Un día como otros me levanté hacia eso de las seis de la mañana. Desde hacía poco más de un mes, había cambiado el murmullo de las olas y el silencio de la noche, por el continuo ir y venir de sirenas y el incesante bullicio de la ciudad de Nueva York. Pero me gusta estar aquí. Por fín se había cumplido mi deseo. Había conseguido un buen trabajo, por el cual no pagaban mal y una pequeña pero acogedora casa, con unas preciosas y privilegiadas vistas hacia la estatua de la Libertad.
Me llamo Luna y desde siempre me ha gustado la moda. El año pasado gané el concurso nacional de diseño creativo y me otorgaron una beca para trabajar durante un año al lado de los más ilustres diseñadores americanos. Desde pequeña me apasionaba dibujar vestidos y trajes, “elegantes pero a la vez totalmente rompedores”. Así los describía al menos, mi abuela. Era ella la que me ayudaba a transformarlos en tela y tenía a todas mis muñecas de lo más vintage del barrio. Era gracioso. Mis amigas y yo organizábamos pases de moda, y todas las vecinas nos pedían siempre consejo para cualquier evento que les surgiera. De aquellos días sólo conservo una vieja máquina de coser que me regaló mi madre, comprada en un pequeño rastrillo callejero. Tiene grabadas las siglas S.P.M. de las cuales nunca supe su significado. La llevo conmigo a todas partes y es el único recuerdo que conservo de aquellos años.
Después de un día agotador, y ya con ganas de llegar a mi casa, al entrar en el portal, me encontré en el ascensor con una señora rubia y de tez cansada. Tendría unos ochenta y nueve años y vestía con colores muy alegres, algo poco visto en las mujeres de su edad. Eso me llamó la atención. La saludé educadamente y ella me correspondió. Me atreví a hacerle un comentario sobre su forma original de vestir y debí caerle bien porque me invitó a tomar una taza de café a su casa.
Al entrar por la puerta me trasladé a un universo de colores y combinaciones que jamás me hubiera imaginado. Además se percibía un suave olor a vainilla y entonces mi estómago me recordó que no había comido nada en todo el día. Debió de ser bastante evidente porque Silvie, que era como se llamaba la anciana, me miró con ojos protectores y me preguntó si quería quedarme a cenar con ella. No pude negarme. No sé si por ese hambre descontrolada o mi descarada curiosidad por indagar un poco más en aquella enigmática figura, pero respondí que sí y nos acomodamos en una especie de salita, cerca de la cocina.
Conocí mucho sobre su historia, que resultó ser apasionante. Sin saber cómo me había topado con la modista de uno de los más ilustres diseñadores de moda de los años sesenta. Sus manos habían vestido a grandes actrices del Hollywood de entonces, tanto dentro como fuera de la pantalla. Fueron cuarenta años de pura dedicación cuya fiel y única herramienta había sido una sencilla y poco vistosa máquina de coser. No podía creérmelo, pero por fín había descubierto el significado de las famosas siglas del humilde legado que me había dejado mi madre. Silvie Patterson Murphy.
Este es el comienzo de la biografía de la joven y famosa diseñadora Luna de Ayer, fallecida en accidente de tráfico, a los veinticinco años de edad. Su brillante carrera se vio truncada por la inesperada tragedia de su rápida desaparición. Quedan para el recuerdo estas palabras encontradas junto a su siempre presente máquina de coser, única compañía de su diario, ambos localizados en el maletero de su coche.
