Prólogo

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Bien, he aquí que comenzamos una nueva aventura. Esta está dedicada a mi encantadora @FridaReed_, quién me pidió que hiciera sufrir al niño dorado por menso. Bien, he aquí el resultado, cariño. 

Cualquier queja, con ella. 

Un abrazo para mis #S.S.R.A que son las mejores del mundo mundial. 

Besitos de ángel para todxs

Besitos de ángel para todxs

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Prólogo

Steve nunca había dudado de las palabras de su madre. El cielo existe, el infierno existe, el purgatorio existe. Son sitios a los que van las personas a purgar sus culpas o a disfrutar por la eternidad de la misericordia eterna de Dios. Él se sentía merecedor de ese cielo. Había peleado por el bien una y mil veces, había defendido los más altos ideales, siempre había sido el chico bueno, ¿verdad? El chico dorado de América, la estrella guía de la moral y la justicia, el defensor de la virtud y baluarte del valor, el perfecto y siempre grandioso Capitán América.

Sí, había hecho mucho bien. Lo había hecho bien. Se merecía ir al cielo.

Por un momento, pensó que saldría de esa. Que se salvaría una vez más. Es decir, no era la primera vez que sufría una herida de esa consideración y, siendo honestos, ni siquiera le dolía. La miraba como si no fuese suya, como si la espada del titán loco no lo hubiera atravesado a él, sino a alguien más. De pronto se dio cuenta porqué no le dolía. Porqué se veía desde fuera. Estaba fuera de su cuerpo. Se veía a sí mismo, inconsciente, rodeado por un charco de su propia sangre. Vio a Clint inclinarse hacia él, sacudiéndolo por los hombros, a Bucky corriendo en su dirección, a Tony mirándolo horrorizado mientras que Thor atacaba enfurecido al titán.

¿Había caído? ¿Realmente había caído en batalla? Ladeó el rostro, contemplando su cuerpo inerte en el suelo. Sí, realmente había caído. Una angustia extraña lo llenó, preguntándose qué pasaría a partir de ese momento. ¿Podrían ganar sin él? Se llevó una mano al abdomen, donde se supone que estaba su herida y se dio cuenta de que ya no tenía nada. Sus manos, antes sucias de tierra y sangre, ahora lucían limpias, al igual que su ropa. Su escudo se sentía firme en su brazo, ya no estaba roto. Bien, ahora sólo debía esperar el momento en el que la luz se lo llevaría. Él ya había hecho su parte, era trabajo de los demás el seguir.

Los minutos pasaron y la luz no aparecía. ¿Cuánto tardaría aquello? Miró a su alrededor, y se dio cuenta de que ya no estaba en medio del fragor de la batalla, sino que el escenario había cambiado. Todo se había oscurecido. No sentía absolutamente nada, era la sensación más extraña que hubiese experimentado jamás. No podía ver, oler, escuchar... esa nada lo envolvía, lo rodeaba y lo hundía cada vez más en la oscuridad. ¿Eso era lo que tenía que pasar? ¿Dónde estaba la luz y el túnel y los coros de ángeles?

Pronto apareció. Aliviado, la siguió y la siguió y la siguió por un tiempo que le pareció infinito. La veía a lo lejos, siempre a lo lejos, inalcanzable para él y comenzó a desesperarse. Sabía que no estaba respirando realmente, pero, aun así, sentía que le faltaba el aliento, que la angustia no lo dejaba respirar. Apresuró el paso y luego corrió. Corrió, corrió, corrió. Y al cabo de una eternidad, la luz se fue acercando gradualmente hasta que lo envolvió y lo cegó. Él sólo se dejó ir. Iba a ir al cielo, no tenía nada que temer.

Cuando abrió los ojos, se dio cuenta de que aquello no era el cielo. Eso no podía ser el cielo. Estaba en una tienda de campaña, tendido sobre un camastro helado de tela y metal. Él conocía ese lugar. Oh, Dios, cómo lo conocía. Jamás podría olvidar ese sitio. Fuera de la carpa impermeabilizada se escuchaba el suave susurro de la lluvia. Se incorporó, desorientado y notó que sus pies descalzos tocaron la tierra húmeda y el frío lo invadió. Entonces, se sintió invadido por el pánico. El frío era una sensación muy real, el gruñido de protesta de su estómago hambriento también era muy real. Y aquello no podía estar pasando de verdad.

Salió corriendo de la tienda y la lluvia le cayó encima, empapándolo. La escena era aterradoramente familiar. Los soldados caminaban de un lado a otro, las tiendas se alineaban una junto a la otra, había camiones y vehículos apostados por aquí y por allá. Estaba en el centro de comando de la SSR, de regreso en 1943. Una figura conocida, terriblemente familiar y dolorosa, se le acercó a paso rápido. Iba bien cubierta con un impermeable marrón y se cubría el cabello de la lluvia con un portafolios.

– ¡Capitán! ¿Qué hace así bajo la lluvia? ¡Hace un frío espantoso! El coronel Phillips quiere verlo de inmediato, vaya a vestirse– le ordenó con su lindo acento y con gesto testarudo que dibujaba en el rostro cuando le daba una orden.

La había extrañado tanto...

Quizás aquello sí era el cielo, una versión diseñada para él. Su madre decía que el cielo no era como lo pintaban, sino que Dios nos regalaba nuestros mejores momentos, nos permitía volver a vivirlos, a disfrutarlos. Y él había amado aquella parte de su vida, en la que aprendió a pelear y a hacer lo que mejor sabía hacer: defender un ideal. Ser un héroe. Le sonrió y ella correspondió su sonrisa, abriendo la boca para decir algo más. Pero, no pudo. La explosión los aventó a ambos por los aires y los separó con un golpe brutal. Steve parecía ver todo en cámara lenta. La vio ser arrojada por la inercia hacia atrás, la vio volar por los aires, vio como su ropa se incendiaba en llamas y su lindo cabello castaño ardía como una tea.

Sintió su dolor en carne propia, notó los huesos rompiéndose, las quemaduras perforarle la piel, las heridas abriéndose, la sangre escurriendo por su ropa. Sintió el grito que se le quedó atorado en la garganta y lo peor, vio lo que ella pensaba. Se vio a sí mismo a través de sus ojos, sintió el amor y el anhelo que la llenaban, los sueños incumplidos, las fantasías frustradas. Recién en ese momento, él comprendió cuánto lo había amado esa mujer que caía ahora como una muñeca inerte sobre el suelo lleno de barro, escombros y sangre. Él estaba ileso.

Se acercó a ella, gateando y la acunó entre sus brazos, alzándola hacia él, apretándola contra su pecho.

–No, Peggy, por favor, no...– suplicó, sintiendo su mirada sobre él. Contempló en primera fila como la luz abandonaba sus ojos, dejándolos fríos y vidriosos, como los de un pez.

Aquello no podía ser el cielo. Dios no podía ser tan cruel.

Estaba en el infierno. 

Over (and over, and over)Histórias para pegar e não largar. Descubra agora