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EXAMEN EXTRAORDINARIO

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NOTA DEL AUTOR:

Este relato no está basado en ningún hecho verídico. Todo lo que en él sucede es fruto de mi imaginación, no busquéis comparaciones con la realidad, pues ni la protagonista, ni la profesora existen realmente. (Josep Játiva)

EXAMEN EXTRAORDINARIO 

—¡Pues claro que va con retraso! Como siempre, la tía estúpida, ha llegado tarde... —contestó a mi pregunta una compañera de clase.
No éramos amigas, más bien conocidas por ir al mismo grupo de tarde. No me caía mal, no pienses lo que no es, pero confianza no teníamos para que me contestara así.
Es una mujer de costumbres y a estas alturas, con lo vieja y arrugada que está, no creo que las cambie —le comenté cogiéndome confianzas.
Pues a mí me va a oír ¿Tú te crees? ¡Me ha suspendido con un 4.95! ¡¡Cuatro noventa y cinco!!—y puso cara de desprecio absoluto mientras miraba la puerta, para añadir—. Maldita vieja.
La veía rabiosa y rencorosa, con ganas de montar jaleo, pero como a todas les pasa; mucho ruido y pocas nueces. Quizá, si le hubiese contado lo que yo misma le había hecho, la hubiese tranquilizado, pero preferí guardarlo en secreto. Al fin y al cabo, no éramos amigas.
—A mí no me ha puesto ni nota.
—¿Y eso? ¿No te presentaste?
—Sí, sí que lo hice. Es más, contesté a todas las preguntas. Pero se ve que a la mujer se le ha olvidado corregirme el examen. Si es que está chocha ya.
—Pues es raro, no suele olvidarse de ese tipo de cosas. Aunque si es capaz de suspender a alguien con un cuatro noventa y cinco, te puedes esperar cualquier cosa.
—Sí, la verdad. Porque ya son ganas de joder, si me permites la expresión, siendo un examen de desarrollo y no un test. ¿En qué se basará para sacar ese noventa y cinco?
—En la talla de sus bragas.
Las dos reímos sin poder evitarlo, ella por no llorar y yo porque me hizo gracia. A mí me traía sin cuidado el hecho de no tener nota, sabía que me iba a suspender para no perder la costumbre, aunque esta vez me había esmerado en explicarme más claro que en toda mi vida. Contesté al examen, sí, contesté todo lo que necesitaba contarle y aún así me quedé con ganas de explicarle más cosas, de decirle cuánto había aprendido en estas cuatro convocatorias, por las cuales, me había hecho pasar. ¡Qué ganas tenía de hablar con ella y conocer sus impresiones! Sin insultos, sin odios ni  rencores, eso terminó con el examen, con la última palabra escrita de mi puño y letra.   
—A ver si sale pronto el chico que está dentro, que al final perderé el tren de vuelta a casa por segundos —protestó la chica.
—Concretamente, por noventa y cinco segundos —puntualicé.
—Qué "cabrona" eres... —me riñó sin maldad.
—¿Tú crees que te aprobará? —pregunté sin más.
—No lo creo, cuando pone una nota, la pone. Realmente vengo para saber cómo coño tengo que explicarle las cosas... porque de septiembre creo que no me libraré.
—Buff, pues no he intentado veces hablar con ella para que me dijese justamente eso, pero se hacía la loca.
—¿A sí? ¿Cuántas veces te has presentado?
—¿Yo? Cuatro...
—¡Cuatro! Ahora sí que pierdo toda esperanza, me lleva a septiembre fijo.
—Sí, cuatro convocatorias para teoría del arte, que además es de libre elección. Pero bueno, está loca, igual a ti te aprueba.
—Por cinco décimas ya podría, ya.
Escuchamos el sonido de las sillas al moverse desde el pasillo, el primer alumno en revisar su examen estaba a punto de salir.
—Parece que vamos a salir de dudas de una vez —comentó sin perder de vista la puerta del despacho.
Ésta se abrió lentamente y de ella salió un joven apuesto que nos hechizó con sus andares masculinos. ¿Qué estoy diciendo? A las dos lo que nos eclipsó fue su culo prieto y esa barbita de tres días.
Mi compañera entró sin despedirse de mí, yo continué mirando al hombretón bajar las escaleras.
—¿Sara? —preguntaron mi nombre.
Nunca odié tanto que solicitaran mi atención como en aquel momento, adiós al tío bueno...
—¿Qué haces aquí? No me digas que todavía tienes teoría del arte —la estúpida de clase volvió a insistir en que le prestara atención. A todos nos caía mal, pero ella vivía pensando en que era popular e importante, para el resto era una traidora, una falsa y una "lame culos".
—Sí María, todavía con el arte de los cojones —le contesté de mala gana.
—Pero si esa asignatura es facilísima, yo la aprobé a la primera y sin estudiar —comentó esforzándose por mostrar extrañeza, aunque se le notaban demasiado sus aires presumidos.
