rostro— Me dije antes de dormir.


*

Tenía mucho sin empezar bien una nueva novela. Es como una responsabilidad para mí este nuevo proyecto y me siento muy feliz con eso:)

—Más tinta.

Pienso sola.Where stories live. Discover now