Retrospectivo.
No estoy preparada para que hoy sea el último día. Mis piernas comienzan a pesar mucho más, los acordes que marco en el piano siguen tristes. Hace dos años que murió mi tercer gato y me falta solamente un mes para los cincuenta años. La soledad, incluso me obliga a escaparme de cualquier intento de compañía pasajera. La única verdad clara es que no he logrado demasiado en esta vida, sin hijos ni familia, en la casa que heredé de mis abuelos y con mis vecinos y alumnos imaginándome bruja, soy exactamente la señora patética del barrio (aunque no me molesta en absoluto). Mi armario continúa de rojo intenso; igual que las rosas que me regalaba Lucas, lo beso en mis sueños y me abraza su perfume .No necesito mucho más.
Aún recuerdo nuestro primer día en la universidad inundados de euforia y con ganas de sobresalir, de aprender y encontrarnos. Fue muy fácil contagiarnos en la magia de la música que nos unía y pasar los años más alocados y perfectos de mi vida. La tarde que prendimos fuego a una silla del teatro para poder escapar unas horas, las madrugadas componiendo y la boda que nos armaron mis amigas de entonces. La escuela era un oasis, una maravilla llena de gente muy diferente, lo tenía a él y lo que teníamos sería eterno; o al menos eso pensaba, jamás me avisaron que podría extrañarlo tanto.
Llegó el día de nuestra graduación y el escenario se encendió, pero su número fue más allá de los límites, polvos de colores brillaban en el público con las notas de su violín que bailaban ligeras. Así obtuvo título de honor. Propuestas en la mejor agrupación del país y varias ofertas internacionales. Allí comencé a sospechar que las cosas cambiarían.
–Paula te amo –gritaba su voz temblorosa. Esa noche fue inolvidable. Risas, alcohol, baile y besos. Mientras mis ideas comenzaban a tornarse negativas por primera vez.
Antes de dormirnos y con las maletas listas para regresar a casa; acordamos vernos tranquilos la tarde siguiente. La cita quedó fijada en el último banco de un pequeño parque del centro de la ciudad.
Ese día estaba justo como hoy, mi cuerpo resplandecía y mis manos tiritaban de miedo, solo con la idea de no tenerlo más. Llegó Lucas, erizado, sonriente y con un " trato" escondido que complicaría mi vida.
Paula sabes que no quiero perderte y a partir de ahora todo cambiará. Por eso vine, a pedirte algo un poco raro, un poco precipitado, pero será la única garantía que puedo darte. Volveré por ti, tal vez en unas semanas, unos meses, un año, cinco años, no lo sé. Quiero que nunca me olvides y por eso quiero que vengas el último domingo de cada mes a este banco a la misma hora. Me sentirás aquí y cuando menos lo esperes estaré sentado junto a ti.
De esta manera prometí con el corazón destrozado cumplir estrictamente con el acuerdo. Los primeros siete meses fueron los más difíciles y fáciles, esperanzadores sobre todo, luego traté de olvidarlo, aún no lo consigo. Lucas es mi obsesión.
Ahora me arreglo para ir otra vez a ese parque, exactamente igual que los últimos 27 años, eficiente, nerviosa y puntual. Pero esta vez es la última.
Me encantaría decir que me doy por vencida, aunque la única razón es la orden firmada para demoler el parque mañana mismo y el plano de una bella tienda de zapatos.
Mientras camino tengo las ideas revueltas y una sensación de que al fin podré verlo, cuánto habrá cambiado, no sé si le guste en la mujer que me he convertido. Luego me digo: Paula, Lucas te olvidó y eres una ridícula; mi cuerpo camina por inercia derecho al banco. No hay mucha gente, como de costumbre. Veo llegar un señor muy viejito que aparenta casi noventa y parece una veleta mirando para todos lados. Me llama la atención que se acerca poco a poco dónde estoy.
– ¿Eres Paula? me pregunta y me deja alucinada, este no puede ser Lucas está demasiado viejo, claro que no.
Sí, pero... ¿Cómo sabe usted mi nombre?
–Porque Lucas mi hijo nunca ha dejado de hablarnos de ti. En este momento creo que me regresó el alma al cuerpo y se me volvió a escapar, que sucedió con él, se casó, no está en el país, se volvió rico.
–Miles de preguntas me retumban y no sale una palabra de mi boca. Lo único que dejo escapar es una lágrima desesperada, solo una que la limpio de inmediato. Cómo te llamas, le pregunto tratando de evadir mi estado.
–Todos me dicen Toño.
–Toño es un placer conocerlo, usted fue mi suegro hace muchos años.
–Esa es la razón por la que estoy aquí. me dice dejándome con ganas de saber más, pero quiere ir despacio.
–Cuénteme con detalles por favor.
–Mi hijo me dio una carta para ti y me explicó perfectamente la hora y el lugar para dártela. Llevo varios meses viniendo y observándote y no he sido capaz de acercarme y contarte la verdad.
–Dígame que me dará la carta y me contará de una vez que es lo que pasa con Lucas.
–Él mismo te ha contado aquí todo con detalles, yo no tengo como explicártelo. –Con esas palabras me pierdo aún más y no sé qué responder a este dulce señor que vino a salvar mi último día en el parque.
Cuando el silencio llega, parece que quiere decir algo más.
–Paula, muchas gracias por siempre esperarlo y creer en lo que tenían, lamento mucho que él fuera un cobarde. Hoy hace exactamente un año que Lucas decidió quitarse la vida.
El llanto se apodera de Toño, no pudo decir más. Sacó la carta del bolsillo, junto con una dirección, los puso en mi mano y se alejó lo más rápido que pudo.
¿Qué haré ? No sé si leerlo ahora, mañana o nunca. Nada puede cambiar, él no está. Ya no existe. Me alegra saber que no volveré a ver este parque; pero no es suficiente con eso, nadie puede sentarse aquí en las siguientes horas. Miro una gran montaña de piedras y sin pensarlo mucho agarro la más grande, saco las fuerzas que me quedan y en un rato rompo por completo el banco.
Decido no leer la carta. Llego a casa y entre el polvo, la noche y la lluvia que no cae, no puedo dejar de sentirme sola. Doy vueltas en la sala pensando en cómo el único hombre que dejé rozar algo más que mi cuerpo se suicidó.
Abro la carta.
Paula:
Que vida tan miserable. Perdí mi brazo izquierdo. Dos años de gloria y fui derrotado. Un tonto accidente pudo romper en segundos el talento que tuve una vez. Nunca quise darme por vencido y tu recuerdo me acompaña en el hospital que hoy es mi casa. Me dicen loco porque te escucho tocando piano y le hablo a un muro de tu color favorito. Pero ya estoy cansado de mentir y de esconder mi sobriedad. Por eso decido abrazar fuerte estás sábanas manchadas de dolor para que no sufran más.
PD: Nos veremos luego en un parque más bonito.
Junto a la carta estaba la dirección de un cementerio. Ahora cambié de rutina. El último domingo de cada mes visito su tumba.
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Retrospectivo
Short StoryLa soledad suele ser traumática sino lidiamos tranquilamente con ella. Pero incluso así nuestro instinto quiere regresar al momento preciso donde tuvo mejor compañía.
