David Solano no era psiquiatra, había dejado la especialización en el segundo año, el mismo año en el que había comenzado a trabajar como cuidador de Adrian. Se había criado con la idea de que absolutamente todo tenía que tener un porqué, y así había crecido pensando en aquello como un dogma vital. Sus padres, prestigiosos psiquiatras, habían esperado de él que siguiese sus pasos, y así habría sido de no ser por aquel muchacho.
Adrian era un caso extraño, tenía casi la misma edad que él pero se comportaba, la mayor parte del tiempo, con un niño. Se evadía de la realidad y le costaba bastante sociabilizarse. Los médicos habían tanteado sobre su enfermedad. Algunos de ellos le habían diagnosticado erróneamente con un déficit de inteligencia; algo que David consideró absurdo nada más cruzó unas palabras con él. Adrian era brillante, con una capacidad imaginativa desbordante y una fuerza de voluntad increíble. Tras aquello, David habían intentado psicoanalizarle, había escrito, en la pequeña libreta que siempre le acompañaba, diversas enfermedades de la mente.
Entre ellas la bipolaridad con alucinaciones y la esquizofrenia eran las más destacadas. Pero Adrian no era peligroso, era tierno, dulce y compasivo. Muchas veces David se pasaba los días escuchando las historias sobre EXO, un planeta inventado al que solo él y sus amigos podían viajar. Adrian hablaba con los números, se pasaba horas con la vista fija en la pared sonriendo, sin que nadie más pudiese ver lo que allí había.
A veces murmuraba cosas como «es un gato, pero lo sé, tú no puedes verle». Era inteligente, no había duda de ello; y con el paso del tiempo David comenzó a envidiar esa habilidad de abstracción de los problemas. Adrian estaba tan seguro de que su mundo era real que había colocado una barrera entre los dos. Sabía que el mundo en donde estaba David , el mundo al que el resto llamaba «real», era el único del que debía hablar en voz alta, mientras que el otro, el cual todos, hasta él mismo llamaba «imaginario», era el que se debía de guardar solo para él. Pero aunque cuando hablaba llamaba a uno u a otro, real e imaginario, para Adrian no había diferencia, ambos mundos eran igual de reales e igualmente perceptibles.
«No puedes verle, no quiere que le veas», solía decirle a David con una sonrisa traviesa cuando cuchicheaba en las esquinas. «Pero aunque quisiese tú tampoco podrías, porque no tienes los ojos.»
Así lo llamaba Adrian, los ojos. Estaba completamente seguro de que él podía ver aquellas cosas porque tenía una visión especial, algo que los demás no podían tener y por lo tanto no podían ver lo que él veía. Aquella idea se había forjado con tanta fuerza en su mente que nadie había sido capaz de hacerla salir de ahí.
—No se trata de lo que vemos u lo que oímos —le había dicho una mañana con la mirada perdida a través de la ventana—, se trata de lo que nos obligamos a comprender. Tú das por hecho que este, el mundo que ves, es tú mundo real, que las cosas que te rodean son las cosas que tienen que estar ahí. Pero no siempre fue así, cuando eras pequeño lo viste, cuando dejabas que tu mente se alejase más allá.
David se había quedado totalmente embobado con aquella explicación. Había tanto sentimiento, tanta filosofía y verdad oculta que metía miedo.
—No puedes ver aquello que te has obligado a no ver. Esa es la única diferencia entre nosotros, yo veo aquello que los demás no ven, aquello que los demás consideran extraño. Mi mundo está lleno de voces oscuras y claras, de paisajes sonoros y habitaciones estridentes. Soy diferente, lo sé, y es por eso, porque soy diferente que me llaman loco.
Desde aquel día David le había retirado el medicamento a Adrian. No quería verle decaído, apagado y cansado. El medicamento basado principalmente en pastillas de litio, clozapina, clorpromazina y algunos complementos vitamínicos, anulaban su habilidad de expresión. Siempre que los tomaba parecía decaído y cansado, caminaba con los ojos parcialmente cerrados, las extremidades colgando y pestañeaba lentamente. A David no le gustaba aquello, sentía que todos esos medicamentos no le dejaban ser quién realmente era y al final, desobedeciendo a sus instintos como médico, los tiró por el retrete.
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I-Logic
HorrorDavid Solano no era psiquiatra, lo dejó todo una vez que comenzó las prácticas con Adrian. El mundo podía decirles que ambos estaban rotos, descompuestos, que era imposibles, pero David no estaba de acuerdo,. Aún así el mundo se lo llevó lejos de él...
