Capítulo 1

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Con los 18 años recién cumplidos todos podemos pensar que estamos listos para comernos el mundo, para ir a por todas, cumplir nuestros sueños y mil mierdas más, pero no. Con 18 sigues viviendo en casa bajo las normas de tus padres, levantándote a las 7.30am para ir a clase a tiempo y estudiando como una condenada para poder sacar el año limpio y así ir a Selectividad tranquilamente junto a todos tus compañeros. 

En mi caso no sabía que esperar. El primer trimestre de segundo de Bachillerato no había sido muy fácil, al finalizar esos tres meses suspendí cinco asignaturas que luego intenté sacarme de encima; el segundo, conseguí que ese número se viera reducido a uno, pero la asignatura que suspendí fue inglés, la cual controlaba y donde nunca había bajado del 9; y, en el tercer trimestre, Dios, la Virgen, el Espíritu Santo o San Pedro mismamente, se juntaron y decidieron que por mis santas narices aprobaba todo. 

Así fue. Nota media: 8.75/10. Ni tan mal, fue un buen final para los dos años de bachillerato donde casi me mato de tanta ansiedad que me provocaban los estudios. Esa era otra, la ansiedad. Esos ataques que me daban cuando me veía saturada por tantas cosas que no era capaz de gestionar nada. Me faltaba el aire, empezaba a llorar e incluso llegué a desmayarme en una ocasión. Tras ese susto decidí que la ansiedad no iba a controlarme de esa manera, no iba a permitir que durante las épocas de estrés por los exámenes llegase a tal punto que colapsaba. 

Ahora que ya he acabado el instituto y cumplido la mayoría de edad, me tocaba decidir mi futuro. ¿Qué narices quería hacer en el futuro? ¿Valía responder que quería ser rica? Día tras día escuché a mis padres diciéndome mil carreras que podía estudiar. Panfletos, páginas web, veteranos de ciertas universidades; hablé, investigué y demás, pero seguía sin saber qué estudiar. ¿Qué me gustaba? Dormir, pero la NASA ya había retirado el anuncio de: "ven con nosotros y te pagamos quince mil dólares por dormir durante veinte días". Si es que siempre me enteraba de las cosas la última, así era imposible vivir. 

Hoy cuando me levanté me encontré con tres papeles encima de mi escritorio, esta vez todos eran de la carrera de enfermería. Uno de la universidad Rey Juan Carlos en Madrid, la otra era la Universidad de Valencia y la última era la Universidad de Salamanca. Maravilloso, gracias mamá y papá, pero... ¡odio la sangre! Me mareo hasta cuando me toca ir a hacerme algún análisis de sangre, por favor, si tengo que mirar a otro lado cuando me acercan la aguja a la vena. 

Tenía que quererlos, no me quedaba otra. Al lado de los folios estaban las perchas con mi traje para la fiesta de fin de curso, mi ansiada graduación. Tras dos semanas discutiendo con mi madre y siguiéndola por todas las tiendas habidas y por haber en busca del traje perfecto por fin habíamos llegado a un acuerdo, llevaría un traje pero me sacaría fotos hasta con el conserje de mi instituto. Sin problema, Javi era un amor de hombre y de hecho ya teníamos pensado incluirlo en nuestra foto de curso. 

Ni maquillaje, ni peluquerías, ni tonterías. Me alisé yo misma el pelo, haciendo que mi nido se convirtiese en una melena larga y me puse un pintalabios que había robado de la habitación de mi hermana días antes. Ni yo me reconocía, había cambiado los leggins y las sudaderas por un traje negro, bralette blanco y tacones negros. El chiste vendría cuando me tocase caminar en esos andamios, soy un pato mareado con tenis, con tacones iba a dejarme los dientes en el suelo. 

Mi mejor amigo vino a mi casa a buscarme para ir juntos al bar donde nos esperaban los profesores junto al resto de la clase. Porque sí, porque habíamos quedado a las cinco de la tarde con nuestros profesores para tomar unas copas (hicimos una exclusiva lista entre todos los profesores que nos habían dado clase a lo largo de la ESO y el Bachillerato). 

- ¿Puedes andar más despacio?

- Vamos a llegar tarde. 

- Relajate por el amor de Dios, esto es básicamente para empezar a emborracharnos, en la cena también tendremos tiempo de catar el vino.

- Angie eres siempre la última, no sé como puedes tener ese don. 

- Cierra el pico y ayúdame para llegar viva. 

- Chicos, que guapos vais -la que faltaba, mi vecina la cotilla. Os hago un breve resumen, vive en el piso de arriba y es la cámara de vigilancia del pueblo, todo lo ve, todo lo sabe. 

- Gracias, tenemos que irnos que llegamos tarde -tiré de David, no tenía muchas ganas de darle conversación a esta señora. 

- Borde -se rió mi amigo en voz baja cuando la dejamos atrás. 

Anduvimos lo más rápido que me permitían los tacones, pero no los aguantaba tras pasar solamente diez minutos. ¿Cómo iba a hacer para aguantarlos toda la noche? 

- Dime que lo llevas todo. 

- Sí, pesado -hurgué en el bolso mirando que lo había tirado todo dentro-. Pañuelos, llaves, tabaco, pintalabios, chicles, mechero. Sí, todo.

- Bien. Va a ser una buena noche.

- Y tanto -sonreí-. Súbeme. 

Se agachó un poco para que yo pudiese subirme a su espalda sin mucha dificultad. Adoraba a ese chico. Tras más de diez años siendo amigos teníamos la confianza suficiente para hacer el ridículo juntos y reírnos sin ningún problema. Iba relinchando y yo haciendo de jinete hasta el bar donde nos esperaban profesores y compañeros, los cuales al vernos llegar haciendo el espectáculo sacaron los teléfonos y nos grabaron riendo. 

- Here we are, babies -grita David bajándome. 

- Si es que dais el cante hasta el último día -nos dice riendo nuestro profesor de Historia del Arte. 

- Vivimos para alegrarte los días, Aaron -sonreí. 


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Esta es la primera vez que intento escribir una novela y acabarla, ya que al igual que muchas personas de Wattpad que empiezan escribiendo pues acabamos perdiendo la chispa. Espero que esta vez no pase y así poder compartir esta historia con vosotros, quiero deciros que esta historia tiene toques personales... 

Red SocialHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora