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PRÓLOGO

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El joven Remus Strickland había cruzado el Pacífico en busca de una mejor vida en la moderna Europa. Intentaba huir de ese pequeño pueblo donde se crio, huir de su pasado y empezar de cero. El viaje no era fácil, acababa de graduarse en la universidad y pese a tener un título universitario no le sería fácil encontrar un buen trabajo en un país extranjero. Apenas tenía dinero para llegar con vida al terreno europeo y su familia no le pagaría lo que le faltaba, pues no apoyaban su decisión. Sabía que echaría de menos muchas cosas de su antigua vida, como a su mejor amigo Fred Sallow, asomarse por la ventana y ver el pueblo entero e incluso las peleas con su hermano James. Pero ya había dado un paso al frente siendo el primero de su familia en salir del país y no podía cambiarlo ahora.

Pese a todos esos vientos soplándole en la cara, llegó sano y salvo. Tras un vuelo de más de nueve horas, Remus Strickland aterrizó en el aeropuerto de Barajas (en Madrid, España) en septiembre del 1952 con solo 24 años. Ahora estaba en territorio español, apenas hablaba el idioma, no conocía a nadie y sabía que no llegaría a final de mes si no encontraba un trabajo pronto. Aún así, estaba feliz de haber decidido mudarse a ese país, podía haber ido a Inglaterra o a Irlanda, donde hablaban su idioma; o al paraíso fiscal de Suiza, donde le habían ofrecido un trabajo de dos años; o a Alemania, donde vivían sus primos. Pero él quería vivir en Madrid, siempre había sentido una cierta curiosidad por la lengua hispana y ahora quería conocerla de cerca. Después de pasar por el finger y llegar al aeropuerto se sorprendió de la cantidad de gente que había allí metida. Gente de todos los países, de todos los rincones del mundo, de distintas culturas, estaban allí todos. Algunos tomándose tranquilamente un café y charlando, otros dormidos en los bancos, reventados de tanto viaje, otros corrían de un lado para otro pensando que perdería el avión... Sencillamente, sorprendente. Remus no daba crédito de que tanta gente pudiera estar reunida en un mismo lugar sin que nada malo ocurriera.

Al salir del alucinante aeropuerto, habiendo recogido ya su escaso equipaje, Remus se dirigió hacia la salida, donde encontró una enorme fila de taxis esperando a sus clientes. Había una cola donde se esperaban a los oscuros vehículos decorados con una banda roja, también había coches de línea cerca y algunas paradas de autobús cercanas. El joven estaba absolutamente perdido, había viajado hasta allí sin pensar en lo que iba a hacer cuando llegara. Para su suerte, un local le vio y se acercó a él. Aquí Remus agradeció que hubiera gente como ese hombre. Era un tipo más bien bajito, con una barba de color castaña clara y llevaba una gorra tapándole la cabeza, llevaba un traje beis con una corbata roja y unos relucientes zapatos negros.

-Buenos días, caballero- le saludó aquel hombre, sorprendentemente Remus entendió más o menos lo que le había dicho-. Le veo un poco perdido ¿puedo ayudarle?

-Lo siento, no hablo bien el idioma. – dijo sinceramente Remus, pues solo había entendido una parte.

-No se preocupe, yo hablo muchas lenguas, ¿de dónde viene usted? -dijo amablemente el hombre.

-De Estados Unidos.

-¡Ah! Así que habla inglés- exclamó el hombre, y hablando ya el idioma de Remus añadió-. Déjeme presentarse, soy Jorge Torres.

-Mi nombre es Remus Strickland. -le contestó él felizmente por haber encontrado alguien que le ayudara con tanta facilidad. Jorge hablaba bien el idioma pero Remus notó algo extranjero a la hora de la pronunciación, aunque en esos momentos le daba igual.

-Encantado Remus, dígame ¿en qué puedo ayudarle? -Remus le contó su situación y todos los planes que tenía para el futuro. Le contó que solo estaría en España unos años, pues tenía pensado seguir viajando. Le habló de su familia y de su situación económica. Al oír todo eso, Jorge le ofreció amablemente quedarse a vivir con él hasta que encontrara un buen trabajo. Las únicas condiciones que le puso fue que debería ser él quien hiciera las tareas de casa y cocinara. Remus aceptó la oferta de aquel amable hombre, todavía no cabía en sí de lo majo y agradable que había sido Jorge Torres.

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