Bajaba por el cerro en bus. Desde las aturas podía verse como el gris oleaje se había tragado parte importante del plan con su furiosa marejada. – Tendremos que pasar igual, no más. – Advirtió el conductor, antes de tener que sumergir lentamente la máquina. – Pero ¿El agua entra? – Pregunté antes de percatarme de que así era. Pensé que quizás ya habían diseñado alguna manera de impedirlo porque llevamos un tiempo con éste problema, pero no fue así. El agua comenzó a colarse con gran ferocidad, mientras la gente intentaba retener la mayor cantidad de aire.
Nadie parecía percatarse que pasarían horas antes de poder salir del agua ¿A caso eran capaces de aguantar tanto o de alguna forma se habían resignado a la muerte?
El bus se detuvo, se enganchó de algo porque el plan ya parecía el fondo del mar. No sé cómo, pero salí de allí y nadé hasta una luz. Una ola reventó haciéndome salir por un túnel ferroviario. Estaba mojado, pero no había más que posas allí. Miré hacia mi izquierda y pude apreciar el cielo blanco, las aguas agitadas, grisáceas y deslavadas. Hacia la derecha un barranco de piedra, musgo y vegetación salvaje. La humedad y el petricor se abrazaron a mis sentidos.
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Detrás del árbol, al costado del túnel apareció él y se acercó a mí. – Son tiempos raros... – Dije a modo de saludo mientras nos sentábamos al borde del muro, luego transcurrió una conversación que no es relevante.
Bajo nuestros pies estaba todo cubierto de hierba alta que intentaba escalar por los recovecos del muro de piedra... Parecía un fuerte olvidado gracias a la máquina que surcaba encima suyo. En el muro del frente parecía haber una compuerta abierta, que se escabullía tras la crecida hierba. – Es momento de continuar... – Comenté y entonces salté sin pensarlo.
El suelo estaba tan fangoso como si hubiese llovido torrencialmente, aunque fácilmente podía ser a causa de las marejadas. Atravesamos el oxidado umbral trapezoidal, el cual era escasamente iluminado por el apagado sol invernal, parecía ser una especie de taller mecánico, no se veía muy bien.
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A la salida nos encontramos con otra línea férrea... Probablemente era la misma, que rodeaba el lugar, quizás era el final del camino, porque frente a nuestros ojos había otra bodega, idéntica a la que yacía a nuestras espaldas, la única diferencia eran los rayos de luz mostraban su interior; algo similar a una oficina, custodiada por un hombre que iba y venía.
Para nuestra suerte, una especie de plataforma flotante salía de dicho lugar y se apilaba sobre otras, quizás por algún mecanismo, sino por obra de magia. Nos escondimos tras las pesadas planchas metálicas, esperando que el guardia diera la espalda para así escabullirnos al recinto.
1,2,3... salimos de nuestro escondite, atravesando el campo abierto. Las probabilidades de fracaso sobrepasaban las de éxito, aun así, nos adentramos al polvoriento pasillo de concreto, sólo debíamos escondernos bajo unas escaleras antes de ser vistos.