Eva

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La luz dolorosamente blanca del baño de la sala común parecía intensificar el lila grisáceo de las aureolas bajo los ojos redondos de la chica pálida en el espejo. Mentalmente me recordé escribir en una nota del teléfono encargar a Mónica un corrector de ojeras número seis. No debía faltar demasiado para verla aquí, quizás un par de semanas.

Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete... Vi de reojo en el espejo mi pecho moviéndose frenéticamente con mi respiración a cuestas. Enseguida dos golpes en la puerta y la mitad del torso de Maialen asomándose por la puerta distrajeron mi atención.

– Estoy bien– me precipité a confirmar hacia su mirada inquietante. Lo repetí esta vez soltando el aire retenido y recibí a cambio un asentimiento de cabeza y la puerta abierta de par en par invitándome de forma obligatoria a salir del baño. Cada uno de mis pulgares llevaba la cuenta de los demás dedos de mi mano de forma rítmica. Uno, dos, tres, cuatro. Uno-dos-tres-cuatro. Unodostrescuatro. Y Maialen me seguía por la sala hasta el sillón cercano a la ventana, puesto que ocupaba mi cuerpo hace pocos minutos.

Hoy es viernes, los viernes Maialen termina su turno a las siete, son las seis. Los viernes a las seis Maialen prepara a todos para guardar la calma necesaria que procure su salida puntual. Mis labios se torcieron en una sonrisa cuando mi cuerpo descansó nuevamente entre los cojines del sofá, con un movimiento de mis dedos hacia mi muñeca los labios de la enfermera apresurada por salir recitan la hora. Quedan 56 minutos de patio abierto y yo solo lo disfruté por 79 minutos repartidos en seis momentos distintos. Los viernes todo está agitado. Las personas, las personas que vigilan, las cosas, los pájaros, la tierra y el césped. Todo hace ruido los viernes. Mónica no hizo ruido este viernes.

No fui consciente de lo abstraída que estaba mi mente en la lectura de los labios de dos cuidadoras afuera hasta que el pesado cuerpo de Zidan se dejó caer a mi lado. Esperé el suave y característico jalón de uno de mis mechones castaños que avisaba su llegada antes de dar vuelta mi mirada hacia él con una sonrisa cómplice. Sabía que se había pasado toda la mañana en controles con diferentes médicos, rutina mensual aquí dentro. También sabía que durante la tarde recibió la visita de su hermano mayor y que por eso no había visto rondar su cadáver andante, como él mismo bautizó, por los salones. Lo sabía, pero esperaba que él me lo contara todo.

– Y al parecer todos piensan que es una broma– Soltó con una carcajada seguida de un aplauso al finalizar el relato que trajo su hermano para él esta vez. También reí, reímos juntos y pensé que me gustaría tener un hermano mayor que me contara cosas divertidas de afuera. O una hermana, una hermana que se llamara como yo y se viera como yo y pudiéramos fingir que soy yo. Que fuera a la universidad y viviera todas esas cosas que quisiera vivir, para que cuando pueda salir de aquí no haya perdido tantos años.

Quizás hay alguien haciendo eso.
Quizás Mónica fue astuta y contrató a una chica parecida a mí que viviera mi vida durante este tiempo, para que yo no me quede atrás.
Quizás a la chica le gustó mi vida y no querrá devolverla cuando salga.
Ella se robó mi vida y ya no tengo una afuera.
Si ella ya es yo, ¿quién soy ahora?
Mónica tiene que saber que la chica que contrató se robó mi vida.

La palma de la mano de Zidan en mi rodilla descentró mi atención, no sin antes crear una nota mental para crear otra nota en mi teléfono que me recordara alertar a Mónica sobre la chica que contrató. –¿Vamos a comer? – El moreno a mi lado preguntó como si tuviéramos opción, aunque claro que asentí y levanté mi cuerpo para acompañar a la fila desbaratada de otros cuerpos encaminándose hacia la sala consiguiente.

Los viernes ruidosos Zidan parecía ser silencio, sus platos y cubiertos no emitían sonidos y dentro de mí, sabía que era un esfuerzo magnánimo de su parte para intentar reducir mi ansiedad. En agradecimiento a esto, cambié los palmitos de mi ensalada sigilosamente hacia su plato mientras él acomodaba sus largas piernas en un ángulo en que lograran no tocar el suelo, ni la mesa. – ¿Sabías que Ariel se va de vacaciones y lo remplazará una chica? – El principio de la frase creó una pequeña bola de dolor en mis sienes. ¿Ariel se va de vacaciones dónde, por cuánto, quién es esa chica, por qué buscaron un remplazo para Ariel si se supone que va a volver, le llaman vacaciones a un despido?

– Ah, mira– El cuerpo de Zidan se giró completamente y metros frente a él estaba aún Ariel usando su bata de viernes, en compañía de un cuerpo femenino a su lado.
Movía su boca, pero yo no lograba captar a cabalidad sus palabras.
Vacaciones, familia, semanas, paz, confianza, Daniela. Daniela. Daniela. Daniela.


Nota del autor:
¡Hola a quien esté leyendo! Si es que alguien está leyendo. 
Esta historia está en mi cabeza desde que tengo quince años, ha crecido conmigo y me ha ayudado a entender muchas cosas. Nunca pensé en compartirla así, nunca he compartido ningún escrito y supongo que la cuarentena me dio valentía. Estoy siguiendo una señal del universo al publicarla. Si hay alguien por aquí, espero que la disfrutes tanto como lo he hecho pensándola todos estos años. Besos y abrazos.


Amor y otras demenciasStories to obsess over. Discover now