l. Abre los ojos

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Dejabas atrás a un cúmulo de millones de motas de polvo que surcaban el derruido rostro de dolor y tristeza de una mente perturbada por lo que fue en cierto modo capaz de comprender. Las polillas de la vejez dejaron de restregar sus velludas y desencajadas patas en ti, te acompañaron en el duelo por el que has caído aquí y sin saberlo, incluso para organismos tan patéticos, sabían muy bien el cruel tormento por el que alguien como tu seria puesto.

Él ha abierto pesadamente sus párpados bañados en capas mañaneras de lagaña blanquecina; lo primero que viene a su memoria es la vejez en la que se encontraba, lleno de arrugas que caían y gritaban desprenderse de su cuerpo cansado; tantea la cara, brazos y cuerpo y se da cuenta de que ha rejuvenecido. Calcula que se encuentra en la edad de 33 años, pero no sabe a qué viene tal suposición. La conciencia es cruel en esos momentos en que despierta para presenciar el lugar de las realidades con el velo de la muerte; sale de la expectación por su milagroso rejuvenecer y se percibe sumido en un extraño lugar oscuro. Oscuridad que le apañe el desconcierto de alegría y lo transforma a un horror cadavérico.
Aquel hombre llamado Gabriel salta de golpe en el horror de su actual situación, es tan pequeño, siente su pequeñez sin saber exactamente en dónde está. Por el rabillo y algo tenue vislumbra en la lejanía por el navegar del lugar sin color un gran brillo, solamente igualado por el resplandor de las supernovas. Es blanca como las perlas.
Una luz que da una tenue visión del panorama tan espectacular, ¿acaso los arquitectos de babel sucumbieron al darse cuenta de que su más grande obra sería tan insignificante comparado a esto?. No ve casi nada, pero percibe sin saber como, que todo el lugar conglomera una forma similar a un túnel. Son como esos túneles que susurran a la imaginación las formas de las bestias que guarda en su interior y que custodian los malos momentos que allí se pueden pasar.

En los segundos infinitos que han pasado desde que despertó corre de un lado a otro, gritando y haciendo que el eco le responda de igual manera. El animal atrapado en el matadero sentiría una veneración bajo tal puesta de locura suelta. Gabriel corre, lejos o cerca de la luz, busca qué hacer en el descontrol.
-¿Cómo es que rejuveneci? ¿Cómo llegué aquí?- como si fuera obra de la comicidad morbosa choca con una pared, gracias a eso, como una bofetada vuelve a recobrar algo de calma.
En cuclillas acaricia la pared; es tan lisa, como si fuera construida hace apenas cuestión de meses, toca el suelo, este parece ser húmedo, terroso, olores pestilentes que no brotan sino que tímidamente quedan varadas a ras de suelo, haciéndole saber que para degustarlos, el olfato deberá arrastrarse como una larva por sus senderos.

En las caricias a la pared, a lo lejos un minucioso zumbido danza en igualdad a los susurros-ven a mí-; ha quedado petrificado, una voz en este lugar lo hace aún peor. Algo en su interior ora por no dejarse llevar, ignorarla sin dar razones del porqué. Pero en su interior gritan lamentos de terror-no, está vivo.

Yergue la médula apoyado a la pared, ignorando los varios huecos que acaricia en el levantar, esta hipnotizado por esa voz.
-Los túneles van más allá del adorno utilitario que le hemos dado. Pon el ojo y verás el movimiento de la pluma anotar lo que aún resta en referenciar a tan lúgubre lugar.
La voz lo llevó a un hipnotismo que abrió una parte aún dispuesta a negarse a ser escuchada de momento. Algo tiene de sugestionador porque después de terminar en decir esto vuelve el estómago, entrecortando las arcadas de bilis con balbuceos no de miedo sino de la búsqueda de querer saber más, de que esta pequeña parte del guión aún tenía que ser completada.
Súbitamente los manojos de hebras negras parecen enrollarse en su derredor, era todo tan lívido y suponía que incluso la oscuridad poseía algún tipo de vida. Ya el estremecedor cuerpo va perdiendo poco a poco las energías que con trabajo había alcanzado, vuelve a recargarse a la pared respirando el cancerígeno aire hasta que los pulmones punzan de dolor. Progresivamente del breve descanso lo van calmando y con ello adopta una visión que le hace denotar que la anterior extraña visión no fue más que eso. Su mente incluso estaba siendo afectada.
Es el desconcierto bien retratado en un alma así, resquebrajada por saber qué pasa, solamente ve a aquella luz, al océano de oscuridad y nada más. Los claros de alguna decisión le profieren las opciones de ir hacia ella como única forma de escapar, aguardar en aquel sitio y esperar algún tipo de ayuda o bien, morderse las muñecas y engendrar arroyuelos carmesí negruzco.
-Cierra la boca y déjame pensar-grita a sí mismo-¿Cómo diablos he rejuvenecido y terminado aquí?
Por un tiempo buscando  respuestas y aceptando por momentos las inútiles suposiciones lo van adentrando, sin saberlo, cada vez más a lo que en verdad necesita saber.
-Era viejo.. rayos como estoy así, que debo hacer-cae para cubrirse con los brazos de su lluvia de lloriqueos, golpea al suelo con la impotencia del animal a punto de morir, quiere huir de la desesperación comenzando a dar rezos a un dios del que verdaderamente jamás creyó. Pero como única opción esto cree que lo salvara.
El cansancio ahora lo van gobernando, las lágrimas se están endureciendo en un caparazón que posiblemente evitaran que las uñas entren y extraigan los ojos. Los músculos se están tensando demasiado, pareciera que está a punto de volverse en una estatua de carne.

La desquicies de Gabriel susurra la advertencia de movimientos por todas partes; pero se niega a creer lo que no sea capaz de salir de su boca. La lucha lo lleva a quedarse dormido. Está navegando por su oscuridad interna que lo aterra más, pero que olvidara apenas vuelva.
Tras el descanso rompe el momento por oír a lo que cree lejos un extraño arrastrar pesado. Crea un sonido grumoso, muy cartilaginoso. Es una serie de lamentaciones guturales que no piden ser salvadas sino que exigen que el chico se les una, permaneciendo quieto y aceptando su destino.

Escondido cual ladrón de tumbas y alertado por sus sonidos, Gabriel alcanza a despertar los sentidos y emprender la huida. Había reaccionado a tiempo, justo en el instante en que una de esas cosas estaba cerca de tomar su pierna.
La huida iniciaba. Apoyaba la dirección gracias a la pared, rezaba y gritaba obscenidades a su perseguidor buscando de alguna forma que todo cesará. Aquellos gritos en realidad extasiaban a la forma bañada en tentáculos y recubierta de miles de ojos apuntando a un único ser.
En la necrópolis un ser diminuto escapaba del terror invisible, los sonidos de gritos y de reptaciones danzaban al son del silencio. Las caricias de las lágrimas que roían la piel reseca y sucia de Gabriel eran a tiempo atrapadas por la bestia. Era la huida de lo que en verdad necesitaba él recordar. 

La sensibilidad del infinito Stories to obsess over. Discover now