Parte I

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Lo había preguntado varias veces, desde hacía ya un tiempo:

―¿No sienten ese olor?

Pero la respuesta era siempre la misma. Nadie más parecía sentir aquel olor nauseabundo de algo pudriéndose cada vez más y más.

Al principio había comenzado con algo sutil, algo que era apenas perceptible y que podía confundirse con cualquier otro olor de basura descomponiéndose por estar demasiado tiempo bajo el sol. Pero al cabo de pasadas las semanas, me resultaba cada vez más invasivo e insoportable, ¿cómo es que nadie más lo sentía?

Por un momento pensé que podría estar volviéndome loco, pues había llegado a creer que aquel hedor me perseguía, algo surrealista en su totalidad. Hasta el día en que me percaté de lo que se trataba, fue entonces cuando dejé de preguntar.

No era algo que me persiguiera. Ni siquiera era algo externo. Era yo mismo.

Me estaba pudriendo por dentro.

―¿No lo estás disfrutando? Vamos, no soy tan mala en esto.

Bajé la mirada hasta la altura de mi entrepierna, lugar donde ella se hallaba arrodillada.

―Lo siento, me distraje un momento.

―No seas grosero, al menos préstame atención mientras estamos juntos.

―Perdón.

Se puso en pie, mirándome de forma desafiante a pesar de que su cabeza estaba varios centímetros por debajo de la mía. Le devolví la mirada, aunque sin aquella molestia, sino mas bien con inexpresividad y algo de confusión al notar sus dos manos sobre mi pecho.

―Sabes que odio que nos interrumpan. Dile que te retrasarás.

Levanté una ceja en señal de sorpresa, pero no me dejó hablar, pues con fuerza me empujó, haciendo que cayera sobre la cama para inmediatamente sentarse a horcajadas sobre mí.

Comenzó a besarme con insistencia, tocando inteligentemente mis zonas más erógenas, provocándome de forma intencional para que ahora fuera yo quien avanzara sobre ella, algo que no tardó demasiado en suceder.

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