La poesía puede ser ingenua,
como un infante.
Puedes embriagarte de candidez
con sólo advertir sus fanales.
Como ellos, también puedes desbaratar te a lagrimas
y puedes sangrar sin tener un solo corte.
Yo no quiero que los niños malcriados
me lloren al oído,
a menos que sean los nuestros.
Yo no quiero que los pequeños salgan al patio
cuando la noche se reposa en la ventana,
pero quiero que sintamos la grama
con los pies descalzos y
cuando el café de tus ojos
anuncie la lluvia de verano,
con un beso ultimáremos el frenesí.