Quise contestarle: "Yo también te hubiera aprobado a la primera para no verte nunca más el careto de "adefesia" que tienes por cara. No todas somos tan insoportables como tú.", pero al final opté por soltarle un: "Ya ves, todavía liada con ella". Si es que, tan valiente para unas cosas y tan cobarde para otras. Para soltarle todo aquello a la profesora, en las hojas del examen, no me corté ni un pelo, y para enviar a ésta subnormal a la mierda, me faltó valor. No hay quién me entienda, lo reconozco.
—Sólo me queda saber la nota de "Derecho empresarial", pero vamos, esa la tengo aprobada fijo. El examen era muy fácil —me explicaba la chica sin que yo se lo pidiera—. ¡Este veranito libre!
—Ve con cuidado, el sol este año es más peligroso que otros años —comenté con mala intención.
— Ah no, a mí eso no me afecta, yo uso una protección solar de farmacia. Además no voy a la playa de Valencia, todos los años voy a la costa brava.
—El sol es el mismo para todas.
—Ah no, no vas a comparar.
Pasé olímpicamente de contestarle y miré el reloj a ver si así captaba la indirecta y se largaba de una vez.
—Eh tía, te dejo, que he quedado con las chicas en la cafetería y llego tarde.
"El truco del reloj nunca me falla". Me felicité mientras la veía alejarse escaleras abajo. No se caerá, no. Ya podría resbalarse, caerse de bruces, romperse la nariz, la muñeca y una pierna. No, mejor las dos, así pasaría de tener un "veranito libre" a cagar en un orinal. Me la imaginaba cayendo con expresión de pavor, sabiendo que se quedaría sin nariz, y por muchas operaciones que se realizara después, siempre se le notaría algo. Me la imaginaba con los huesos de los tobillos por fuera, sangrando e impotente ante la mirada de los curiosos. Después me la imaginé en casa, encerrada y triste, intentando colocar el orinal en el suelo tras su uso.
La puerta del despacho se abrió bruscamente y perdí el hilo de lo que imaginaba. Raquel, mi compañera de clase, salió con cara de pocos amigos. No me dirigió la palabra, desapareció por las escaleras a toda velocidad. Una de dos, o no le habían subido las cinco décimas que le faltaban para el aprobado o perdía el tren de vuelta a casa. Sea como sea, contenta no salía de revisar el examen con Mariví. ¿De qué humor se encontraría la mujer?¿Estaría nerviosa?¿Asustada?¿Se esperaría la visita de mi persona? Después de todo lo que le dije en el examen, no creo ni que se le pasara por la cabeza verme aparecer por su despacho, pero a mí me gusta dar la cara, así que entré con una sonrisa en los labios.
—Hola, buenos días —saludé educadamente.
—¡Hombre, mira quien está aquí! Contigo quería hablar yo —contestó la profesora asombrada tras verme entrar en su despacho.
Lucia un traje chaqueta gris, como la mayoría de las veces, de corte clásico y comprado en alguna boutique cara. Su pelo planchado no le favorecía y su intento por parecer moderna y joven, maquillada en exceso, la hacían parecer aún más mayor y ordinaria.
—¿Sí? A mí también me gustaría hablar con usted —contesté sin inmutarme.
—¡¿Todavía vas a decirme más cosas?! —exclamó, asombrándose todavía más, si era posible.
—No, solo venía a saber por qué no me has puesto nota.
—Si te parece le pongo nota a las barbaridades que has escrito. En los años que llevo dando clase nunca me había encontrado con un examen parecido —me explicó, sus ojos parecían querer salir de sus cavidades oculares.
—¿Tan mal está? ¡No puede ser, si contesté a todas las preguntas! —protesté por fastidiar un poco.
—¿Te estás quedando conmigo? Menos cachondeo, guapa —su expresión pasó de asombro a ira.
—No estoy "cachondeándome" de nadie. Sólo quiero revisar el examen, ¿me lo puedes enseñar?
—Por supuesto que lo voy a enseñar, pero no a ti, sino al decano. Te vamos a expulsar por esto y lo sabes.
—De eso nada, antes quiero revisarlo —protesté, esta vez enfadada de verdad.
—Pero bueno, ¿me llamas de todo menos bonita y encima quieres que lo revisemos?
—¡Quiero revisarlo, estoy en mi derecho! —exclamé. Me moría de ganas por recordar lo que escribí.
Como veía que con la palabra no conseguía convencerla para que me lo entregase, me acerqué a ella y se lo quité de las manos.
La mujer se dejó caer en su silla asombrada, dándose por vencida.
—Sí, venga, haz lo que te de la gana... —protestó.
Yo estaba absorta revisando mi examen extraordinario del pasado jueves e ignoré sus palabras de protesta. Me senté con todo el descaro y empecé a leer cómodamente.

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