1- Me gustas, ¿te gusto?

876 93 27
                                        

Horacio llevaba ya meses en la malla policial como alumno con su amigo Gustabo. Ambos estaban bajo el mandato del mismísimo Superintendente Conway, un tipo con poca paciencia para un par de policías que se la pasaba haciendo el capullo todo el tiempo. 

A pesar de que era un trabajo duro y estresante, ambos se sentían muy orgullosos con lo que hacían. No veían la hora de dejar de ser unos simples alumnos, y convertirse en oficiales, para ya dejar de estar bajo la constante vigilancia del superintendente. 

Pero Horacio tenía otra preocupación, porque desde el primer momento que pisó esa comisaría y observó al comisario Viktor Volkov, no pudo dejar de pensar en él. Cuando comenzó con su entrenamiento, vivieron muchas cosas juntos y pudo darse cuenta que su comisario era un tipo duro pero con un alma noble y dedicada a su trabajo.  

Y la casualidad del destino (mejor dicho, causalidad, llamada Greco,) los llevaron a vivir en el mismo edificio, un departamento debajo del otro. 

Horacio, quien poseía una personalidad bromista y egocéntrica, no ocultó su atracción por Viktor. Siempre coqueteó con el sin filtro, eran de esas personas que demostraban sus sentimientos cada vez que podía. Aunque en un principio solo conseguía los regaños del comisario, con demasiada paciencia y lentitud logró más que eso. Le robó varías sonrisas y uno que otro abrazo. Gracias a que coincidían en varías misiones juntos, pudo conocer otras facetas del comisario, quien poco a poco se mostraba más amistoso con él. 

Se estaba ilusionando y eso le asustaba de cojones. El poco afecto que demostraba el frío ruso le hacía creer que tenía posibilidades de ir más allá. Y su poca paciencia lo llevaron a querer quitarse las dudas y decirle a Volkov lo que sentía.  

Alentado por  Gustabo, Horacio decidió declararse de forma directa y sin pensar mucho en lo que podía provocar con ello. 

Una tarde, entrando en servicio, se encontró a solas con el comisario, vio la situación perfecta y no pudo contener sus palabras. 

—Volkov, ¿podemos hablar un minuto? —Preguntó con valentía. Aunque después de formular sus palabras el nerviosismo lo invadió. Pero no podía acobardarse, no quería seguir viviendo en la incertidumbre de si algo podría pasar entre ellos.  

En la recepción de comisaría no había nadie, y su amigo aún se encontraba en los vestidores poniéndose el uniforme. 

—Antes que nada, buenos días. —Dijo el comisario. —Claro. ¿Puede decirlo aquí o vamos al despacho para más privacidad? —Continuó.

Él se removió inquieto. Allí no había nadie y sentía que si se movía un centímetro de donde estaba perdería toda la valentía que había juntado. 

—Aquí está bien. —El comisario asintió y se cruzó de brazos esperando a que el alumno dijera lo que tuviese que decir. 

—¿Qué sucede, Horacio? 

—... —Le sudaban las manos. Por primera vez en toda su vida sentía timidez. 

—¿Horacio? —Lo llamó, extrañado por el inusual comportamiento de su compañero de trabajo.

Él respiró profundamente juntando todo su coraje para así transformarlo en las palabras que quería decirle. Sin pensárselo más soltó:

—Me gustas ¿Te gusto? 

El silencio reinó por unos eternos segundos. Viktor se sentía confundido, dudaba haber escuchado bien lo que Horacio había dicho. 

—¿Disculpe? —Preguntó el comisario. 

—... —Cerró los ojos, no creyendose capaz de volver a repetir esas palabras.

—¿Disculpe? —Volvió a preguntar. 

—Me gustas ¿Te gusto? —Repitió por segunda vez. 

—¿Como que "Me gustas, te gusto"? ¿A qué se refiere? Espere... —Viktor observó a su alrededor, sintiendose fuera de lugar. —Venga, a mi despacho. —Dijo mientras se encaminaba al pequeño cubículo al que llamaba oficina.

Horacio, arrepentido por abrir su bocota, lo siguió hasta allí en silencio.

—¿Está diciendo que le gusto? —Preguntó Volkov aún incrédulo. 

¿Cómo podía ser que no se diera cuenta de las cosas obvias? El comisario podía ser muy inteligente e inigualable en su trabajo, pero cuando se tratara de sentimientos o de la vida en general, no parecía enterarse mucho de que iban.

—Sí. —Declaró en un suspiro. 

Aunque Horacio ya veía venir el rechazo, una parte dentro de su corazón no quería descartar la esperanza.

—Vamos a ver... 

La incomodidad y el silencio se hicieron dueños de ese pequeño despacho. 

—¿A qué se refiere con que le gusto exactamente? ¿Físicamente? ¿Sentimentalmente? ¿En qué sentido? 

Sentía ganas de tomar la pequeña cabeza del comisario y sacudirla para que sus neuronas conectaran y no volviera aún más extraña aquella situación. 

—Eh... En varios sentidos... No sé como expresarlo. Es algo dentro de mí, no sé específicamente qué es, tengo que aclararme.... Pero algo hay. 

El comisario, quien siempre mantenía un semblante serio, se veía consternado. Suspiró largamente antes de hablar de nuevo. 

—Mire, Horacio, le voy a ser sincero. Yo... para tener pareja... para las relaciones sentimentales, debido a todo lo que ya he vivido, no estoy capacitado para todo eso ¿De acuerdo? Por cuestiones que me han pasado cuando era joven, la capacidad de tener o sentir algo por alguien hace tiempo que la he perdido. Y ahora mismo, Horacio, ahora mismo, no estoy listo para tener pareja. Ya sea, chico o chica, a mi me da igual, no estoy capacitado. Y también con toda la situación que se está sumando en comisaria, pues... es muy complicado. 

El joven policía, ante tal rechazo, no pudo decir nada. Estaba demasiado concentrado en que sus piernas no le fallaran al sentir como todas sus ilusiones se despedazaban por dentro. Agradeció que Gustabo, en ese instante, lo llamó por radio para decirle que ya estaba listo y que lo esperaba en el patrulla para irse a trabajar. 

Salió del despacho sin decir nada más y sin siquiera mirarlo a los ojos, tratando de fingir que no le acababan de romper el corazón y de que allí no había sucedido nada.  

Subió al Z en silencio, la angustia y el arrepentimiento comenzaban a hacerse presente en su rostro y corazón.

—¿Estás bien? —Le preguntó su hermano del alma. 

Notaba extraño su comportamiento. Normalmente Horacio subía al patrulla lleno de energía y emoción por otro día de trabajo. 

—La cagué. 


Cold Russian || Volkacio Where stories live. Discover now