Presagio mortuorio

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1. El paso

Caminaba de prisa por el callejón y yo la observaba de lejos. Anonadado, contemplaba la hermosa figura que se escondía bajo un peligroso vestido negro, apenas iluminada por la luna llena que, a ratos, se filtraba entre las nubes, dándole a su piel un frío tono azulado, como presagiando la muerte. Las gotas de lluvia se deslizaban lentamente por el cristal de la cafetería cuando el viento helado las arrojaba contra la ventana y, a través de ellas, la cálida luz de las lumbreras creaba extraños y contrastantes destellos de fuego sobre los cabellos castaños de la dama.

Otros pasos seguían los suyos, sigilosos sobre el empedrado, separándose de ella justo lo necesario para que, al observador menos avispado, le pareciera que eran dos extraños siguiendo la misma ruta. Sin embargo, para mí, que desde la mesa lo veía todo con la atención embelesada que creaba aquella voluptuosa belleza femenina, aquel cristal bañado por la lluvia mostraba la escena de una cacería mortal.

2. El armadijo

—Buenas noches, hermosura —me saluda un macho alto y musculoso de voz gruesa y exquisita que haría palpitar el corazón de cualquier mujer, mientras abre la puerta con parsimonia, recorriendo cada curva de mi cuerpo con una mirada lasciva, cargada de una energía casi eléctrica—. Se ve que hoy quieres pasarla bien.

—Sólo vengo a ver, mera curiosidad —miento en respuesta, resistiendo apenas el instinto de relamerme los labios ante semejante ejemplar —. Yo no hago ese tipo de cosas.

—Claro —ríe burlonamente—. "Yo no hago ese tipo de cosas" es el lema-no-oficial del cliente frecuente.

Entro casi demasiado rápido y sin dar otra respuesta, temerosa de no poder contener mis impulsos ante un espécimen tan delicioso. De inmediato me encuentro sumergida en una luz rojiza, intento de ambiente místico que, sin embargo, sólo logra darle al lugar un aire artificial que se acentúa por el zumbido de las lámparas de neón. La fuerte vibración de la música hace cimbrar el edificio y los cuerpos semidesnudos en el interior chocan y se entremezclan a su ritmo, sudorosos y ardientes, en un magno ritual de apareamiento que apenas comienza.

Después de unos minutos, lo veo a él. Él, por quien vine a este antro de poca categoría, observándome con la boca abierta, jadeando como un perro ante la presa, bañado en el rojo deseo que derrama aquella luz antinatural, y tiemblo con un calor helado que ha venido creciendo en lo más profundo de mi ser. El olor que exuda me invade y, por sobre la lujuria que emana, se impone un peligro inminente que consigue excitarme más que cualquier otra cosa en este sórdido lugar.

Hace varias calles que veníamos jugando al gato y al ratón, postergando el placer del encuentro en favor del placer aun mayor de la cacería pero, por fin, nos fundimos irremediablemente en un beso voraz, profundo y salvaje, doloroso e incendiario. Sus manos recorren mi cuerpo con agresividad y lo disfruto como no se disfruta ninguna otra cosa, extasiada, saciando por fin los más profundos impulsos al ritmo errático del zumbido que produce aquella luz roja y artificial.

3. El depredador

El café se había enfriado en mi mesa, la lluvia había pasado y la luna dominaba los cielos, convirtiendo el empedrado de la calle en un camino de plata, todo aquello sin que yo lo notara. Me resultaría imposible saber cuánto tiempo llevaba sentado ahí, con la mirada fija en el callejón y temiendo que aquellas dos criaturas se hubiesen encontrado para el peor de los males. A juzgar por los constantes "¿Desea pedir algo más?" de la señorita que atendía el establecimiento, cuyo delantal a cuadros azules iba y venía acompañando sus miradas incómodas, habían pasado al menos un par de horas. Entonces noté que una figura caminaba altivamente por entre las mesas con la mirada fija en mí, y me quedé pasmado al saberme descubierto.

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