La nicotina inundó sus fosas nasales por última vez antes de apagar su cigarrillo sobre el cenicero a su costado derecho. Observaba con seriedad el paisaje frente a él, el ambiente era frío, llovía y ahora fue la humedad la que se hizo presente en su olfato.
No había sido un año fácil. Se preguntaba a sí mismo si sería capaz de soportar uno más. Tal vez lo más fácil era acabar con todo de una vez.
Se acercó a la cocina, no quería comer, pero se adentró en la misma y comenzó a buscar con algo de desesperación. No lo encontraba. Llevaba semanas preparando el momento y ahora no estaba. Se dirigió al primer cajón, pocos centímetros por debajo de la encimera, sacó un cuchillo y lo dejó sobre la ya mencionada superficie de mármol.
Encendió la televisión y se dejó caer sobre el sofá para tomar la nota que él mismo había escrito días atrás:
Hola, mi tan anhelado amor.
Llevo meses buscándote, me pregunto qué es de ti; por qué es tan fácil y tan complicado encontrarte; por qué te necesito y por qué no podré soportar un año más sin ti. Ninguna idea me seduce más que la de acercarme a ti. De entre todas mis ideas tú eres la más recurrente. Espero encontrarte esta noche cuando acabe con todo esto de una vez. Espero que me busques con la misma emoción con la que yo te busco. Espero que abras tus brazos cuando me veas igual que yo abro mi corazón cuando te escribo.
Con cariño y para mí más querido ser,
Aaron.
Escribir aquello fueron horas y horas. Debía medir bien sus palabras, pues iban dirigidas a un superior.
A algo más allá.
A la muerte.
Arrastró su mirada a la televisión tras dejar el papel de nuevo sobre su mesa, quedaban minutos para las campanadas, su corazón empezó a palpitar con fuerza, sus piernas y respiración empezaron a temblar y la primera campanada sonó. Estaba a once campanadas de lograrlo. A once campanadas de reunirse con su amor.
Se dirigió con lentitud a la cocina y cogió el cuchillo ya mencionado anteriormente. Las campanadas sonaban.
Cinco.
Seis.
Siete.
Su pulsó se aceleró y le dirigió una última mirada al arma posada entre sus dedos y su palma.
Nueve.
Diez.
Once.
Un leve ''doce'' se escapó de sus labios a la vez que una última bocanada de aire entró por la comisura de los mismos. Por suerte o por desgracia, aquel oxígeno no fue lo único en adentrarse en su cuerpo en ese instante, pues una brillante daga de nombre cuchillo lo hizo también. El carmín de ese líquido que nos da la vida pero tiene el poder de quitárnosla tiñó el pecho del joven y el mismo cayó a falta de equilibrio pero con una sonrisa posada sobre su semblante.
Por fin conocería a su amor: la muerte.
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Muerte de un soltero | Relato breve | Explícito
Short StoryCarta a la muerte de un soltero.
