I MAX

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Era el verano de hace siete años atrás, como los otros, monótono, aburrido y no podría haberme esperado nada de una temporada sin ver a mis amigos, así que, tal cual escribí, me daba igual, pero, unas semanas antes de acabarse el verano, la conocí, una chica de pelo castaño, ojos verdes, trigueña, un metro cincuenta que, pasó por mi lado, chocando con torpeza, echando mi cuaderno de dibujos, se volvió mi mejor amiga esa tarde. Incluso, no la conocía ni sabía su nombre, aun así, sentí en el fondo de mi corazón algo que me revolvió el estómago completamente. Podría haberse tratado de una ilusión y no lo fue porque, más tarde, como lo supe en el momento en que miré sus ojos verdes que le contaría todos mis secretos un día. Entonces, más tarde claramente, así pasó. Al verla todas las tardes en mi bicicleta, siguiendo la ruta de siempre, comprendí que era nueva en la ciudad y que más tarde entraría en alguna escuela. De esa manera, creí un rato en Dios y, aunque me considero escéptico, me hinque cada noche a los pies de la cama, rezando para que, por coincidencia, si entraba a algún colegio público, ese fuese el mío.

Éramos pequeños, muy pequeños en esa época, bueno, no tanto, pero éramos tan solo unos niños viviendo aventuras, emociones, soledad a veces, pero la combatíamos bien en esa época. Es gracioso, hasta jugábamos a ser piratas corriendo del agua helada de la playa. Cobardes piratas. Maia me contó eso unos años después, ya que, en realidad, las semanas antes de acabar el verano, no nos dirigimos palabras, solo miradas. Recuerdo un día en que el que ella caminaba de la mano de su madre, agarrada con fuerza para no caer, mientras jugaba a no pisar las rayas del suelo porque había tiburones o cocodrilos, no lo sé. Pasaron justo en frente de mí, si cruzaba la calle, estaría a su lado, pero me avergonzaba acercarme, me sentí nervioso, escondí mis manos en los bolsillos porque temblaban, así que, solo la miré con curiosidad, analizando lo rojizas de sus mejillas al darse cuenta de la estaba observando y ella se escondió detrás de su madre. Sucedió eso y dejó de jugar, luego, me rasque la cabeza con confusión, entonces, me puse a jugar para que se detuviera, después, lució como que lo aceptaba y nuestros movimientos evadiendo las líneas se coordinaron. Detrás de los pasos que dejamos, el fin del juego se avecinaba, la madre de Maia tomó su mano, debido a que, se alejó de ella para jugar conmigo. Entre regaños, la sacó de mi vista con fuerza, entonces, se despidió de mí, intentando quedarse un poco más, tratando de cruzar la calle para decirme algo, pero no lo logró, así que, con un pequeño gesto, me dijo adiós, caminando por un camino diferente al que yo iba. Pero no importaba, quizá otro día tendríamos la oportunidad de hablar, pensé.

A pesar de mi decisión, me preguntaba: ¿qué habrán sido esos latidos en mi corazón al verla tan cerca de mí? Pero, me olvidé de ello y, unos días después, la vi de nuevo, pero esta vez fue diferente. Tanto así que, la magia por unos minutos que fueron cortos, se volvió real. Ese día, cálido, pero con vientos de otoño por lo que siento en la piel, acompañando mis memorias, sí, una brisa suave chocando mis pelos del brazo que estaba apoyado encima del alféizar de la ventana, como cada espera para el atardecer, contemplando hacia afuera y, de pronto, por el rabillo del ojo, la vi, consiguientemente, me asusté, sin moverme ni correr, mi corazón latió con mucha fuerza. Fue por Maia que me miraba con esos ojos verdes, conectando de alguna manera sus pensamientos con los míos y, su rostro, sus facciones que repasé con detalle en poco tiempo, esa cara, completamente bañada por el sol del arrebol escarlata que se abría paso en el cielo y, para mí, esa fue la hora dorada o la hora mágica, como la llamé más tarde. El minuto en el que nuestras miradas se juntaron con las nubes rosadas con ternura, por poco tiempo, se sintió tibio, cómodo, aunque mis mejillas de todas formas se enrojecieron sin poder ocultar la felicidad de que me notara. Ella se marchó al escuchar que mi madre me llamaba para cenar, por ende, la hora mágica había terminado justo cuando el anochecer se marcaba con potencia, apagando el cielo. Quizá ese había sido Dios, no lo sé. Solo recé mucho para poder tener más horas de doradas como la de ese día.

Las clases habían comenzado y, de inmediato, la sobrecarga de tiempo desordenó todo, así que, dejé de asomarme tan a menudo por la ventana, ya que, no podía, debía cumplir con mis deberes. Eso provocó que los primeros días me sintiera algo desanimado, así pues, empecé a imaginar que Maia finalmente terminó en otra escuela y que ya no podríamos ser amigos como tanto me había emocionado antes, por lo cual, muchos de mis amigos me preguntaban por qué no estaba haciendo travesuras y molestando a toda la clase, pero no fui capaz de decirles que me había enamorado, por esa razón, recosté mi cabeza en la mesa una mañana, procurando observar el exterior, las afueras más lejanas posibles, soñando despierto en qué colegio estudiaría ella. Me desconecte por completo de lo que decía el maestro, entonces, me caí de la silla cuando escuché la puerta chocando con potencia contra la pared, más, una voz aguda de tono de voz bajo, la clase riendo por mí caída y la niña nueva, la de voz aguda, pidiendo disculpas por haber abierto la puerta tan fuerte, con una sonrisa tímida y las manos juntas, pies cruzados, mirándome de la misma forma que ese día, en la hora mágica de la mañana, expresando unos ojos brillantes cuando le dije:

-Tú. – Solté, entonces, una sonrisa se dibujo de oreja a oreja en el rostro de esa chica algo torpe.

Esa era Maia.

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⏰ Last updated: Apr 13, 2020 ⏰

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