Perdón por el título. Ya sé que George Orwell se está revolviendo en su tumba. Perdón.
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El sol brillaba con fuerza en aquella mañana de verano, pero eso no era excusa para el propietario de aquella granja, quien trabajaba sin descanso en atender sus tierras. Sin embargo, no parecía capaz de concentrarse. A pesar de estar arreglando las hojas de los girasoles, de vez en cuando alzaba la cara para poder encontrarse con su cuadro favorito. Quizás no era el mejor, ni siquiera estaba expuesto en un museo. Pero la oportunidad de disfrutar de la visión que le proporcionaba su amor le impedía pensar con claridad. Su figura fornida en tensión mientras clavaba el azadón en la tierra era todo cuanto podía razonar en aquel instante. No era capaz de apartar la mirada de las gotas de sudor recorriendo su facciones, ni tampoco del gesto, involuntario, que realiza para apartarlas de su frente.
Con eso se conformaba: admirarlo en la distancia era suficiente para él. Jamás se habría atrevido a atravesar la frontera que les separaba. Veía infranqueable aquella valla blanca que se interponía entre ambos, como si de dos provincias, países, continentes e incluso mundos se tratase. ¿Cómo iba alguien tan maravilloso fijarse en un ganadero de segunda como él?
Suspiró con resignación ante la idea de lo inalcanzable que sentía hacia él, y decidió que lo mejor era volver al trabajo. Después de todo, su sitio estaba en su granja, junto a sus plantas y animales. Esa granja que, a pesar de estar rodeada de animales, sentía incompleta.
Dejó que la razón volviera a tomar el control, y terminó de completar las tareas que faltaban. De aquella forma, podría dejar de pensar en él. En su sonrisa. En su belleza. En su perfección.
Se dejó caer en su tumbona del porche, dispuesto a disfrutar del atardecer sin que nada ni nadie perturbara aquel descanso. Estaba a punto de dejarse caer en los brazos de Morfeo, mas un aparatoso estruendo perturbó la transición de la vigilia al sueño. Se puso en pie de un salto, observando nervioso a su alrededor. Parecía venir de algún lugar cercano, más en concreto, de la granja vecina. Con gran preocupación, se acercó a la valla con intención de comprobar si el propietario del edificio colindante se encontraba bien. Tras buscarlo con la vista sin resultado, optó por llamarlo. No obtuvo respuesta, lo cual provocó que se sintiera todavía más inquieto. ¿Le habría pasado algo? ¿Estaría en peligro? ¿Su vida corría riesgo?
La idea le turbaba, pero la sensación de que él mismo pudiera meterse en una situación arriesgada le echaba para atrás. Tomó la decisión de esperar, con la esperanza de poder escuchar algo que le indicara que solo eran imaginaciones suyas.
Pero transcurrieron los minutos, que él sentía interminables, y las cosas no salían como él pensaba. Casi de manera automática, sus piernas se dirigieron al interior de su vivienda, y tras encontrar una lámpara, puso rumbo hacia la finca contigua.
Nunca antes se había sentido con la suficiente valentía para atravesar aquel sendero, pero ese momento era crucial. Si no se atrevía a encontrar alguna pista sobre el paradero de su vecino, se sentiría inútil.
Tiró de la cuerda de la campana que colgaba en el exterior de la fachada, con la creencia de que todo era una pesadilla y en cuanto oyera el sonido acudiría a recibirle.
Tolón.
No hubo respuesta.
Tolón.
Seguía sin haberla.
Tolón. Tolón. Tolón.
Tocaba insistentemente aquella soga, pero no obtenía el resultado que esperaba. Por lo que, cansado de aguardar en vano, hizo de tripas corazón y se adentró en la estancia.
La casa estaba oscura, a excepción de los tenues rayos de luz que entraban por las ventanas. El granjero lo llamó en varias ocasiones, pero no parecía que sus reclamos fueran oídos. Indeciso, continuó caminando a través de los pasillos, deteniéndose de repente al escuchar ruido de alguien colocando cosas. Siguió la procedencia del alboroto, la cual lo llevó hasta el garaje. Permaneció unos segundos en el umbral, hasta que consiguió reunir las fuerzas suficientes y accedió.
Alzó el farol para iluminar la habitación. El corazón casi le da un vuelco al ver un brazo debajo del tractor que allí descansaba. Después de casi tirar a un lado el objeto que portaba, corrió al lado de la máquina para poder observarla con más detenimiento. Gritó su nombre, en un arrebato de terror ante lo que pudiera haberle sucedido. Contra todo pronóstico, una figura humana, entera, y en perfectas condiciones, abandonó los bajos de la herramienta, con semblante de estupefacción.
