El Inicio Del Fin

20 0 0
                                        

Prólogo

Dicen que el pasado se entierra con el tiempo, pero el mío jamás dejó de susurrarme, incluso en mis noches más silenciosas. Me escondí tras años de rutina, tras copas que intentaban callar memorias que nunca pedí recordar. Pero el tiempo, ese tirano invisible, ya no me concede más treguas. Hoy, al final del camino, frente a los ojos curiosos de mi nieta, sé que no puedo seguir huyendo.
Porque hay historias que necesitan ser contadas... incluso si desgarran al hacerlo.

-----------------------------------------------------------------------

—Sofía querida, ¿quieres ayudarme con un recado? Necesito que vayas al tocador de tu mamá y me traigas una llave que está encima de su mesa de noche. Ella mencionó que la podía usar cuando quisiese . ¡Y ahora la necesito urgentemente! -exclamé con una intensidad que buscaba más urgencia que verdad.

—Abuelo, no soy tonta. Mamá me advirtió que lo intentarías, así que me lo contó todo. No dejaré que saques licor de ahí -dijo, señalando mi antigua colección de vinos en el rincón del salón.

—La última vez no acabaste bien. Terminaste en el hospital, ¿recuerdas? El médico fue claro: no puedes volver a tomar.

Pasé las manos por mi cabeza, fingiendo fastidio, aunque por dentro... dolía más su verdad que su reproche.

—Sí, sí... ya lo sé. Pero no te preocupes, este viejo cuerpo aún es fuerte. ¡Mira! -dije, mostrando mis brazos con un gesto cómico.

Ella sonrió apenas, con ese aire de ternura que sólo los adolescentes saben disimular con dignidad.

—Buen intento, pero no. Es por tu bien, abuelo.

—¿Ni siquiera un poquito? Vamos, consiente a este viejo -le rogué con una sonrisa cómplice.

—No. No caeré en tus trucos.

Derrotado, me dejé caer pesadamente en el sillón del salón.

—Mis artimañas han sido vencidas por una adolescente de diesiseis años... ¡Increíble!

Me rendí. Y el pasado, siempre oportunista, aprovechó para colarse en mi mente.

—Aún recuerdo cuando podía vivir sin límites. Supongo que ahora pago las consecuencias...

—Sí, debiste cuidarte más, abuelo... -dijo mientras se acercaba para darme un fuerte abrazo-. Pero igual te quiero.

—Y yo a ti, mi pequeña... Gracias por estar aquí.

—Me gusta estar contigo, abuelo... Tienes un patio enorme, plantas por todos lados, y las vistas son preciosas... aunque... bueno... no hay cable, ni vecinos, y no tengo señal en mi celular...

Su voz se apagó al final. Noté la tristeza que intentó disfrazar con humor.

—Gracias, Sofía. En serio... Aprecio que estés aquí, aunque no haya mucho para entretenerse en medio del campo.

—Abuelo, por cierto... Mamá me dijo que decidiste vivir aquí hace tiempo. ¿Por qué?

—Siempre quise hacerlo, desde joven... Aunque... tuve muchos desvíos.

Mi voz se quebró en esa última palabra.

—¿Desde joven? -me miró con curiosidad-. Nunca nos has contado cómo eras... Siempre que mamá lo intenta, tú cambias de tema.

Sus palabras fueron una flecha certera. Sentí cómo el pecho se contraía; llevé una mano al corazón por inercia.

—Agh...

—¡Abuelo! ¿Estás bien? ¡Abuelo! -gritó alarmada.

—Sí, sí... Tranquila, estoy bien. De verdad.

—No, no lo estás. Iré a buscar a mamá.

—Sofía, no. Estoy bien, solo necesito mis pastillas. ¿Me las puedes traer, por favor?

—Sí... sí, ya regreso -dijo corriendo hacia mi habitación.

Mientras la escuchaba alejarse, me hundí en el silencio del salón. No puedo seguir huyendo. No ahora. No con la muerte tocando mi puerta con más fuerza cada día.

—¿Qué sigue después de esto? ¿Qué sigue...?
Decía susurrando con dificultad.

En eso escuché su voz agitada bajando las escaleras.

—¡Las encontré! -gritó.

Entró a la cocina, llenó un vaso de agua, y se acercó con las pastillas en la mano. Vi cómo temblaba, el agua oscilando como un mar embravecido.

—Tranquila, pequeña... No tienes por qué temer -tomé sus manos-. Estoy bien. Te lo prometo.

Tomé las pastillas, bebí el agua, y forcé una sonrisa.

Ella se dejó caer de rodillas junto a mí, limpiándose las lágrimas que ya no podía ocultar.

—Sofía, tranquila... Te juro que estaré bien -me levanté con esfuerzo, la abracé, y besé su frente-. Todo estará bien.

—Ahora ven, siéntate. Quiero contarte una historia...

NUESTRA FRÁGIL EXISTENCIAStories to obsess over. Discover now