"El arte esconde en sus sombras cierta mística que muchas veces no podemos explicar."
Asunción. 1914. La clase acaudalada de la época vivía sus mejores momentos organizando fiestas y despilfarros socialmente aceptados. Los músicos, en su mayoría promotores de la ascendente polca paraguaya, trabajaban sin descanso entre ensayos y actuaciones. Entre ellos se destacaba el "Trío Ñandutí" conformado por Antonio, Jacinto y Benigno Aguilera. Tres hermanos que fueron criados por sus abuelos en la lejana Pilar. Los jóvenes aprendieron el arte de la polca a muy temprana edad y se mudaron a la capital asuncena para ganarse la vida en el sufrido mundo musical. Para sorpresa de muchos, les estaba yendo de maravillas, ya que el trío pilarense era el mejor pagado de toda la ciudad.
Mientras la fama de los hermanos crecía, también lo hacía el mito de "La Magdalena", una polca maldita de autor desconocido. La canción era muy solicitada en todos los acontecimientos y al público le encantaba. Cuentan que, con el tiempo, cada vez que se ejecutaba la canción, algo malo les sucedía a los músicos que osaban interpretarla. Tanto es así, que inclusive la misma Iglesia Católica prohibió su difusión, por considerarla pecaminosa.
Una agradable noche de abril, el trío actuó en el cumpleaños de un conocido doctor. El pago fue en efectivo, como era de costumbre. Peculiarmente, aquella paga había sido una de las más altas en la meteórica carrera de los jóvenes y es que tocaron "La Magdalena" unas tres veces. Los hermanos no eran para nada supersticiosos y creían más en el dinero que en las leyendas. Jacinto, el más sensato de los tres, miró el reloj e invitó a sus hermanos a salir del lugar, porque ya era tarde y debían volver a casa caminando. Un tanto pasado de copas, los músicos iban muy alegremente por las silenciosas calles de una ciudad dormida.
En más o menos la mitad del viaje, encontraron al costado del sendero unas tres cruces de madera. Los hermanos, emocionados por el hallazgo, decidieron tocar "La Magdalena", para regocijar a las almas de estos pobres desdichados. El inicio de la canción fue interrumpido por una hermosa mujer vestida de negro, que estaba llorando amargamente. Jacinto se acercó a la dama y le pasó un pañuelo, preguntándole qué le sucedía. La mujer explicó que su pequeño hijo había muerto y nadie acudió al funeral. Estaba camino a la iglesia para pedirle al sacerdote que vaya a darle la santa bendición. Entre sollozos y llantos la dama pidió a los músicos que continúen con la interpretación. Según ella, era lo único que podría animarla.
Jacinto, aflorado en bondades, se iluminó como bicho de luz y ofreció a la mujer ir hasta el rezo de su desafortunado pequeño, para cantarle unas melodías como adiós. La mujer dibujo una sonrisa en sus húmedas mejillas y aceptó, tomando la delantera para guiarlos. Pasado unos minutos, grande fue la sorpresa de los músicos cuando se dieron cuenta que estaban ingresando al cementerio "El Mangrullo" (actual parque Carlos Antonio López).
"Es la maldición de la Magdalena" – gritó Antonio, el menor de los hermanos.
La hermosa mujer vestida de negro miraba fijamente al trío, que visiblemente temblaba de miedo. Haciendo movimientos muy sensuales, comenzó a sacarse la ropa mientras practicaba un baile extraño. Entonces, Jacinto sacó un puñal y lo metió en la yugular de Benigno. La sangre brotó como cascada contenida. Antonio quedó atónito ante lo sucedido, mientras la mujer le puso otro puñal en el cuello y sin mediar palabra alguna lo degolló como cordero.
Y ahí estaban, frente a frente los asesinos. La noche era muy oscura y el silencio un cómplice del fratricidio. La cara de Jacinto anticipó una especie de llanto, pero el gesto fue detenido por un beso apasionado de la mujer. Después de acariciarle la cara con la mano, ella levantó el bolso que tenía "la paga más alta en la meteórica carrera de los jóvenes" y ambos salieron corriendo del cementerio, antes que alguien los viera.
Los amantes tenían planeada hacía bastante tiempo esta traición. La mujer necesitaba el dinero para ir a comenzar una nueva vida en Buenos Aires, pero lo que le tocaba a Jacinto de las actuaciones no les alcanzaba para el sueño, entonces tuvieron que tejer el siniestro plan que acabó con la vida de sus hermanos.
Ya en la estación, con los boletos para el primer tren de la mañana, los amantes entraron a uno de los baños para saciar sus necesidades carnales. Y es así, como en el calor sexual, la hermosa mujer vestida de negro clavó un puñal en la garganta de Jacinto. El mismo pedazo de fierro que había utilizado para matar a su hermano, ahora lo terminaba ajusticiando. El moribundo pudo ver en sus últimos minutos la verdad en los ojos de su amada. Desde un principio la intención de ella era escaparse sola con el dinero. Nunca tuvo propósito de compartirlo.
La mujer se limpió la sangre del ingenuo Jacinto y subió al tren. Nadie jamás volvió a verla. El resto de su historia es un misterio, como el destino de la canción maldita "La Magdalena", de la que hasta hoy en día no ha quedado viva ni una sola nota, perdiéndose en el tiempo para siempre.
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La Magdalena
HorrorLa magdalena es conocida como una canción maldita dentro del folklore paraguayo.
