El viento susurraba mi nombre. Entre los troncos, entre las hojas, serpenteando entre las ramas. El débil resplandor del sol de la mañana acariciaba con dedos invisibles mi rostro, arrojando una agradable sensación de calor sobre mis pálidas mejillas. Abriendo lentamente mis ojos almendrados, no pude evitar sino dedicar una pausada mirada a mi alrededor. Las verdes hojas de los árboles, los arbustos, el color de la esperanza y la naturaleza llenando la escena con frescor. Las perladas gotas de rocío decoraban su superficie como si de pequeños diamantes se tratara. El pasto a mis pies ondeaba levemente con la suave brisa, al igual que mis oscuros ropajes. Una reconfortante sensación de calma flotaba en el aire, etérea e invisible. Fue entonces cuando un minúsculo crujido despertó mi atención, rompiendo así el imperturbable silencio que dominaba el bosque. En cuclillas y con lentos movimientos, me aproximé al arbusto desde el que había provenido el sonido, el cual ahora se sacudía de forma casi imperceptible. Antes de que pudiera acercarme más, la criatura que se ocultaba entre el follaje se mostró ante mí, saliendo de un salto de su escondite. Sus pequeños bigotes se agitaban en el aire, a la vez que olfateaba efusivamente el suelo con su redondeado hocico. Un pelaje de aspecto suave y algodonado cubría de color pardo su pequeño y rechoncho cuerpo. Las largas orejas que sobresalían de su cabeza reposaban tranquilamente sobre su lomo. Su mirada, dos pozos de negrura que brillaban con curiosidad, me observaban con un deje de extrañeza. Durante unos segundos mantuve la mirada fija en esos luceros azabaches, hasta que el conejo pareció aburrirse y desapareció dando saltos entre los árboles, de la misma forma en la que había aparecido. La paz que se respiraba provocaba en mí un agradable sopor. Recostandome en el suelo con los brazos abiertos, mis ojos se entrecerraron para observar la bóveda celeste que se podía adivinar entre las copas de los árboles. Una neblina de blanquecino color comenzaba a deslizarse sobre la superficie del bosque, dotándolo de un aspecto misterioso a la par que tranquilizador. El olor a hierba mojada inundaba mis fosas nasales, mientras que la humedad que había absorbido el pasto durante la noche me calaba la espalda a través de mi fina blusa. Las nubes, de un claro color ceniza, jugueteaban con el viento a miles de metros de mí, formando un mar ceniciento que recorría con elegancia el cielo en un confuso vaivén. Cerré mis ojos con lentitud, dejándome acunar por la tranquilidad que ofrecía la muda canción del bosque. A mi mente acudió el recuerdo de un paseo entre esos mismos árboles, pero con una compañía completamente diferente que el silencio que ahora me perseguía. Eliminé de mi cabeza esa imagen, dándole al pasado la importancia que merecía tener, enterrado en los pantanos de mi memoria. La primera gota cayó sobre mi nariz, devolviéndome a la realidad. Abrí los ojos a tiempo de ver como la segunda caía desde las entrañas de la oscura nube que ahora era el cielo. Las ramas y las hojas comenzaron a dejar pasar la fina lluvia que la débil tormenta descargaba sobre la verde extensión que era la arboleda. El viento, que hasta entonces entonaba una delicada melodía, ahora rugía con furia en pleno crescendo. Calado hasta los huesos y con pequeños riachuelos discurriendo por mi pelo, me levanté y recogí mi morral, el cual descansaba tranquilamente a mi lado, sobre el pasto. Con él colgado al hombro, comencé a recorrer el sendero de vuelta a casa, sin prisa pero sin pausa, sin que la lluvia perturbara mi calma pero con la apetecible idea de una buena hoguera en la chimenea fija en mi mente.
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Llovizna
Short Story'El viento susurraba mi nombre. Entre los troncos, entre las hojas, serpenteando entre las ramas.'
