Hurt Fellings - Mac Miller

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El día que Adrián ingresó en prisión, ingresaron con él 2 chicos más, Armand, un hacker que estafó a través de Amazon, y Valentín, compañero de negocios de Adrián y con el que repartían el dinero de las ventas. El guardia les dio el uniforme negro en el que se podía leer "Institución Penitenciaria de Zulo" en blanco, junto con las zapatillas, una toalla y lo necesario para estar allí dentro. Adrián tenía mucho miedo y no sabía dónde se estaba metiendo, por eso el momento de la llegada fue muy duro para él. Le asignaron a cada uno una celda diferente en el segundo piso. La suya era la 104. Tuvieron la suerte que en el momento en el que entraron los presos estaban en el patio y nadie les gritó, les escupió o les insultó.

 

Adrián entró a la cárcel con 20 años por posesión de drogas duras y venta de estas a menores de edad, por lo tanto, iba a pasar 9 años encerrado. Empezó a consumir droga sin motivo aparente. Una noche de fiesta probó su primera raya y desde ese momento no había parado. De la cocaína a la heroína, de la heroína al LSD y así hasta probarlas todas. Su primera venta fue con 18 años a un chico de su barrio. Tenía muchos clientes, tenía dinero y vivía muy bien, le iba perfecto. Adrián dejó de consumir, también sin motivo alguno, pero el negocio no dejó de funcionar. Hasta el verano pasado, que la policía se le presentó en casa de imprevisto y lo detuvieron.

 

En la celda se podían ver dos literas. La de la derecha estaba toda ocupada, y en la de la izquierda quedaba libre la cama de arriba. Adrián dejó sus cosas en el suelo y se sentó en la cama inferior a la suya. Sentía que ese no era su lugar, pero también pensaba que se lo merecía. Sumergido en sus pensamientos e imaginando lo duro que sería todo, vio un objeto que brillaba con el reflejo del sol debajo de la otra litera y se levantó intrigado para ver que era. Cuando se acercó vio una caja de zapatos destapada con diferentes objetos dentro. Se arrodilló y la estiró hacia fuera para ver que había escondido en el interior. Lo primero que cogió fue lo que le hizo levantarse de la cama, el objeto que brillaba con la luz del sol. Resultó ser un collar con la cadena dorada y un diamante pequeñito colgando de él. Un grito de furia que venía de la puerta de la celda provocó que Adrián soltara del susto el collar y este cayera al suelo.

 

-          ¿Hijo de puta, pero tu quien te crees? ¿Tú quién eres cabronazo? Un novato, ¿no? A nosotros siempre nos traen novatos. ¿qué haces tocando mis mierdas? ¿quién te crees?

 

-          Perdón,     perdón,     no     era     mi     intención molestarle.

 

-          Que perdón ni que perdón, ¿tú no sabes que las cosas de los demás no se tocan?

 

-          No era mi intención

 

El chico levantó a Adrián del suelo tirándole fuerte del uniforme, lo miró amenazante a los ojos y con toda su rabia lo empujó contra la litera. Le dio un puñetazo, luego otro y al tercero la nariz del joven empezó a sangrar. Empujándolo de nuevo lo tiró al suelo para seguir dándole su merecido.

 

- ¿Vas aprendiendo gilipollas?

 

-                    ¡Eh Gus Gus déjalo en paz! – un hombre más mayor entró en la celda y empujó a Gus Gus hacia la pared para evitar que le pegara aún más a Adrián – pero qué haces, ¿estás loco?

 

-                    Nadie toca mis mierdas, Gerard, y lo sabes de sobra.

 

-                    Anda vete.

