El tingli mingli de las teclas al ser aplastadas con los dedos.
Tú Violet, la sacerdotisa druida de los ojos como el musgo que anuncia a la mandrágora.
Y así, encendido del amor desbordante, fatigado de los vericuetos del camino serpenteante que lleva al amor, con el sueño, no con la vista cetrina de mirar el horizonte presentido, cuando los amantes se separan por fin y para siempre, luego de haberse prometido, tan falsamente, amor eterno.
Y así, tratando de ver luz en las ventanas alumbradas tan sólo con velas misioneras, que aun y todo logran encandilar mis esperanzas, percibo su silueta al pie de una chimenea de piedra. Tan sólo la presunción de la posibilidad de su ser constante, en aquel espacio, hace que la noche del alma persiga un ya de por sí alborear feliz.
Ahora viene hacia mí, con las pupilas incandescentes, insuflada su alma de valor, debido al temor que cree, y que realmente, causa en mí. Tiene una legión, potestades y principados en la mirada, desnuda mi verdadero ser, mi cierto destino, aterrador a los oídos ya mohínos, a fuerza de saberse una chispa mas no un fuego abrasador de sentimientos e ideales. Viene pero parece que ya se fue, viene pero está ausente, ajena a mi realidad, cuando casi la toco con la mirada asustada, cuando el próximo roce de su ser inunda mis sentidos de pésames calamitosos. Sí, la tengo frente a mí, nada absoluto lo de frente lo de mí, relativo el hecho de pensarme pensándola cerca. Ya que no cabe duda de que no creo ni en lo que como, un nihilista de diccionario es lo que me dicen soy, pues ataviado de rasgadas vestiduras por el dolor máximo que me causa verla nuevamente en esta realidad nauseabunda, busca cenizas en el cenicero más próximo a mí, no los hallo pues ahora vapeo, recuerdo desmontando el montaje, el último acto de esta tragedia sin coro ni bálsamo alguno, nada que mitigue la a ciencia cierta verdad, dolorosa sentencia dada por los Inmortales, quienes la esperan para fecundarla en mi nombre, ya que yo, oh pobre rapaz sin simiente, jamás podrá lograrlo.
Me lleva a lugares que no tenía ni la menor sospecha que existían aquí, en mi molde, donde encuentro la zona de confort bregando con la corriente a favor, en un río infinito de aguas prístinas, mi alma mutando en lo que el devenir decía debía transformarse, un caudal de aguas mansas e inocuas, nada ya de aventar al vacío las esperanzas de un sueño de prófugo de convenciones, no, un agachar la cerviz ante el advenimiento de un sonido sacro que marque el fin de mis días en esta incierta visión que se tiene de lo que es la vida, todo parámetro cerrado en un área de conocimiento maduro y decantado, todo desprovisto de lo que debía y no debía ser, explotando al máximo las leyes naturales que indican un principio y un fin, que otrora no fueran aceptados sino como meras hipótesis, ahora un fundamento de lo que se dice en los cafés y bares de intelectuales, donde los Inmortales ríen a carcajadas al verse inmiscuidos en sosos alegatos de que todos somos uno e iguales, no, ellos danzan con frenesí ante un altar mayúsculo, allí donde los ojos brujos son bienvenidos y dónde las legañosas y blasfemas iris no son receptáculo del verdadero espectáculo cósmico, allí donde las esferas se acercan emitiendo ruidos de antes de la creación, melodías para los conocedores Inmortales que sin un ápice de descreimiento aciertan en develar que esos sonidos son las máximas dadivas de los dioses familiares de la raza humana.
Como en un pestañeo o lo que dura la vida y el aletear de una mosca, así mis sentimientos hacia ella mutan, se transforman y varían del encono más aterrador hasta la contemplación a la divinidad. Ella baila, ríe, goza embriagada en elixires mágicos, rituales de pura y carnal fertilidad, sin rezagos de magia en cada trance alterno a la realidad que es que yo soy el máximo hechicero que espera con su báculo mágico, poderoso artilugio divino, a su proximidad, para aprenderla para siempre y nunca más, para fertilizarla alquímicamente, y pasar a bodas herméticas que le abran los ojos de la conciencia absoluta. Entonces esbozaré la media sonrisa de comprensión de que todo se trata de un ir saltando etapas para darse por fin con la aversión a todo este bodrio, la vida en sociedad.
