Prólogo

44 3 2
                                        

En mi vida de clérigo había peregrinado ya unas cuantas veces desde Castelló a Santiago de Compostela. Aunque aquella vez me encontraba partiendo desde la catedral malagueña de Santiago Apóstol, una hermosa catedral de estilo gótico-mudéjar, que los reyes católicos levantaron sobre la antigua mezquita.

Recuerdo mirar la torre del campanario, el horizonte, y dar mi primer paso hacia Compostela sin saber que nunca llegaría a destino.

Cabe destacar que no eran buenos tiempos para peregrinar, o quizás si lo eran. Con un francés borracho y ludópata usurpando la corona española, Andalucía devastada y hambreada por la guerra, españoles peleando con españoles, esos afrancesados de ideas liberales, con Napoleón creando nuevos gobiernos en Cataluña, Aragón y en el norte de la península, gobiernos que sólo responden a París y pasan de los españoles.

Recuerdo llevar cinco días de camino sin grandes contratiempos, mas que parar para darle al buche y descansar los pies doloridos. Málaga, Alhaurín de la Torre y Alhaurín el Grande habían quedado a mis espaldas.

Nunca olvidaré ese diez de noviembre de mil ochocientos diez. Después del amanecer, el cielo comenzó a sombrear, nubes negras cubriendo todo el firmamento. El agua cayó repentinamente como si del diluvio se tratase, y yo no era Noé, pero rezaba por encontrar un arca o que la lluvia cesase. Apreté el paso adentrándome aún mas por el Valle del Guadalhorce, Coín era el pueblo más cercano y allí era donde había planeado terminar la jornada. El barro del camino dificultaba el andar y el agua corría por él, cual río.

Sentíame exhausto y rendido, las fuerzas me abandonaron dejando que mis rodillas golpearan contra el suelo, el caudal crecía y aumentaba su bravura. Pensaba encomendarme a Dios y aceptar mi destino, pero sin tiempo de terminar de hacer siquiera la señal de la santa cruz, sentí cómo una fuerza desprendía mis pies del suelo y me acercaba a la grupa de un caballo que no paraba de relinchar intentando apresurarme, o reprochándole al jinete por obligarle a detenerse.

Romance de Francisco GuzmánStories to obsess over. Discover now