Había una vez una mariposa como cualquier otra para la vista de los comunes, pero como ninguna para ella. Esta mariposa, que acabava su día. Se encontraba volando como le encantaba hacer todo el tiempo, hacía un puñado de flores que había tomado como suyas, ya que era la única en su bandada que conocía aquel lugar maravilloso.
Su paraje se encontraba a orillas de un camino de tierra rojiza que dividía el bosque en dos sobre la cima de una montaña. Nadie se imaginaría que en ese lugar se encontraría vegetación de tal belleza. Flores que crecen sobre arbustos y bajo las grandes copas de los árboles más antiguos que se pudiera imaginar. Como si de un oasis en medio del desierto se tratase. Un cuadro único y digno de observar.
La mariposa sabía la gran suerte que le había tocado al encontrar aquel luga, todo un ramo de flor para ella sola. Pues en el gran racimo habían distintas flores, de varios colores, entre ellos el rojo, amarillo y su color favorito, el azúl.
La radiante y hermosa mariposa se posaba con gran elegancia sobre cada una de las flores extendiendo sus alas del color del cielo despejado. Luego de sobrevolar con la sutileza que le caracterizaba, como una danza suave, amaba jugar con sus colores y su capacidad de camuflarse con las flores azules ya que sus alas eran de ese color. Entonces se posaba sobre ellas y se quedaba más tieza que una estatua por varios minutos mientras disfrutaba cada tarde, al terminar su día por el camino de vuelta a casa.
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