PARA EL NEGOCIO POR JOHN O'BRYAN

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''¿Quién está cuidando la caja registradora?'', pregunto.

Sherap, el hombre que confisca las armas en la entrada, me mira con ojos saltones, temeroso de estar haciendo algo mal.

''Ryo. Ryo está a cargo de la caja registradora esta noche'', dice.

''Que vayan dos más con él'', le ordeno.

Es una noche importante: hay muchos derrochadores. Lo último que necesito es que un muerto de hambre se aproveche de las circunstancias.

Sherap se va inmediatamente. Unos segundos después, regresa acompañado de dos de mis mejores matones. Una vez que se instalan con Ryo en la caja registradora, vuelvo a revisar cómo se desarrolla la acción en la arena. El lugar está a reventar: desde gusanos hasta gente importante y todo lo que hay entre medio. Gente que no tiene nada en común, salvo sed de sangre. Y están a punto de saciarla.

Mi combatiente estrella, Prahn el Desollador, acaba de terminar su larga y pausada entrada. Su cuerpo esculpido está pintado todo de verde; en su antebrazo izquierdo lleva un pequeño escudo. Su infame espada látigo, pintada como serpiente, permanece enrollada en su cinturón mientras entra a la arena para enfrentarse a su oponente. Su rival es un shurimano. ¿Faran? ¿Farrel? Me aprenderé su nombre si gana... En fin, él observa un hoyo en su contrincante, sus manos están a la altura de sus hombros, ansiosas por agarrar las dagas gemelas que lleva enfundadas en su espalda. Recorrió la mitad del mundo para llegar hasta aquí y no va a permitir que ninguna estrellita local lo ponga en ridículo.

Con una señal del pañuelo del oficial de la arena, comienza el espectáculo. Los peleadores se persiguen en círculos en el centro del espacio de combate. Como buen animador, el Desollador desenrolla su espada látigo y la envuelve por todo su cuerpo. (Él es uno de entre unas ocho personas en el mundo que puede hacer eso sin rebanarse la cara; es por ello que le encanta alardearlo).

Insultado por la provocación, el shurimano desenfunda sus dagas. Corre a través de la arena y se convierte en un remolino de cuchillas que cortan el viento en ángulos poco naturales. El Desollador está sorprendido, mas no es tomado por sorpresa. Bloquea una daga con su escudo y logra que el shurimano pierda el equilibrio por una fracción de segundo.

Parece una eternidad. El cuerpo del shurimano queda expuesto: al tener las manos en la cintura, todo su torso se muestra como un blanco desprotegido.

En un movimiento fluido, el Desollador sacude su espada látigo y atraviesa la garganta de su oponente. El shurimano cae al suelo; a su alrededor se forma un charco creciente de su propia sangre. La multitud estalla.

''¡¿Cómo va la caja registradora?!'', le grito a los chicos que están en el fondo.

''¡Yo me encargo, jefe!'', me responde Sherap, mientras la ansiosa muchedumbre inunda el vestíbulo para hacer sus apuestas.

En la arena, veo cómo los trabajadores suben al shurimano a la carreta de cadáveres. A unos cuantos metros está el Desollador, celebrando en compañía de algunos de sus admiradores. Tiene esa expresión en su rostro. La conozco muy bien. No es de alivio. Tampoco de alegría. Son ínfulas de grandeza y, aquí, esa mala actitud es mala para el negocio.

Una hora más tarde, la multitud ya se ha ido, la caja registradora está vacía y el dinero está contado. Justo cuando me estoy despidiendo del equipo, ¿adivinen quién me detiene en la puerta?

Es el Desollador. En su mano lleva una gran bolsa de dinero, pero no se ve contento. Dice que tenemos que arreglar cuentas. Aquí vamos.

Le pregunto cuál es el problema. Acaba de arrasar frente a una multitud sin precedentes en la arena. Dice que es justo eso: atrajo a una multitud sin precedentes. Debería obtener algo de la caja registradora. Mi caja registradora.

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⏰ Last updated: Feb 16, 2020 ⏰

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