 

Gus Gus tenía 5 años cuando nació su hermano pequeño. Un día en casa, su padre le dejó cogerlo en brazos con la mala suerte que cuando Gus lo estaba sujetando el perro pasó entre sus piernas, Gus se desequilibró y separó los brazos para parar la caída. Días después estaban de entierro. El bebé murió al caerse y darse un golpe en la mesa de centro del comedor. Gus tiene un trauma desde pequeño y no deja que nadie toque sus cosas porque no quiere que si les pasa algo acaben como él. Él tampoco acostumbra a tocar nada de los demás. Entró en la cárcel por asesinato a su profesor de matemáticas con una escuadra. Fue por un impulso nervioso de los que tenía de vez en cuando por las secuelas de lo ocurrido.

 

Gerard le dio la mano a Adrián para ponerlo de pie. Ya plantado adrián le dio las gracias y del miedo saltó a sus brazos. Al soltarse lo miró a los ojos y vio que la mirada de Gerard también estaba clavada en la suya. De un parpadeo Adrián aparto la mirada que le había puesto nervioso y le volvió a dar las gracias.

 

-                    ¿Cómo te llamas?

 

-                    Soy Adrián y no llevo ni diez minutos en esta pesadilla y ya me he llevado mil hostias.

 

-                    Ya aprenderás quién es quién aquí dentro. Gus Gus es un poco neurótico y seguro que vendrá luego a disculparse. Por cierto, soy Gerard.

 

Gerard llevaba en la cárcel 24 años y le quedaban aún otros 6. Entró con 18 para estarse solo 3 años pero delitos internos e intentos de fuga le multiplicaron 10 veces los años de condena. Tenía 42 años y aún más ganas de fugarse. Era muy inteligente y las veces que le salió mal la jugada había sido por chivatazos de otros presos y no por un plan mal formulado. Es uno de los hombres más respetados y ni a él ni a los suyos les falta nunca de nada. Puede parecer un macarra sin sentimientos, pero tiene el corazón más grande de toda la cárcel.

La conversación se fue alargando entre ellos y Gerard ayudó a Adrián a colocar sus cosas. Gerard dormía debajo de Adrián, y eso hacía sentir a Adrián más seguro y protegido por lo que le había demostrado antes. Estuvieron hablando de muchas cosas y se conocieron un poquito más. Eso ayudó a Adrián a ver que tenía un pequeño apoyo allí dentro. Gerard le explicó más o menos quien era Gus, y como Adrián ya suponía, era uno de sus compañeros de celda. El cuarto compañero solo lo vio por la noche y las únicas palabras que dijo fueron:

 

-                    Hola, muy buenas nuevo, soy Thomas.

 

Thomas era un chico de 30 años nada conflictivo. Y diréis, ¿entonces, porque estaba allí? Pues consiguió infiltrarse en la cuenta de datos bancaria de un político muy importante. Tan solo pudo sacar 1000 euros porque al cabo de unas horas ya tenía a la policía en su casa. El tiempo dentro de la cárcel fue variando a medida que el tiempo pasaba, pero lo que era seguro es que iban a ser muchos años. Era una de las personas más buenas y simpáticas allí y lo daba todo por sus amigos. No era una persona de muchos amigos, tenía pocos, pero de calidad.

El joven no pegó ojo en toda la noche, le era imposible. No podía parar de pensar en lo poco orgullosos que se sentían su familia de él y en lo mucho que los iba a echar de menos. Le dijeron que los encuentros con los familiares tardan en aceptarse, y que solo permiten uno al mes.

A la mañana siguiente lo primero que hizo fue ir al baño. El día anterior empezó mal, pero luego al estar con Gerard el resto del día estuvo bien. Se quitó el uniforme y la ropa interior, y se metió a la ducha. No eran duchas individuales, así que todos estaban juntos. Mientras le caía el agua solo hacía que pensar. Enjabonándose el pelo vio entrar a las duchas a Gerard, el cual fue directo a saludarlo. Gerard, también totalmente desnudo, encendió el agua.

-                    Una ducha nunca va mal para refrescar la mente aquí – dijo Gerard.

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⏰ Last updated: Apr 19, 2020 ⏰

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