1. El Magnicida

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El vaso se encontraba medio vacío sobre el escritorio. No había ruidos que interrumpieran el profundo y sepulcral silencio que llenaba la habitación. Ni siquiera el aliento del hombre al abandonar su cuerpo, el cual, por algún motivo, salía sin hacer nada de ruido, como si en realidad no estuviera respirando.

Cosa que era mentira, pues ese era uno de los momentos que más nervios había sentido en toda su vida. Nervios, presión, preocupación, estrés y temor, todo eso y más se acumulaba en su cabeza como una pila de frutas desordenadas en el mercado, y al parecer quienquiera que estuviera apilándolas no dejaba de hacerlo, ya que cada vez que se ponía a pensar en la situación o a recapacitar tan sólo un poco aparecía una nueva fruta que se apilaba en la montaña, una nueva sensación que lo abrumaba más que la anterior y que hacía que los intervalos que dejaba pasar entre cada vaso de licor fueran cada vez más cortos.

Se dispuso a tomar la botella, casi vacía, del licor de ciruela que Charity, su secretaria, le había obsequiado hace menos de un mes. La botella estaba en una alacena donde había más bebidas alcohólicas acomodadas y a la espera de que el hombre, sintiéndose peor que nunca, abriera de par en par las puertas y las cogiera para bebérselas. Cosa que no tardaba en suceder.

Una vez hubo llenado el vaso del líquido color ámbar cuyo olor nublaba un poco las emociones que tenía tan presentes en su mente puso la botella, ahora vacía, en una cesto para la basura que tenía enseguida de su escritorio. La botella hizo un ruido fuerte al golpear el suelo, un estruendo que por fin disipó el sepulcral y, al mismo tiempo, caótico silencio que lo rodeaba.

Entonces todo le llegó de golpe, como la botella al caer al suelo y como el licor al servirse y acomodarse en su finísimo vaso de cristal. Le llegó de golpe con tanta fuerza y brusquedad que, sin ánimos de beber algo, se dejó llevar por la situación y golpeó el escritorio.

El silencio tardaría bastante en regresar después de eso.

Winfried Helgen, el Magistrado Supremo, no sabía que hacer y comenzaba a perder los cabales. Puso su mano en su frente, frustrado, y comenzó a rasguñarse el rostro, intentando encontrar en su dolor alguna manera de solucionar la situación.

Su cabello, oscilando entre el gris y el negro, era corto y despeinado, y a decir verdad tenía bastante para su edad. Sus manos, envueltas de piel blanca, escrudiñaban en su rostro mientras, una y otra vez, se tallaba sus ojos, azules como el cielo, intentando idear algo para remediar la situación.

El Magistrado Supremo era la máxima autoridad del mundo signi.

La máxima.

No había nadie superior a él en el poder, nadie, y al albergar un poder de tal magnitud, como suele decirse, conllevaba una responsabilidad equiparable, y jamás en su vida, en ningún solo momento durante su carrera como político signi y argímiro, se imaginó encontrarse en la posición donde estaba ahora. No como el Magistrado Supremo, sino como Winfried Helgen, el signi asustado y nervioso que tenía que dar lo mejor de sí para cerciorarse de que su gente estuviera a salvo.

En su escritorio estaban dispuestos cientos de papeles. Cartas, recados de todo tipo, papeles que debía firmar y cuya fecha de entrega se acercaba cada vez más, y entre todo ese papelero lo más importante para él no era nada de eso, ni siquiera la carta que su esposa le había enviado aquella mañana, ni siquiera su recibo bancario que dictaba los millones que tenía almacenados en su cuenta. No. Nada le causaba más preocupación que una carpeta azul que se encontraba en uno de los extremos de la mesa.

La Carpeta Azul, porque entre todas las carpetas azules que podían estar ahí, esa tenía que llamarse La Carpeta Azul con mayúsculas debido a su extenso y aterrorizante contenido.

El Príncipe de la Ciudad del CieloHistórias para pegar e não largar. Descubra agora