-¿Qué haces aquí? -Preguntó con gran incredulidad. Casi no pudo terminar la frase, pues el granjero, que no esperaba que fuera a aparecer de esa forma utilizando el patín para hacer el mantenimiento del aparato, tropezó con él. Al abrir los ojos, se encontró con los de su compañero de profesión, que lo observaba desde abajo sin saber cómo reaccionar. Sus rostros estaban a escasa distancia. Él batallaba por dentro, reprimiendo el deseo de quedarse así para siempre, de poder disfrutar de aquella cercanía durante más tiempo… Pero sabía que estaba mal. Disfrutaba de su compañía, pero no quería que se quedase en un simple accidente. Se separó antes de caer en la tentación, pues sabía que se arrepentiría de cualquier cosa que hiciera.
-No has contestado a mi pregunta, forastero. -Insistió el hombre, que quería saber la razón por la que aquel desconocido había llegado a estar encima de él.
-Yo… -Murmuró, sintiendo un nudo en la garganta que le impedía expresarse con claridad. Tragó saliva, temblando de pies a cabeza, pues comenzaba a darse cuenta de la magnitud del asunto. Estaba en la casa de la persona que más admiraba. Había tropezado sobre él. Y ahí estaba, demandando una explicación. Sacudió la cabeza, tratando de dispersar toda clase de pensamientos que le asaltaban en aquel momento, y se concentró en lo que debía.
-Escuché un estruendo desde mi granja. Vine a comprobar que todo estuviera bien.
Al escuchar aquello, sonrió, alterando la poca tranquilidad que le quedaba al protagonista.
-Gracias. Pero solo se había caído una caja de herramientas. No hay nada de qué preocuparse.
-¡Pero…! ¡Te llamé antes! ¡Y toqué la campana y nadie respondía!
-Estaba escuchando música. -Aclaró, mostrando el cable de sus auriculares.- No me enteraría de nada ni aunque se estuviera cayendo el mundo a cachos.
-Es peligroso no prestar atención. ¡Podría entrar cualquiera y no te enterarías! -Replicó, con evidente preocupación.
-Oh, ¿tal y como ha entrado un granjero y se ha abalanzado encima de mí? -Bromeó, provocando que se le tiñeran las mejillas de color.
-Yo no me he abalanzado sobre nadie. -Respondió a la defensiva, temiendo que se tomara a mal el pequeño accidente.
-¿Junto a mí hay demasiada gravedad entonces, vecino?
-Claro, por eso eres tan atractivo.
-¿Me consideras atractivo? -Dijo, socarrón.
-No lo digo yo, lo dice la física.
-Ah, ¿sí? -Murmuró, casi en un ronroneo. Su tono de voz ponía los pelos de punta al otro granjero, quien cada vez que le provocaba de esa forma perdía la capacidad de discurrir claramente.- ¿Qué más dice la física? ¿Cuenta algo sobre las consecuencias de entrar en casa de un desconocido?
Se levantó del suelo, y acto seguido se sacudió la suciedad del mono. Se encaró a él, y apoyó un brazo en la pared que había junto a él.
-Toda acción tiene su reacción.
-¿Newton…?
-Correcto.
Sin darle tiempo a dar una contestación, se inclinó sobre él para juntar sus labios en un beso. Al principio, ambos granjeros parecían sorprendidos, incluso el propio vecino, por la osadía de su acción. No obstante, se dejaron llevar. A pesar de que ninguno de los dos lo admitiría, ambos llevaban anhelando aquel suceso desde que se conocieron.
Se separaron para recuperar el aliento, a lo que él aprovechó para acercarse a su oído.
-¿Crees que no me he dado cuenta de la manera en que me miras? -Murmuró intencionadamente, buscando provocar al hombre que se encontraba ante él.- ¿En cómo tus ojos se van de los míos a mi boca? En todos estos años, no he podido evitar imaginarte… Imaginarnos…
Lo sujetó firmemente por la cintura para desplazarse junto a él, hasta que se dejaron caer sobre la carretilla que descansaba en el rincón.
La carreta crujió bajo el peso de ambos. Se entregaron a la pasión, dispuestos a descubrirse... A descubrir sus huertos, sus edenes, secretos a ojos de los demás. Eran compatibles como los granjeros del otro. Alguien en quien podían confiar para cuidar sus preciadas hortalizas.
En aquel momento de revelación, sintieron como cualquier obstáculo había caído. No había vallas, mundos, continentes, países ni provincias que fueran capaces de impedir el amor campestre que se profesaban. Habían conocido la felicidad en el otro.
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¿Qué conclusión sacaríamos de esta historia? ¿Que no hay que entrar en casa del vecino granjero? ¿Que hay que quitarse al menos un auricular cuando estás solo en casa? No. Que tenemos oportunidad de encontrar a un granjero ahí afuera. Pero hay un (1) (una unidad de) ligero inconveniente, y es la inexistencia de estos personajes literarios.
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Rebelión en la granja
Short StoryDos granjeros... Una historia compartida... Un accidente que lo cambiará todo. (Sí. George Orwell se está revolviendo en la tumba al escuchar el título de la obra. Lo siento. Ya sea dicho de paso, leed a Orwell.)
