We've updated our Content Guidelines.
Review the latest guidelines to keep sharing stories safely.

Un insoportable y culpable frío.

38 2 2
                                        

Hacía frío, siempre hacía frío. Era un frío tan tangible y abrumador que calaba hasta la conciencia, enborronandola en recuerdos lejanos. No importaba cuanto me abrigase o cuanto le subiera a la calefacción, siempre era el mismo resultado: frío. Y no importaba cuantos grados bajo cero percibiera, eso no impedía que cumpliera la labor que me fue encomendada para sobrevivir:

Ir al cementerio.

Cada una de las noches a la misma hora, de cada uno de los días del año, sin excepción.

Al llegar, entre los espasmódicos estremecimientos que sufría constantemente, al jardín de los muertos, lugar donde las almas con cuerpos inservibles y atrapados en la asfixiante tierra vagaban entre la densa y cruda oscuridad que dejaba atrás el sol, cuando se escondía entre los edificios y nubes cargadas de agua. No tenían un lugar más a donde ir, no podían alejarse mucho de sus cadáveres porque estaban condenados a desaparecer en el completo olvido si lo hacían, anclados a este mundo por las cuentas pendientes que debían en vida. Ya muchos de aquellos entes ignoraban mi presencia que con el tiempo se había hecho usual por estos lares a esas horas, dejando de lado las indiscretas miradas curiosas y concentrándose en las penas y arrepentimientos que aún almacenaban incluso después de la muerte, aunque estos fueran recuerdos difusos.

No importaba cuantos segundos, minutos, horas, días, meses y años pasarán, nunca me acostumbraba a esta vida rodeada de muerte y frío sepulcral como una condena eterna por aquel trato que hice aquella vez con la ama y señora Muerte, a pesar de que esos fueran uno de los costos a pagar por la nueva vida.

Tampoco me acostumbraba a una cosa en específico, a pesar de que esa era la condición más relevante.

Llegué a mi destino; una lápida de piedra, con flores secas descansando en el túmulo de tierra que dejaba los vestigios de donde se había cavado una tumba y luego sellado. Leí con melancolía el nombre grabado en la piedra... mi nombre, o el que alguna vez lo fue.

Así que con eso destellando en mi cabeza una y otra vez, saqué la pistola de la cinturilla de mis pantalones, completamente vacía, sin ninguna bala en la recámara, la cual acentuaba el permanente frío en mis dedos con el metal del que estaba hecha. Extendí mi brazo en toda su longitud poniéndola a la altura de mi boca, quite el seguro, apunté y disparé.

Vi cómo el alma que había salido arrastrándose de esa tumba en busca de algo que antes le había pertenecido y ahora estaba en mi posesión se desplomaba con un agujero en toda la mitad de la cabeza y volvía a traspasar la tierra y la madera del ataúd para quedar de nuevo enganchada en ese cadáver putrefacto que no le pertenecía.

Sabía que ella estaba afligida, enojada y sedienta de venganza, y que su único deseo era recuperar su cuerpo, dejando el martirio al que era sometida día tras día, atrás. Cuerpo que había sido despojado para que otra alma pudiera seguir con vida, para que yo pudiera seguir con vida después de morir.

Y a pesar de que haya hecho lo imposible para no dejarme arrastrar al infierno tan prontamente, aún así era difícil para mí tener que dispararle una y otra vez para mantenerla amarrada y así no tuviera oportunidad de reclamar lo suyo, sobretodo porque esa fue la forma en la que morí, con un disparo en la cabeza.

Simplemente, no podía acostumbrarme a eso, ni al frío que tenía.Hacía frío, siempre hacía frío. Era un frío tan tangible y abrumador que calaba hasta la conciencia, enborronandola en recuerdos lejanos. No importaba cuanto me abrigase o cuanto le subiera a la calefacción, siempre era el mismo resultado: frío. Y no importaba cuantos grados bajo cero percibiera, eso no impedía que cumpliera la labor que me fue encomendada para sobrevivir:

Relatos Sacados Desde la Nada MismaStories to obsess over. Discover now