Lucrecio miraba la televisión con un atisbo de aburrimiento, a sus veinte años lo único que hacía era aquello: mirar televisión. Sus largas jornadas laborales en la industria Fukui lo distraían durante la mañana y una parte de la tarde, sin embargo, vivir solo lo consideraba de lo más aburrido que había.
Había tomado la decisión de mudarse hace apenas cuatro meses, no soportaba más vivir los intensos días con su familia, eran demasiados hermanos y las rutinas se volvían demasiado alborotadas. Lucrecio era una persona más organizada que el resto de su familia, por eso cuando quedó la bacante de un empleo en la empresa familiar su padre no dudó en elegirlo a él. Obviamente, Lucrecio acepto pero a cambio le pidió si podía mudarse sólo, a lo que su madre se negó pero su padre aceptó.
Así que aquí estaba, sentado solo y aburrido sin tener nada que hacer más que estar tirado en el sofá comiendo golosinas, en esos instantes extrañaba la comida de su mamá. Akina Himura tenía un restaurante por lo que cocinaba como una auténtica diosa. Lucrecio siempre la había admirado por su gran empeño en su sueño.
El timbre del departamento resonó sacando a Lucrecio de sus pensamientos, tardó unos segundos en reaccionar cuando se dio cuenta y gritó:—¡¿Quién es!?—. Pero al pasar más de un minuto nadie contestó. Frunció el seño confundido y se digno a levantarse para abrir.
Al abrir se encontró con lo que menos esperaba, podría haberse imaginado hasta una escena súper agresiva de personas asaltando su hogar, pero no lo que tenía en frente.
Una pequeña niña en lo que parecía una canasta lo miraba con unos enormes ojos verdes, su cabello pelirrojo tomaba toda la atención del que la mirara. «Es un poco fea» pensó Lucrecio, riendo ante aquel pensamiento. A veces podía ser un poco cruel.
Fue entonces cuando la niña lloró.
¿Que haría ahora?
